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Viernes, 27 de enero de 2012

MUSICA › MARIANO SIVORI, SU SEXTETO Y EL MATERIAL DEL DISCO NO DOGMA

“Explorar, escribir y vivir”

Es contrabajista de Escalandrum, pero su espíritu inquieto lo anima a explorar caminos e intentar cruces. “Quiero ser de los que, aun haciendo una porquería, hagan algo que no sea fácilmente reconocible”, sostiene, pero lo suyo está lejos de la porquería.

 Por Cristian Vitale

Mariano Sívori es el contrabajista de Escalandrum. Ahora está en un bar y pide un cortado. El mozo, lookeado a lo Zitarrosa (de sobrio negro), le responde con el pedido y agrega tres medialunas como yapa. “Las que no comen no se las cobro”, sorprende. Sívori describe la secuencia como un self service violento y le llama la atención la inexistencia de edulcorante. “Este es un bar para hombres, che, todo azúcar”, comenta y se ríe. Mariano Sívori es el contrabajista de Escalandrum desde la previa a Estados Alterados (segundo disco de la banda del Pipi Piazzolla), pero también un hombre de inquieta personalidad musical. Por eso, sin abandonar su trabajo principal, armó una banda propia, la bautizó el Mariano Sívori Sexteto y sacó un disco. Le puso No Dogma, lo ocupó con ocho piezas instrumentales que él detecta como una encrucijada entre jazz, algo de rock progresivo y música contemporánea, y prevé presentarlo cuando llegue marzo en el circuito porteño. “Ya lo tocamos en el Virasoro Bar, pero quedó tela para cortar”, dispara sobre el “hacia afuera” del disco.

El “hacia dentro” es personalidad y riesgo. Pocos límites y cero standards: todos los temas son suyos y se desenvuelven intensos, cambiantes, sin redes. Los nombres, aleatorios, son juegos o historias personales: “Tema I” es el que abre el disco –“No se me ocurrió un nombre mejor que ponerle”, se ríe–; el calmo “Pan” alude a las migas que su abuelo les tiraba a los delfines en el largo viaje en barco que lo trajo desde Polonia; “Pampa y circunstancia”, tal vez el más osado, a un juego de palabras y “Se pileta” (once minutos y 48 segundos de vuelo), a un juego de video game que encaraba con su hermano, ocho años menor, para apaciguar las tensiones de vivir bajo un techo común.

–Está claro que la sustancia de No Dogma pasa por otro lado...en principio, lo fuerte del título y la defensa que usted hace de él.

–(Risas). Es un NO grande al dogma, tal cual. No sé, ésta es una música instrumental que puede ser cualquier cosa; una música con solos e improvisaciones que también puede ser cualquier cosa, pero, bueno, los músicos que tocan conmigo, si bien tienen entrenamiento en diferentes géneros, provienen de la escuela del jazz.

–Con todo lo que implica definir al género. ¿Usted se considera un músico de jazz?

–Sí.

–¿Por qué? ¿Por formación, experiencia, referentes?

–Conozco el lenguaje, lo manejo y es el que más me representa. En realidad es rarísimo, porque paso por una situación de amor-odio. Es muy violento decirlo así, pero escucho todo el tiempo jazz y, cuando veo que ya no me satisface, me escudo escuchando otro tipo de cosas, hasta que inevitablemente vuelvo. Digo, no soy un músico de folklore ni de tango... no se bien por qué, pero soy un músico de jazz.

Así lo refrendan, además de la veta Escalandrum, sus trabajos con el trío Fernández-Piazzolla-Sívori, el Nicolás Sorín Octeto, el Nicolás Guershberg Trío, el Lucio Balduini Cuarteto y el Ensamble Real Book Argentino. Así, también, la marca de origen que le impregnó haber visto a Weather Report en el Luna cuando tenía cinco años, o el viaje a Nueva York (1998) que lo encontró estudiando con John Patitucci o Joe Fitzgerald, entre otros. Un background que No Dogma reproduce casi con fidelidad: “Nunca pasó por mí, aunque me encanten y se puedan mezclar, incentivar mi música personal con folklore o tango. Tenía ganas de que más que representar al país la música me represente a mí. Si daba algún colorcito local, perfecto, pero era necesario poner un resaltador sobre determinada cosa telúrica”, expresa.

–En No Dogma no se nota, ni siquiera en matices.

–No quería explotar esa veta, me alegro que se haya notado.

–¿Y qué quiso explotar?

–En primer lugar, exponer mi capacidad o incapacidad para componer, arreglar y dirigir al ciento por ciento, porque en los otros proyectos estoy escudado por otra gente. En segundo, quiero ser de los que, aun haciendo una porquería, hagan algo que no sea tan fácilmente reconocible.

–Una conexión directa a Miles Davis...,

–(Risas.) Totalmente. Es más, la primera vez que me mudé, lo primero que me llevé fue un cuadro de Miles.

–¿Cuál Miles?

–El de los ’80. Me acuerdo de que una vez lo vio mi abuela y me dijo que le daba como un susto, porque el quía está con una cara medio endemoniada, pero más allá de ocuparme de decir qué Miles, sostengo que es un referente para mí, por lo menos por su acercamiento visceral a la cuestión del cambio... eso me atrae muchísimo. Coltrane también era eso, ¿no?, me atraen esos artistas. Me identifico con las personas que se ven atraídas hacia el cambio, a tratar de dar cosas nuevas, aún a riesgo de hacer cosas que no estén tan buenas. Una vez vi un documental de Miles en el que está con su grupo eléctrico a full, hasta que se cortó la luz y empezaron a tocar una balada acústica... salió tan bien que Miles dijo “bueno, a partir de ahora no la voy a tocar nunca más”. El sentía que estaba buenísimo, pero a veces hay que inmolarse un poco en pos de no estar tan cuidado. Sólo se trata de quedarte con lo que te hace vibrar más, al cabo. Con explorar, escribir y vivir, digo yo.

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“Esta es una música instrumental que puede ser cualquier cosa”, señala Sívori.
Imagen: Leandro Teysseire
 
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