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Viernes, 27 de enero de 2012

CULTURA › EL AUGE DE LOS FESTIVALES DE LITERATURA

“Hay curiosidad por ver salir al escritor del cascarón”

Lo dice el escritor Heriberto Fiorillo, director del Carnaval de las Artes de Barranquilla, pero vale para todas estas fiestas literarias, desde la de Cartagena hasta la de Madrid, pasando por Berlín y Valparaíso. Buenos Aires tiene la suya: el Filba, que ahora es federal.

 Por Silvina Friera

Los escritores ya no se esconden: ahora salen a escena, como los actores, los músicos. Algunos –unos pocos– permanecerán en sus guaridas, a salvo de la demanda de exhibición. Se sabe que siempre alguien sufre de pánico escénico. Malos tiempos para padecer síndrome tan infame, a contracorriente de la necesidad de ser reconocido y escuchado. Después, si resultó simpático, inteligente y descontracturado, con suerte podrá aspirar a ser más leído. Los festivales literarios cotizan en alza. No hay forma de errar el camino. Quizá todos los caminos, tanto en Latinoamérica como en Europa, conducen a una nueva liturgia: los demiurgos deben enfrentarse cara a cara con un público más o menos lector. Jonathan Franzen, Carlos Fuentes, Claudia Piñeiro y Nélida Piñón, entre otros, están inaugurando en estos días el calendario festivalero en el Hay Festival de Cartagena de Indias (Colombia), a dos semanas de que Fernando Trueba, Juan Villoro y Laura Esquivel participen de otra edición del Carnaval de las Artes de Barranquilla (ver aparte), surge un puñado de interrogantes: ¿cómo explicar este fenómeno en el que el autor se convierte en el centro de atención y atracción? Si antes un libro era el camino ineludible hacia el escritor, ¿ahora el autor es el camino ineludible hacia sus libros?

“Yo creo que son dos actividades diferentes –dice Cristina Fuentes, directora del Hay Festival Cartagena, a Página/12–. El leer es una actividad todavía individual y privada, un espacio fabuloso entre uno mismo y el texto. Y digo todavía porque con los avances tecnológicos quizá leer se convierta en algo compartido. No importa si uno llega al autor a través del libro o al libro a través del autor porque se llega a lo mismo: a grandes ideas y experiencias.” Fuentes considera que el cine, el teatro, la música, no están exentos de convertir también a sus respectivos creadores en el plato principal que conduciría hacia las obras. “Nosotros más que un festival literario somos un festival de ideas; ponemos a conversar a escritores pero también a músicos como Philip Glass o Rubén Blades o cineastas como Fernando Trueba.” Hasta hace poco, recuerda la responsable del Hay Festival Cartagena, en el mundo hispano existían solo ferias del libro con programación cultural. Más allá de que algunas ferias funcionen mejor que otras, esa programación suele quedar en un segundo plano. “Los festivales son un formato novedoso donde el acento se pone en las personas. Hoy en día que ya ni hace falta casi acercarse a la tienda de libros para acceder a la mejor literatura, a pesar de los avances tecnológicos, sigue existiendo esa necesidad de reunirse, de compartir y contar historias y los festivales lo saben hacer bien.”

El escritor Heriberto Fiorillo, director del Carnaval de las Artes de Barranquilla, apunta directo al blanco de otra cuestión. “Desde siempre ha existido fascinación por el mago y por la forma en que fabrica su magia. En un libro el autor anda escondido, apenas asomado a la punta de una solapa. Muchos sienten curiosidad por verle salir de vez en cuando del cascarón. Hay autores tan antipáticos o soberbios que más bien pierden lectores cuando deciden aparecer en festivales. En el cine, en la música, la atracción por los artistas es mayor.” La escritora Imma Turbau, directora general de Casa de América y del festival Vivamérica (Madrid), cuenta que la eclosión de tantos eventos literarios en los que el escritor es el protagonista “tiene que ver con una época en que la imagen cada vez gana más terreno a la palabra como elemento de comunicación”. No cree que esta tendencia sea por sí misma negativa, “si ayuda a que cada vez se lea más y mejor, aunque lo de ‘leer mejor’ daría para un debate mucho más amplio”, sugiere Turbau. “Con este tipo de eventos creo que salimos ganando todos: los escritores, porque conocemos a otros colegas y podemos ampliar nuestros puntos de vista; el público, que puede conocer muchos detalles de los autores y de las obras a las que han dedicado tanto esfuerzo –y dinero– y porque pueden conocer otras propuestas afines; la industria editorial, porque toda forma de promocionar el fomento de la lectura es un negocio seguro y a largo plazo; los organizadores y sedes, porque los eventos literarios tienen un prestigio que no alcanzan ni de lejos las otras artes.”

