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Domingo, 6 de noviembre de 2005

EL BAúL DE MANUEL

 Por Manuel Fernández López

Con B de Broggi

Multitud de reflexiones y experiencias precedieron al moderno estudio de la elección de inversiones. La apuesta de la propia vida al éxito en uno u otro empleo y la distinción entre remuneraciones de distintos empleos condujeron a Adam Smith a tomar como criterios de distinción, por un lado, el monto de las ganancias pecuniarias medias en cada profesión, y el grado de seguridad o certidumbre de su concreción efectiva. Decía: “El salario del trabajo en las diversas ocupaciones varía de acuerdo con la probabilidad o improbabilidad de éxito en ellas. El éxito es casi cierto en la mayor parte de los oficios mecánicos, pero es muy incierto en las profesiones liberales”. Smith otorgaba a los empleos manuales ganancia baja y certidumbre alta; y a los liberales, ganancia alta y certidumbre baja. Recién en 1921 Knight publicó una obra clásica, donde distinguía entre incertidumbre y riesgo. En 1948 Friedman y Savage y en 1959, Markowitz propusieron analizar el tema de la elección en términos de utilidad esperada y riesgo, y medirlos, respectivamente, por la media y la varianza de una distribución de probabilidad. Estas contribuciones fueron anticipadas por Hugo Broggi (1880-1965), economista, matemático, estadígrafo y actuario. Nacido en Como, Italia, entre 1904 y 1907 colaboró con el Giornale degli Economisti y luego fue alumno de doctorado en Göttingen con David Hilbert, quien examinó su tesis sobre Los axiomas de la teoría de probabilidades. El riesgo, compañero inseparable del seguro, estuvo siempre en su mira. En 1904, en Di un problema fondamentale de statistica investigatrice, se explayó sobre la teoría de la dispersión y en su libro Matematica Attuariale (1906) dedicó capítulos a la ganancia y al riesgo. En 1909 se incorporó a la Universidad de La Plata, en cuya revista Contribuciones al Estudio de las Ciencias Físico-Matemáticas, publicó numerosas contribuciones, entre ellas Dispersión y riesgo (1917). Allí medía el riesgo mediante la dispersión o varianza, y por tanto era equivalente al primer tipo de medición de los seis enunciados por Markowitz. De este modo, Broggi anticipó el moderno enfoque de Friedman-Markowitz-Tobin de la elección de carteras como conducta condicionada por el riesgo. Adviértase que los tres citados fueron premios Nobel en Ciencias Económicas, en 1976, 1990 y 1981, respectivamente.

Con B de Bunge

El 8 de septiembre de 1810 se publicó en las páginas del Correo de Comercio, semanario porteño creado por Manuel Belgrano, un capítulo de una obra más extensa (titulada, precisamente, Comercio), sin mención de autor, pero que por ciertos indicios es atribuible al creador de la bandera. Allí exponía principios que permitían juzgar de la utilidad o la desventaja de las operaciones de comercio. Los principios eran nueve y estaban tomados de la obra de Genovesi, Lecciones de Comercio, con la que Belgrano comenzó su formación económica. Genovesi, a su vez, se había inspirado en una obra de John Cary. El principio 3º decía que “la importación de las materias extranjeras para emplearse en manufacturas, en lugar de sacarlas manufacturadas de sus payses, ahorra mucho dinero, y proporciona la ventaja que produce á las manos que se emplean en darles nueva forma”. Por su parte, el principio 6º expresaba que “la importación de las mercaderías extranjeras de puro luxo en cambio de dinero, quando éste no es un fruto del pais, como es el nuestro, es una verdadera pérdida para el Estado”. El país no siguió esos consejos, y al abrirse al mercado mundial, luego de Caseros, optó por importar las manufacturas de Europa y remitirle a cambio materias primas. Esta división del trabajo le ocasionó, a la larga, una fuerte dependencia de mercados como el británico. Alejandro E. Bunge (1880-1943), director de estadística de la Nación, observó que en los primeros años del siglo XX el área sembrada se había estancado en unos 11millones de hectáreas, de lo que dedujo que ésa era la frontera de la agroexportación, y correspondía comenzar otro modelo de desarrollo económico: el industrial. Designado por Rafael Herrera Vegas –ministro de Hacienda de Alvear– al frente de una comisión asesora honoraria, propuso reformar el régimen arancelario del país y orientarlo a cumplir los principios indicados al comienzo. Para ello clasificó las importaciones en cuatro categorías. En la primera, correspondiente a las “materias extranjeras”, se incluían “materias primas y maquinarias que sean necesarias para la producción y la industria nacionales”, que tributarían entre 0 y 5 por ciento. En la cuarta se incluían las “mercaderías extranjeras de puro luxo”, a saber, “artículos cuya introducción es inconveniente para la economía del país... y artículos superfluos y de lujo”, con un arancel del 80 por ciento.

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