SOCIEDAD › OPINION

No sólo las mujeres son víctimas

 Por Cristina Fernández *

Sobre 131 denuncias de abandono de hogar recibidas en el Registro Nacional de Información de Personas Menores Extraviadas y analizadas en los últimos días, 82 pertenecen a adolescentes mujeres. Es el 63 por ciento. Y el ciento por ciento de ese universo de 131 denuncias, compuesto por varones y mujeres, corresponde a víctimas de violencia doméstica. Violencia ejercida sobre sus propios hijos por los padres y las madres.

Niños, niñas y adolescentes son víctimas invisibles de la violencia de género. Y deben ser reconocidos como víctimas visibles.

La Ley Nacional de Violencia contra la Mujer entiende la violencia de género como “toda conducta, acción u omisión, que de manera directa o indirecta, tanto en el ámbito público como privado, basada en una forma desigual de poder, afecte la vida, libertad, dignidad, integridad física, psicológica, sexual, económica o patrimonial de las mujeres, como así también su seguridad personal”. Y, como el hilo se corta por lo más débil, junto a la mujer golpeada están sus hijos y sus hijas, los más dañados como víctimas más o menos pasivas (y muchas veces, no tanto).

Los círculos viciosos, los capilares familiares y sociales por los que circula la violencia como forma de relacionarse, se reproducen constantemente en el seno de cada una de las familias. El fenómeno queda evidente en cada pedido de búsqueda sobre alguno de sus hijos o hijas menores de edad que llega al Registro de Información de Personas Menores Extraviadas. Padre que golpea a la madre, padre que golpea a los hijos y a las hijas, madre que golpea a los hijos y a las hijas y que, a su vez, es golpeada. Y así, indefinidamente, sigue la rueda.

Víctimas invisibles y comportamientos violentos naturalizados se observan sistemáticamente, en niños, niñas y adolescentes. Como colectivo extremadamente vulnerable, padecen los efectos de la violencia familiar, hasta llegar al extremo conocido como “femicidio vinculado”.

Un documento presentado en el XIII Congreso Virtual de Psiquiatría, Interpsiquis 2012, llamado “Características de la intervención psicosocial con las mujeres víctimas de violencia de género y sus hijos”, dice que los efectos de la violencia de género sobre niños, niñas y adolescentes, cuando no vienen del golpe mismo, se contabilizan por decenas. Aislamiento, inseguridad, ansiedad, conductas regresivas, problemas de integración en la escuela y disminución del rendimiento escolar, dificultades en la expresión y manejo de emociones, alteraciones en el desarrollo afectivo, internalización de modelos violentos como víctima o como agresor, interiorización de roles de género erróneos.

Pero, de los 131 casos analizados, en la totalidad de ellos el primer hecho observado es el golpe mismo.

Los niños, niñas y adolescentes con los que trabaja el Registro Nacional no son una entelequia. Aunque no corresponde dar su nombre y apellido porque nadie tiene derecho a violar la intimidad de un chico o una chica, ellas y ellos son personas concretas. Y sufren o sufrieron. Frente al fracaso escolar, un cachetazo. Frente a la no aceptación de la sexualidad elegida, una trompada con insultos. Cuando la pareja escogida por la hija o el hijo adolescentes no es del agrado de su padre o su madre, un encierro con candado después de un fuerte tironeo de pelos. Y, en este marco, la madre es generalmente golpeada o golpeadora, según se pasivice o no.

La única manera de terminar con este problema social que el Estado y buena parte de la sociedad están empeñados en resolver es el abordaje totalizador e integral de las situaciones de violencia familiar. La sensibilización es el primer paso en la toma de conciencia del problema existente y en la posibilidad de solucionarlo. Y a partir de ahí, el abordaje. Este debe contemplar un costado emocional, un costado cognitivo y un costado relacionado con la conducta.

Muchas veces las mujeres golpeadas no se encuentran en condiciones de atender las dificultades presentadas por sus hijos e hijas, también víctimas. Niños y niñas deben poder liberar la angustia desde una escucha que no puede ser tutelar: debe tener en cuenta realmente los intereses y derechos de niños, niñas y adolescentes.

En cuanto al conocimiento, lo ideal es trabajar con la reestructuración de valores asociados con la violencia para eliminar posibles patrones de comportamiento.

La arista relacionada con la conducta debería tender a generar ambientes estables para el desarrollo del niño o la niña. Esos ambientes modificarán conductas internalizadas.

Cuando las instituciones priorizan la atención exclusivamente sobre las mujeres no logran dar respuesta a las necesidades de las otras víctimas. El eje debe estar puesto en una mirada integral del problema. En la que niñez y el género se crucen en los discursos y en las prácticas institucionales, como se cruzan en la realidad.

* Coordinadora del Registro Nacional de Personas Menores Extraviadas de la Secretaría de Derechos Humanos de la Nación.

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