SOCIEDAD › UN SISMóLOGO ITALIANO HABíA PREDICHO EL TERREMOTO

“¡Bastardos, no le han creído!”

Hacía varios años, tal vez una década, que el sismólogo Gioacchino Giuliani había logrado aislar repeticiones en las cadenas de información de los movimientos telúricos. A tal punto lo había logrado que en 2005 llegó a conformar y confirmar un método temprano de detección. Tan entusiasmado y seguro estaba del valioso aporte que hacía a la humanidad que corrió a patentar el método, basado en detecciones del incremento de emanaciones de gas radón. En su patente aseguraba que estaba en condiciones de detectar en un radio de 120 kilómetros el epicentro de un sismo entre 6 y 24 horas antes de que éste se desatara. Hace un mes, GG anunció el desastre sísmico en la misma región donde ocurrió. Nadie le creyó. Lo que no podía prever Giuliani es que su nombre daría la vuelta al mundo en todos los idiomas, fruto de la predicción que nadie escuchó.

El martes 31 de marzo, en la ciudad de L’Aquila, capital de la región de los Abruzos y de la provincia de L’Aquila, se reunió en pleno el Comité de Riesgos Principales de la Agencia de Protección Civil, conformado por científicos de renombre en el área de la geología y la sismología. A la cabeza, el director de la agencia, Guido Bertolaso. La reunión, de urgencia, se había organizado en respuesta a un hombre tildado como mínimo de maniático que había salido a las calles de L’Aquila en una camioneta con parlantes para anunciar a los 72 mil habitantes que la región estaba en serio riesgo, que un sismo de magnitud se desataría y había que abandonar la ciudad. Los expertos sostuvieron que era imposible prever con exactitud un terremoto. “Haría falta un castigo –bramó Bertolaso secundado por los científicos intachables– para todos aquellos imbéciles que se divierten difundiendo noticias falsas.” De hecho, el director de la defensa civil presentó una denuncia penal por desatar la alarma en la población. A esa altura, en realidad, la población se venía acostumbrando a los más de 200 movimientos de menor intensidad que venían ocurriendo en marzo en la región.

“Los temblores que fueron sentidos por la población son parte de una secuencia típica, absolutamente normal en un área sísmica como la que hay alrededor de L’Aquila. Es útil subrayar que no es de ningún modo posible predecir un terremoto”, agregó un comunicado de la Agencia de Protección Civil.

“No es verdad que los terremotos no se pueden prever –declaró Giuliani, después del terremoto–. Hace diez años que logramos prever eventos de este tipo en un radio de 100 a 150 kilómetros de nosotros. Desde hace tres días que veíamos un fuerte aumento del radón (un gas radiactivo que liberan los movimientos telúricos, ver aparte). Y fuertes aumentos de radón señalan fuertes terremotos.” “Bastardi, non gli hanno creduto” (“bastardos, no le han creído”), acusaban en Onna, donde el pueblo había sido prácticamente desmantelado de un golpe en la madrugada.

Pero Giuliani no había acertado al ciento por ciento en sus predicciones. En lugar del epicentro en el poblado de Onna que resultó devastado, a escasos kilómetros de L’Aquila, Giuliani predijo que el epicentro ocurriría en Sulmona, en la misma región, pero a unos 112 kilómetros por ruta o unos 80 kilómetros en línea recta desde la capital provincial. Los 25 mil habitantes de Sulmona corrieron de sus casas atacados por el pánico. Una semana después, el epicentro se destacaba en Onna con los resultados conocidos.

¿Qué hubiera pasado si hubiesen escuchado a Giuliani una semana antes? ¿La gente hubiera aceptado evacuar toda la ciudad de Sulmona durante una semana? ¿Sus 25 mil habitantes habrían sido trasladados a la capital L’Aquila y hubieran sumado a las víctimas del terremoto?

Difícil de preverlo.

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