SOCIEDAD › RICARDO RODULFO, PSICOANALISTA

Crueldad y límites

 Por Pedro Lipcovich

Nada se puede decir sobre el caso, pero se puede decir mucho. Sobre el caso de los dos chicos, de nueve y siete años, que habrían matado a una nena de dos, nada puede decirse porque, a falta todavía de datos suficientes, todo “diagnóstico” sería estigmatización. Pero, a partir de este caso, se puede pensar y decir algo, que ya es mucho, sobre la condición humana tal como se manifiesta en la infancia. Este fue el tono del diálogo que Página/12 sostuvo con Ricardo Rodulfo, profesor consulto titular en la Facultad de Psicología de la UBA. Los niños pueden ser crueles, tanto como para que un ejército centroamericano los haya empleado como torturadores –recordó el entrevistado–, pero suele haber un límite que está marcado por “la capacidad básica de ponerse en el lugar del otro”, también desarrollada a temprana edad. Sin embargo, vale preguntarse si, hoy por hoy, no se vienen generando “condiciones para una cierta atrofia de esa capacidad”.

–Sin duda, la ejecución de un homicidio como el de esa nena es compatible con características que un chico de nueve años puede tener. A esa edad, los chicos pueden demostrar mucha crueldad. Y, si pensamos en perturbaciones importantes, ya a esa altura un chico puede haber tenido fijaciones sádicas considerables –observó Rodulfo.

–¿Qué “fijación sádica”, por ejemplo?

–Hay chicos cuyo desarrollo se organizó sobre la base de adaptarse de algún modo a situaciones de violencia. No me refiero sólo a la violencia física: la palabra también puede ser un arma como cualquier otra. En estos chicos uno encuentra, claro que en niveles más moderados que el que nos ocupa que, si no se hallan en una situación violenta ante la cual reaccionar, no saben cómo estar; se desorganizan, como si su identidad se hubiera estructurado en función de eso. Recuerdo el caso de un pequeño paciente cuya maestra de jardín había observado que, cuando en la salita todo estaba tranquilo, él se intranquilizaba y necesitaba generar alguna pelea; en esa situación, él podía ubicarse. Entonces, sí, en un caso donde esto se haya desarrollado mucho y bajo condiciones excepcionales, un chico puede llegar a un acto como el crimen.

–En esa línea se ubicarían las “perturbaciones importantes” que usted mencionó...

–El psicoanalista Donald Winnicott observó cómo hay gente que sólo puede sentirse real si mata a alguien; sólo entonces el sujeto puede sentirse vivo, entero. En términos así pueden llegar a pensarse conductas de ese tipo, sin caer en rótulos psicopatológicos como “psicosis”.

–Por lo demás, usted empezaba diciendo que, a esa edad, los chicos pueden demostrar mucha crueldad.

–En Nicaragua, bajo la dictadura de Somoza, el ejército utilizó chicos, prepúberes, para torturar prisioneros: contaban con que esos nenes iban a ser más crueles que los adultos, que iban a tener menos inhibiciones para atormentar. Hay cierta idea sobre la “pureza” de los niños, que lleva a pensar que sólo bajo condiciones sociales muy negativas un chico podría llegar a un homicidio como el de esa nenita, y esto es en parte cierto pero conviene recordar que somos una especie sin regulaciones biológicas que acoten la violencia; las regulaciones deben ser exclusivamente culturales.

–¿De qué modo pueden generarse esas regulaciones en el chico?

–Winnicott dice que, en condiciones saludables, la agresividad espontánea de un bebé se va impregnando amorosamente: el bebé manifestará su violencia motriz tirándole de los pelos a alguien que le sonreirá... Pero, en condiciones patológicas, la situación se invierte: ante situaciones muy violentas y sin salida, el sujeto intenta erotizarlas; procura gozar con la violencia que padece, o hacérsela padecer a otro, o ambas cosas, como si dijera: “Ya que no puedo librarme de esto, lo erotizo”. Y en un chico de siete o nueve años puede haber pautas de este tipo ya estructuradas.

–Pese a la idea de la “pureza” de los chicos, también suele admitirse que son crueles...

–Uno ve todos los días cómo a chicos y chicas de esa edad les encanta hacer sufrir a otros, a menudo no mediante violencia física sino humillándolos, marginándolos, maltratándolos de palabra, ridiculizándolos, arrinconándolos o expulsándolos de los grupos. En principio los chicos procesan la violencia mediante el juego, pero hay un límite ambiguo entre la experiencia lúdica y el experimento cruel: un chico puede romper un juguete para ver cómo está hecho pero también puede partir en dos a un animalito, torturar a un sapo, arrancarle las patas a un bichito.

–...pero hay un punto donde suelen detenerse.

–Lo que modera estos procesos es la capacidad básica para ponerse en lugar del otro: un chico de siete o nueve años tiene también, ya muy desarrollada, esa capacidad identificatoria, que pone cierto freno a la violencia contra el semejante. Esa nena de dos años parece haber sido tratada como si hubiese sido un pequeño animalito, una mariposa a la que se le arrancan las alas. Y uno podría preguntarse si no hay condiciones que estén generando una cierta atrofia de la capacidad de ponerse en el lugar del otro.

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