SOCIEDAD › DICTAN SENTENCIA POR EL INCENDIO DEL TALLER DE LUIS VIALE

La Justicia, diez años después

La Justicia penal dará el veredicto sobre los capataces del taller clandestino donde, en 2006, murieron cinco niños, de entre 3 y 15 años, y una mujer de 25 años embarazada. La querella y la fiscalía piden investigar a los dueños del lugar.

A las 9.30, la Justicia dará a conocer la sentencia por el incendio del taller textil clandestino de la calle Luis Viale, en el que en 2006 murieron cinco niños de entre 3 y 15 años y una mujer de 25. Una hora y media después de que el Tribunal Oral Criminal (TOC) Nº 5 de Capital Federal de a conocer su resolución sobre las responsabilidades de los encargados del taller, Juan Manuel Correa y Luis Sillerico Condori, quienes están acusados de los delitos de estrago agravado seguido de muerte y reducción a la servidumbre, familiares de las víctimas darán una conferencia de prensa en las escalinatas de Tribunales. La querella, a cargo de los abogados Myriam Carsen y Gabriel Chamorro, pidió 20 años de cárcel –la pena máxima por los delitos imputados– para ambos imputados, mientras que el fiscal Fabián Céliz pidió penas de 13 años y solicitó el decomiso de la maquinaria y del inmueble.

La querella y la fiscalía coincidieron en pedir a los jueces Rafael Oliden, Fátima Ruiz López y Adrián Pérez Lance que se extraigan testimonios de este juicio para que la justicia investigue las presuntas responsabilidades de dueños de las marcas cuyas prendas se confeccionaban en el taller y que eran también propietarios del lugar, Daniel Alberto Fischberg y Jaime Geiler. En el juicio cuya sentencia se conocerá hoy los únicos imputados son los capataces.

El debate oral comenzó el 18 de abril, pocos días después de que se cumplieran 10 años del incendio que puso en evidencia la existencia de talleres clandestinos en los que los trabajadores eran, en realidad, mano de obra esclava, víctimas de trata y explotación laboral, y muchas veces obligados a vivir en condiciones de hacinamiento.

El 30 de marzo de 2006, un cortocircuito desató el incendio en el taller clandestino de Luis Viale 1269, el lugar en el que, además de trabajar, vivían 64 personas, entre ellas 38 menores de edad. Buena parte de los trabajadores provenían de Cantón Cohana, un pueblito muy pobre de Bolivia, a 100 kilómetros de La Paz. Las llamas comenzaron por la tarde, en el primer piso, donde estaban los colchones y algunos niños dormían en ese momento, pero enseguida se extendieron a la planta baja, y también provocaron daños que terminaron por desplomar la planta superior. En el fuego, murieron Juana Vilca, de 25 años y que estaba embarazada, Wilfredo Quispe Mendoza, de 15, Elías Carbajal Quispe, de 10, Luis y Rodrigo Quispe Carvajal, ambos de 4, y Harry Rodríguez, de 3.

En el inmueble había un solo baño con ducha, sin agua caliente; durante el juicio, los testigos recordaron que durante la madrugada se formaban largas colas para poder bañarse. El taller tenía una habilitación del año 2001, pero los testigos afirmaron que nunca fue inspeccionado en los cinco años siguientes. Todos dormían hacinados, en “habitaciones” hechas con telas y tabiques. Cuando los contrataron, les dijeron que les pagarían entre 70 centavos y un peso con 20 por cada prenda confeccionada. El compromiso de pago nunca se cumplió. Los que tenían familia recibían 100 pesos por semana y los solteros sólo 50 pesos. Trabajaban desde las 7 de la mañana hasta las 22 o 23, de lunes a sábados.

Luis Fernando Rodríguez Palma y su esposa, Sara Gómez, habían llegado a la Argentina en 2005, con sus hijos Kevin y Harry –quien murió en el incendio–, luego de contactarse con Sillerico Condorí, a quien conocían porque eran oriundos del mismo pueblo. “Primero éramos tres familias nomás, pero después fue llegando más y más gente, y ya veíamos que la situación se ponía fea; muchos se enfermaban, un niño casi se electrocuta y nos queríamos ir, pero no nos pagaban y entonces no teníamos adónde”, recordó Sara.

El matrimonio aseguró que veían llegar “a los inspectores (del Gobierno de la Ciudad), veíamos cómo recibían su paga o se llevaban ropa y se iban lo más contentos, sin tomar ninguna medida. Todos se hacían los ciegos”.

Lourdes Hidalgo, que había llegado de Bolivia en 2005 y comenzó a trabajar en Luis Viale en enero de 2006, contó que al conocer el lugar pensó “que era una fábrica, era muy grande. Empecé a trabajar muy contenta, y cuando se cumplió el mes me dijeron que la paga se hacía cada tres meses”. Hidalgo alquilaba una habitación en un lugar cercano, pero como no le pagaban, tuvo que irse a vivir al primer piso del taller. “Yo me quejaba, y reclamaba por las condiciones del baño, pero me dijeron que si no me gustaba, que me fuera nomás”. Dijo que no lo hizo porque no les pagaban “y sin dinero no podía irme”.

La tarde del incendio, Hidalgo, que esta recostada porque se sentía mal, pidió ayuda a los gritos. Pero abajo nadie la escuchó por los ruidos de las máquinas y el televisor, encendido para que los costureros en actividad no se durmieran.

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En el taller vivían 64 personas, entre ellas 38 niñas y niños.
Imagen: Télam
 
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