Primeros días de octubre, año 2011, en una Madrid que empezaba a acostumbrarse a la brisa otoñal. El cineasta Arturo Ripstein inauguró la V edición del Vivamérica, un encuentro que arrancó como una celebración del talento latinoamericano, según comenta su directora, y que se ha transformado en un festival de ideas “en el que tiene casi más trascendencia el público online que el presencial”. Esa edición, como es ya una sana costumbre, terminó con La Marcha, un impactante desfile con bailes y músicas de Iberoamérica y un concierto de Calle 13 y del grupo habanero Karamba. Pero mucho antes del final, en un almuerzo que Turbau nunca olvidará, escuchó que el realizador de Profundo carmesí tarareaba “Love me two times”, de The Doors. “Me contó cómo conoció a Jim Morrison en casa de Carlos Fuentes”, recuerda todavía sorprendida por esa perlita de la trastienda festivalera. “Las anécdotas serían casi infinitas, aunque las más divertidas, interesantes y suculentas no se pueden contar... Pero es algo que comprenden todos los que organizan eventos. Una especie de ‘impuesto revolucionario’ que disfrutamos los que nos ocupamos de que cuando sube el telón todo esté preparado.”

Española que vive en Londres y motoriza un festival, el Hay Festival Cartagena, que un puñado de partícipes y testigos directos definen como “bien colombiano”, Fuentes destaca que este encuentro multitudinario tiene una audiencia de unas 35.000 personas. La cifra es apabullante. “El Hay Cartagena fue una propuesta refrescante para Colombia a la hora de producir cultura. Gustó mucho su estilo directo, desenfadado, sin grandes protocolos. Los escritores empezaron a pedir que sus presentaciones fuesen ‘estilo’ Hay –revela sin deschavar a los ‘pecadores’–. Desde que comenzamos en Colombia hace siete años se han creado, gracias en parte a la experiencia del Hay, otros festivales como el Malpensante, o el de las Artes en Barranquilla; siempre resulta positivo que el Hay sea catalizador de muchas nuevas aventuras.”

La movida barranquillera, que se realizará del 8 al 12 de febrero, es más popular y festiva. El Carnaval de las Artes de Barranquilla lleva adosado, desde el origen, un subtítulo aglutinador: “La reflexión como espectáculo”. Se podrá enarcar la ceja, como en los viejos tiempos, y estimar que no siempre reflexión y espectáculo van de la mano. “Hemos probado que pensar no aburre”, dispara Fiorillo. “La reflexión puede ser lúdica y, por lo tanto, divertida. Ahondar en una canción, por ejemplo, enriquece el acto de escucharla. Una vez que uno ha oído al autor expresarse sobre ella, ya esa canción no será la misma ni será lo mismo volverla a oír. El lema ‘La reflexión como espectáculo’ invita a atender el acto de pensar, a presenciar el diálogo creativo. Al contrario de lo que dices –refuta Fiorillo– marca el énfasis sobre el pensamiento, no sobre los hechos ni la acción. Le da importancia al juego interior, el de la inteligencia. Aquí, el espectáculo no es el espectáculo. El espectáculo es pensarlo, digerirlo. No vinimos sólo a hacer muecas. Vinimos, sobre todo, a conocerlas y entenderlas. Reflexión y espectáculo se llevan muy bien, sobre todo para el que reflexiona. Sin embargo, en nuestros tiempos se cree que al espectáculo le va mejor cuando el público es medio tarado, inculto, manipulable. Se equivocan: un público culto, inteligente, eleva sin duda la calidad de todo espectáculo. Le exige, lo confronta.”

