SOCIEDAD › OPINION

El trabajo y el lucro

 Por Eduardo Fabregat

Las especulaciones sobre si está bien o mal ya no sirven: Callejeros volvió al escenario y se anuncian dos shows más. Para llegar a esta instancia y torcer el historial de restricciones, el grupo apeló a la “persecución política” y a su “derecho a trabajar”. La primera razón es facilista; la segunda tiene su asidero. Inocentes hasta que se demuestre lo contrario, a los músicos de la banda corresponsable de la mayor tragedia en el rock local no se les puede negar ese derecho. Los reparos son de orden moral: el ejercicio de ese derecho estaría bien acompañado por un aporte a encontrar la verdad, honrar la memoria de tantos muertos no con frases de ocasión meditadas en compañía de abogados, sino con una actitud algo más constructiva que el descargo en el gerenciador del boliche y la corrupción estructural de un gobierno. La actitud revanchista del “A los demás, chúpenla, por caretas” demuestra lo poco que avanzó la conciencia de un grupo que fomentó la locura pirotécnica que llevó al incendio de Cromañón. La pretensión de que en cada show los pibes van a estar “más vivos que nunca”, tribunera y efectista, es una puñalada en el corazón de los familiares de víctimas que no se tragan el verso de que la responsabilidad es sólo de los otros.

Más allá de la patológica inconciencia de Fontanet, sus compañeros y los aguantes que la sostienen (nadie parece reparar en el hecho de que, con las entradas que cedieron a los cuatro colectivos del núcleo duro de fans capitalinos, Callejeros replica el sistema de los shows anteriores al 30-D, sólo que esta vez la instrucción fue que los bondis estuvieran libres de bengalas y banderas), vale detenerse en ese “derecho a trabajar”. Después de Cromañón, todo grupo de rock que convoque menos de dos mil personas tiene ante sí un panorama de persianas cerradas, abusos económicos de los bolicheros, clausuras fundadas no en motivos de seguridad sino en la histeria de quienes no quieren sacar los pies del plato. Callejeros reclama su derecho a trabajar, pero nada hizo para separar la paja del trigo y clarificar una situación que cercena brutalmente el derecho al trabajo de centenares de músicos. El 30 de diciembre perdimos todos, dice Fontanet. Pero ellos están arriba del escenario, disfrutando la celebración del veredicto de sus fans, vendiendo un disco a 45 pesos y quizá preparando el DVD del Chateau a un precio igualmente inflado. El trabajo es el trabajo. El lucro a cualquier costo es otra cosa.

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