SOCIEDAD › HUYO DE SU PAIS Y CASI LO EXTRADITAN

Las peripecias de un bielorruso

En 1999, hizo un bolso, tomó a su mujer y su hija de 8 años, pasó la frontera diciendo que iba de picnic y voló a Buenos Aires. Lo acusaron de estafa, lo detuvieron pero un juez rechazó su extradición.

 Por Horacio Cecchi

Es bielorruso, tiene 61 años, vive en el Conurbano, y trabaja de albañil, pintor, plomero, refaccionista a domicilio. Lo único que no hizo Aleksandr Andreev en los nueve años que lleva en el país fue aprender el castellano. Apenas lo habla. Verbos en infinitivo, falta de artículos, conjugación en primera. Cosas por el estilo. Su hija, Inés, de 18 años, además de la luz de sus ojos, es su intérprete oficial. Cuando Inés no está, Aleksandr lucha con su bielorruso y las contorsiones de su cuerpo por arrancarle una palabra en español. Así fue el primer encuentro con Aleksandr, contorsionado, ideográfico y bielorruso, porque esa mañana... no estaba Inés.

El encuentro tuvo lugar en el despacho de la defensora federal oficial de Quilmes, Sandra Pesclevi. ¿Por qué allí? En julio 2007, Bielorrusia pidió la extradición. Pesclevi pidió que se rechazara por inconstitucional (ver aparte) y el juez Luis Armella no la concedió.

Se pudo saber, entonces, que Aleksandr llegó en el ’99, después de haber pasado horas quemándose sus largas pestañas en una biblioteca de su ciudad, Grodno, leyendo sobre cada uno de los países a los que se podía mudar. ¿Por qué mudarse? Su explicación: primero, Chernobyl, en el ’86. Grodno, junto a la frontera polaca, está a 600 kilómetros del estallido de la central nuclear.

“Cuando nació Inés y después –dice a duras penas Aleksandr–. Muy preocupado. La nube radiactiva.” La ex URSS rechazaba la ayuda extranjera para la atención de los niños.

En el ’89, el desastre de Chernobyl fue nada en comparación con la caída del muro. Un año después, llegó Inés, al parecer hija del destape. Al miedo de la nube radiactiva se sumó la escasez de sueldo. “Dinero papel no vale nada”, intentó explicar con el gesto internacional del dinero, uniendo índice y medio y pasando el pulgar por encima.

Aleksandr era ferroviario de nacimiento. No es una metáfora. Aunque bielorruso, nació en Dzhambul, al sur de Kazajstán, cerca de China y lejos de todo. Su madre lo dio a luz mientras viajaba en tren hacia Ekaterinburg, al sur de Rusia, y también lejos. Una detención de urgencia y un parto kazajo. Se explica que Aleksandr haya elegido ser ferroviario durante más de veinte años.

De todos modos, los rublos no alcanzaron y Alexandr decidió romper el cordón umbilical: abandonó el ferrocarril y logró que el Estado le diera un lote para abrir un café. Seguimos en Grodno. Durante dos o tres años trabajó con Anna, por entonces su esposa y madre de Inés Andreeva (que quiere decir hija de Andreev), al frente del bar al que llamó “Una especie de flor silvestre blanca y perfumada” (N. del R.: acá fue imposible entender lo que decía). Pero no alcanzó. Según él, éstos fueron los motivos que lo llevaron a investigar día por día en una biblioteca popular (allá todo es popular) los países a los que podía viajar. Rechazó Australia por la edad (pedían trabajadores menores de 30 años); y aceptó Argentina.

Y otra vez, por qué Argentina. Entonces, en el difícil relato surgió algo que conformó más al cronista. A los 12 años, Aleksandr vivía con su padre en Ekaterinburg, donde nació Boris, no Spassky sino Yeltsin, al sudoeste de Rusia, y también muy lejos. “Había tres muchachos rusos que habían estado en Cuba y escuchaban discos de música latina y a mí me resultaba muy alegre. Me apoyaba en la ventana y los escuchaba cantar y reír”, dijo con dificultad. Fue esa música la que le despertó la idea de moverse a América latina. Viajar, como ya se sabe (nació de viaje) es parte de su historia, e hizo el resto. En el ’99 se decidió. Fue al consulado argentino en Moscú, antes estudió la biografía de Menem por si le preguntaban algo para mostrar interés. Pidió información, y le dieron una visa por un año. Los servicios de la KGB lo siguieron. Todavía habla de su miedo al “largo abrazo del oso”, refiriéndose a los servicios secretos. Cuando llegó a su casa, en Grodno, la delegación del Ministerio de Interior lo citó: “Escuchamos que quiere huir del país. Si quiere hacerlo vamos a hacer todo para que no se vaya”, le dijo el representante. “No –respondió él–, es un error.” Y pensó: “Voy a esperar que enfríe todo” (cosa que en Bielorrusia no debe ser difícil, tienen hasta 40 grados bajo cero). Para entonces, Inés iba al primer grado.

Cuando se enfrió, Alexandr hizo un bolso, como para decir que iban de picnic, allí pusieron todo lo que hacía falta para que Inés siguiera estudiando, y se lanzaron con lo puesto, Aleksandr, el bolso, Anna e Inés, en ese orden.

“Yo estaba encantadísima porque siempre me gustó viajar. No me dijeron dónde íbamos, pero me gustó cambiar”, dijo por la tarde Inés, en perfecto castellano.

Cruzaron entonces la frontera con las peripecias de toda película de suspenso. Los pararon, les preguntaron a dónde iban. Un jefe sospechó, pero justo se dio vuelta, ellos pasaron y todo quedó así. Entraron en Polonia, viajaron en micro hasta Varsovia, accedieron al aeropuerto (siempre de picnic). Allí sospecharon, les pidieron el permiso y “mostré una lista de turismo en Argentina y lo tomaron como un permiso”, recordó sonriente. Subieron a la línea KLM que los llevó a Amsterdam y de allí a Buenos Aires. No podían llevar más de 500 dólares cada uno. Llegaron el 15 de abril del ’99.

Después vino el periplo Once-Avellaneda-Quilmes. A partir de su llegada, Alexandr hizo de todo, desde verdulero hasta albañil, conectado con amigos de la comunidad. Finalmente se instaló. Anna consiguió empleos en Zona Norte y prefirió mudarse a la Capital. Se hizo efectiva la separación. Inés fue con ella. Pero terminó el Colegio Nacional de Quilmes.

El 3 de julio, el mundo se le oscureció. Aleksandr fue detenido por Interpol y alojado en Villa Lugano. Lo acusaban de estafar a una compatriota (ver recuadro). La defensora Pesclevi logró excarcelarlo y obtuvo el rechazo de la extradición.

Aleksandr no encontró en Argentina la música cubana que buscaba. Pero no puede negar que pasó por todos los candombes.

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Aleksandr junto a su traductora especial, Inés, su hija y luz de sus ojos.
 
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