Antes de que el Hay Festival se impusiera como formato novedoso que pronto sería emulado, adoptado o remixado, en agosto de 2003, Paraty, un bellísimo pueblo histórico de Brasil ubicado a la orilla del mar, se incorporó al selecto grupo de festivales literarios internacionales como el Hay-on-Wye y el Festival Internacional de Literatura en Berlín. Julian Barnes, Don DeLillo, Eric Hobsbawm, Hanif Kureishi, Salman Rushdie, Ian McEwan, Martin Amis, Margaret Atwood, Orhan Pamuk, Enrique Vila-Matas, Paul Auster, Antonio Lobo Antunes, Tobias Wolff, Nadine Gordimer, J.M. Coetzee, Anthony Bourdain, Michael Ondaatje y Tom Stoppard, entre otros, son algunos de los grandes nombres de la literatura mundial que ha convocado el Festival Internacional de Literatura de Paraty (Flip), que este año celebra sus diez años. El esqueleto principal del Flip se organiza a través de un puñado de mesas en las que se discute de poesía, ciencia, crítica literaria y musical, historia, historieta y arte contemporáneo, conectadas con el autor homenajeado en cada edición. El primer año se recordó al poeta y compositor Vinicius de Moraes (1917-1980); en 2004 a Joao Guimaraes Rosa (1908-1967); en 2005 fue el turno de Clarice Lispector (1920-1977); en 2006, del bahiano Jorge Amado (1912-2001); en 2007, del periodista y dramaturgo Nelson Rodrigues (1912-1980); en 2008 a Machado de Assis (1839-1908); en 2009 al poeta Manuel Bandeira.

Argentina se sumó a la movida en 2008 con el Filba (Festival Internacional de Literatura en Buenos Aires). Durante las tres ediciones que se realizaron –la segunda en 2010 y la tercera, el año pasado– han desfilado los filósofos Gianni Va-ttimo y Marc Augé; los escritores Nicole Krauss, Juan Villoro, Mario Bellatin, Pedro Lemebel, Milton Hatoum, John Connolly, Cees Nooteboom, Minae Mizumura y J.M. Coetzee. Pablo Braun, director del Filba, asegura que el balance es “muy positivo”. “El mayor aporte que hemos hecho es dar a conocer o reforzar el conocimiento de autores de los cuales no se tenía casi noticia acá, como Yuri Herrera, Luiz Ruffato, Kjell Askildsen, Claire Keegan y tantos otros. También haber traído un Premio Nobel como Coetzee le dio al festival un reconocimiento mayor, que ojalá se traslade a mayor afluencia de público.” Valparaíso (Chile) fue la última ciudad en incorporarse con Puerto de Ideas, un festival literario que pretende convertirse en uno de los puntos de encuentro para la cultura del continente. La primera edición, en noviembre del año pasado, apostó por “estrellas intelectuales” como la búlgaro-francesa Julia Kristeva, el italiano Carlo Guinzburg y el francés Marc Augé.

Los festivales literarios terminan siendo una marca apenas distinguida por sus nomenclaturas. Quizá la mayor diferencia resida en la geografía, el lugar donde transcurren y cómo interactúan los artistas invitados con ese espacio y sus tradiciones. Cuesta encontrar sellos distintivos. Fuentes estima que lo que caracteriza al Hay Festival es la “gran diversidad y calidad de participantes, no sólo del mundo literario”. Y que el encuentro prioriza el modelo de la conversación. “Quizá tanta facilidad de comunicarse tecnológicamente distraiga del gran placer y el gran gesto de tolerancia que es la conversación; es un acto de civismo y de humanismo, ahí vemos lo mejor del ser humano, su capacidad de hacernos reír, llorar, discernir, hacernos ver el mundo de otras formas solo con palabras.” Turbau, del Vivamérica, admite que todos los festivales se parecen cada vez más entre sí. “Es algo que sucede en todo el mundo: los certámenes de música, cine o de artes escénicas incluyen secciones literarias, gastronómicas, infantiles, y se corre el riesgo de encontrarte casi lo mismo en todos los lugares, variando únicamente la proporción. En nuestro caso, la diferencia es que se trata de un evento multidisciplinar desde el comienzo, aunque es cierto que la literatura conforma uno de los platos fuertes del Vivamérica. Otras diferencias son que nuestro festival se centra únicamente en el ámbito iberoamericano y que todas las actividades son de carácter gratuito.”

“Bailar hasta que el cuerpo aguante.” Ese es el mandato popular que se refrenda año tras año. No hay una fecha precisa del primer carnaval celebrado en Barranquilla. Poco importa. Esta descomunal fiesta circula de boca en boca y de cadera en cadera por las calles de la ciudad, donde hombres, mujeres y niños bailan y cantan. “El Carnaval de las Artes necesita al Carnaval de Barranquilla; es parte de él, su piedra en el zapato. Digamos que ahora es su reflexión y por lo tanto su conciencia. Le recuerda sus principios, sus estatutos éticos, su condición de fiesta popular y, por supuesto, su esencia transgresora”, explica Fiorillo. “La Unesco y el Carnaval de las Artes piensan parecido: el carnaval es del pueblo, de los barranquilleros. Y en todo carnaval hay disfraz. La única definición que le sienta de verdad al carnaval es la de fiesta popular”.

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