SOCIEDAD › EN LA VILLA 21-24

Casa de Cultura

 Por Carlos Rodríguez

La Casa de la Cultura, sobre la calle Iriarte al 3500, es uno de los lugares más concurridos y dinámicos de la Villa 21-24. Los visitantes son recibidos por una exposición de más de 40 pinturas, fruto del trabajo de los jóvenes que concurren a diario para participar allí de diferentes actividades culturales y recreativas. Lo que hicieron fue expresarse a través de las pinturas, lo que representa para ellos este lugar que aspira a convertirse en emblema del barrio. Lo que abundan son soles, los juegos, los colores que contrastan con esa vieja imagen del barrio gris. En ese espacio hay lugar para tres mujeres, entre muchas otras, algunas de más de cincuenta años, que están aprendiendo a leer y a escribir, a sumar, y multiplicar; para ellas es un regreso a una infancia que les fue robada, que no pudo atravesar una puerta que estuvo cerrada por años.

Flora Cuenca es la más joven, nació hace 37 años en la ciudad paraguaya de Pilar, cabecera del departamento Ñeembucú, a 350 kilómetros de Asunción, en la frontera con la Argentina, a la que llegó en 2007. Ella estudió en su país y terminó el sexto grado, pero ahora volvió al colegio porque tiene “problemas por el idioma, porque hablo en guaraní, y como tengo un hijo en la primaria, quiero saber más, aprender, recordar, para poder ayudarlo con sus tareas”. Durante la clase, estuvo practicando sumas y restas, porque “con mi hijo se me complica y quiero ayudarlo”.

Tiene un hijo de siete años y un par de mellizas de tres “a las que voy a querer ayudar cuando crezcan”. Dice que se siente cómoda con sus jóvenes alfabetizadores y que le cuestan los números porque “la educación es distinta y no quiero que mis hijos tengan que hacer su tarea solos; vamos a aprender juntos, no quiero dejarlos solos”, repite.

Blanca es la mayor de todas y coqueta, sólo se sonríe cuando le preguntan la edad. Ella vino con uno de sus tres nietos, Ezequiel, que se pasea nervioso por el aula donde su abuela repasa las vocales y arma palabras. Blanca también nació en Corrientes, en una ciudad que antes de que ella naciera tenía un nombre poético: San José de las Lagunas Aladas. Con el tiempo, y sin explicación alguna, le cambiaron el nombre y desde entonces se llama Saladas, aunque no hay salinas ni agua salada.

“Yo no sé leer, nunca pude ir al colegio”, dice Blanca con timidez, como si fuera culpable de no haber podido estudiar. Desde hace años la viene peleando sola porque murió su marido. Su consuelo son los nietos, aunque admite que a veces “son muy traviesos, muy inquietos, y no puedo manejarlos”. Durante la clase, Blanca reaccionó siempre con una sonrisa cuando se equivocaba al armar una palabra con la a, cuando le habían pedido que lo hiciera con la e. Cuando dijo “indio” y le acertó a la vocal inicial i, ella misma se alentó cerrando sus manos y esa vez, su sonrisa empezaba con la f de felicidad.

La tercera alumna es un verdadero personaje. Se llama Carmelita Jolrssien, tiene 57 años, y es nacida en Paraguay, pero su familia se nutre de antepasados ingleses y alemanes. Ella nació en Colonias Unidas, en el departamento de Itapuá, tiene cuatro hijos y ocho nietos. Hace apenas un año que vive en Buenos Aires, donde trabaja como vendedora ambulante, recorriendo el barrio Zavaleta, Pompeya, Parque Patricios, donde ofrece chipás, tortas saladas hechas a la parrilla y bizcochuelos. “Si no trabajo no me hallo”, asegura, y le sale el acento guaraní propio de su lugar de origen.

Aclara que no pudo terminar la escuela primaria porque se enfermó siendo muy chica y estuvo “mucho tiempo sin poder salir de mi casa”. Para Carmelita sería mucho más fácil estudiar en Alemania que en Argentina. Al igual que sus cuatro hijos –tres varones y una mujer, que es la única que la acompaña en Argentina–, habla el alemán a la perfección y siempre se le cruzan las dos lenguas, la nativa y la de sus ancestros.

Hace apenas un año que vive en Argentina “pero antes había viajado acá varias veces y este país me gusta mucho”. Dice que le gusta vivir en el barrio, pero “acá adelante (cerca de la avenida Iriarte), y no por el fondo (más cerca del Riachuelo), porque el fondo es muy frío, hace mucho frío”.

Durante toda la clase, las alumnas estuvieron muy atentas a las palabras y a las correcciones de las cuatro alfabetizadoras que realizaron con ellas una enseñanza más que personalizada. La coordinadora del grupo es Camila Luque, le comenta a Página/12 que no siempre están en el acogedor espacio que Decir es Poder tiene en la planta baja de la Casa de la Cultura. “A veces nos vamos a otro sitio, en el primer piso, porque la música las distrae mucho”, explica Camila, en referencia a las clases de bachata, con la participación de decenas de jóvenes bailarines, que se dictan en el mismo día y horario en el espacio vecino. Los lugares están separados por un vidrio que no para los ruidos y mucho menos las imágenes que entretienen a Ezequiel, el nieto de Blanca, que en algún momento intenta sacar carnet de experto en bachata

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