SOCIEDAD

Crónica de Villa Gesell, una ciudad donde se baila de día y de noche

En la Villa conviven los jóvenes que se mueven al ritmo afrobrasileño o electrónico con una familia en pleno chinchón o la transa de parejas en la arena. Aquí, la crónica de una ciudad “ni careta ni fina”, según la definición de un rosarino que siempre veranea allí.

 Por Carlos Rodríguez

En la Villa, las playas son el reflejo del estilo de los turistas que la adoptan año tras año como lugar de veraneo: hay movimiento permanente, entre el baile con música afrobrasileña o electrónica, el fútbol masculino o mixto, o el simple hecho de caminar de un lado a otro. El ruido, imponente, convive bien con los que toman mate, juegan al chinchón o al truco, o las parejas jóvenes que se recuperan de noches agitadas y transan sobre la arena sin importar el mar de piernas que les pasa por encima. “Los turistas de Gesell son participativos, de eso no hay duda. Yo no sé si es peor o mejor, es distinto. Y este año tratamos de sacar las mesas y las sillas de los bares sobre la avenida 3, que por las noches se hace peatonal, para facilitar la circulación”, explica a Página/12 el secretario de Turismo y Cultura de Gesell, Jorge Ziampris. Esto obligó a delimitarles el terreno a los artistas callejeros que pueblan la Villa y que este año se concentran en la plaza Primera Junta y en lugares alejados de la avenida 3. Para colmo siempre hay estrellas por un día, como tres chicos de San Nicolás que se subieron al escenario, desplazando a la figura convocante, para hacer un show, entre inocente y erótico, donde “el pito” fue el eje para conmover al público, mayoritariamente femenino, que respondió con fervoroso entusiasmo.
“Gesell es vida, ¿entendés? Gesell no es un lugar careta ni fino, y por eso es lo mejor.” Convencido de su discurso, Mario Perezlindo, rosarino, como muchos de los que andan por acá, habla casi a los gritos, pero con una sonrisa, mientras encabeza una curiosa manifestación que “barre” las playas del centro, a lo largo de unas diez cuadras, en un ida y vuelta por momentos infernal. “De Central, Rosario es de Central”, es el cántico que une a esta fervorosa comitiva de más de un centenar de personas, entre chicos y chicas, que exhiben triangulitos mínimos o shorts de baño, toallas, banderas, vinchas y todo lo que cuadre, siempre con el azul y amarillo de Rosario Central. “Somos la caravana canalla”, es la única explicación que brindan. ¿Por qué están marchando?, pregunta Página/12 a Lidia, 38 años en todo su esplendor, luego de observar que a su lado hay un gran toallón azul y amarillo: “Pregúntele al pesado de mi hijo (Matías, 12). Yo soy de Newell’s y no tengo nada que ver con esta farsa”. Telón que cae sobre la pregunta equivocada.
“La Villa está bárbara. Yo vengo desde hace seis años y cada vez está mejor. En los bailes hay mucha onda y en Pueblo Límite (uno de los boliches de moda) la cosa se pone muy buena y las chicas, de vacaciones, tiran toda la onda. Después de algunos fracasos, algo tenés que ganar, salvo que seas muy huevón.” Alejandro (25) es de Mendoza y se vino con “un montón de amigos”. En la entrada a la playa Bikini Ranch, centenares de hombres y mujeres echados al sol hacen imposible el tránsito. La figura morena de Gabriela (28) se distingue por su elegancia y por la gracia con la que da un paso adelante, otro al costado, otro adelante, para esquivar cuerpos inermes. Es de Buenos Aires, de Palermo Viejo, y vende artesanías en las playas: “Tobilleras, aros, medallitas, anillos, todo en plata 900 o con algún esmaltado o piedras, amatista, aguamarina, nácar...”. La oferta es variada y multitudinaria, como su club de admiradores.
En la playa, sobre un escenario que se conmociona bajo la presión del baile afrobrasileño, Didí y Marcelinho enseñan a danzar a una troupe –la enorme mayoría son chicas de entre 14 y 20 años– que se mueve haciendo girar la cintura y todo lo demás. Como partenaire, unos pasos más atrás, la rubia Cecilia, una alumna avanzada, agita el aire con sus caderas. La bandera que dice Maluco Beleza se mueve también con el baile, que comienza todas las tardes, a partir de las 18. Cuando termina el show oficial, Didí convoca al escenario a tres chicos –Franco, Patricio y Esteban– que dicen seguir las indicaciones de su “verdadero maestro”, un tal Capocho,que apenas levanta las manos para responder a la ovación que lo recibe. Ellos traen su propia música, onda cumbia de barrio, con un estribillo puntiagudo y molesto: “Agarrame el pito”, refrendado con un pitazo digno del mismísimo Javier Castrilli. La mención es seguida por gestos que insinúan, nada más, el previsible gesto obsceno. Las chicas del público, lejos de amedrentarse frente al desafuero de los llegados desde San Nicolás de los Arroyos, cuna de una virgen muy popular, siguen el ritmo y repiten los movimientos con una energía conmovedora.
En las playas de Gesell se juegan también tremendos partidos de verano, la mayoría entre varones y algunos con la habilidosa participación de chicas que piden la pelota, mandan y hacen goles. Por cuestiones incomprensibles, durante más de cuatro horas no se pudo ver ni un solo impacto del balón sobre alguna cabeza, un pisotón en el hombro de un bañista dormido en la playa y tampoco un insulto del estilo “andá a jugar al fútbol a la quinta de tu hermana”.
La gente de turismo de Villa Gesell reporta una estadística “estimada” que eleva a cerca de 170 mil los turistas que llegaron en los primeros 15 días de enero. “Las cifras confirmadas van a estar en unos días, pero lo que se cree es que estamos más o menos en los mismos números que el año pasado, lo que significa que las cosas están muy bien”, dice Jorge Ziampris. Los hoteles cuatro estrellas están llenos en casi un 84 por ciento, mientras que los más modestos se ubican entre el 71 y el 74 por ciento. Los restaurantes de Gesell, Mar de las Pampas y Mar Azul estuvieron saturados de comensales –hubo largas colas todos los días– y el mayor porcentaje de turistas, cerca de 100 mil, llegó en automóviles particulares.
Además de la playa, como siempre, Gesell ofrece recitales gratuitos y de los otros, con una oferta variada que va desde León Giego o Charly García, que se presentarán en Pueblo Límite, hasta una inesperada oferta de conjuntos corales de Mendoza, Rosario y San Nicolás, pasando por la actuación en vivo, con más de 3 mil espectadores, de un grupo irlandés que hace música celta, la O’Connor Celtic Band. Y si bien es cierto que ya no hay mesas ni sillas sobre la vereda de la peatonal, también lo es que no hay espacio que alcance para contener las largas peregrinaciones nocturnas, sobre todo en las dos ferias artesanales que hay en la avenida 3. Como siempre, la Villa ofrece de todo, y mucho.

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En la playa, una troupe de chicas aprende a danzar ritmos afrobrasileños con Didí y Marcelinho.
 
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