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Viernes, 15 de agosto de 2008

LOS EXPEDIENTES SECRETOS X: QUIERO CREER, DE CHRIS CARTER

Un experimento frankensteiniano

 Por Horacio Bernades

4

LOS EXPEDIENTES SECRETOS X: QUIERO CREER

(The X Files: I Want to Believe, EE.UU., 2008)

Dirección: Chris Carter.
Guión: Frank Spotnitz y Chris Carter.

Intérpretes: David Duchovny, Gillian Anderson, Amanda Peet, Billy Connolly y Callum Keith Rennie.

Es llamativo que el argumento de esta segunda película originada en Los expedientes X gire alrededor de un experimento frankensteiniano, ya que el propio film parecería querer extraer vida de la materia muerta. Que tanto el experimento como la película fracasen no debería sorprender: ambos carecen del chispazo, eléctrico o divino, que daba vida a la criatura de Mary Shelley. La serie, que conoció épocas de gloria, venía dando estertores mucho antes de su defunción oficial, en 2002. De hecho, Los expedientes X eran puro pasado cuando sus creadores decidieron filmar una primera película basada en ella, Los expedientes X: Combate al futuro. Y eso no sucedió ayer nomás, sino hace diez años. Producto de un hálito creativo casi cadavérico, Los expedientes secretos X: Quiero creer perfecciona las falencias de su precedente, teniendo tan poca relación con la serie como con el cine en general.

Y eso que Los expedientes secretos X: Quiero creer no está en manos de cualquiera: sus máximos creadores, Chris Carter y Frank Spotnitz, están a cargo, juntos o por separado, de la producción, guión y realización. Tan irreprochable como de costumbre el primero de esos rubros, las debilidades del guión se ven completadas por una realización que tiende indefectiblemente a lo soporífero. Narrada de modo tan elíptico e intrincado como su marca de fábrica indica, las habituales elipsis y retorcimientos no llevan aquí a ninguna parte. Una agente del FBI desapareció, un sacerdote pedófilo y psíquico (el escocés Billy Connolly) dio datos sobre su paradero y alguien en el Bureau creyó conveniente gestionar el regreso de Fox Mulder (David Duchovny). Para ello van a la busca de la única persona que conoce su escondite. Dana Scully (Gillian Anderson) logrará convencer al viejo amigo y ambos partirán hacia la helada Richmond, Virginia, para desentrañar el misterio. Por más que sobren los motivos para que ni uno ni otra quieran saber nada con los descendientes de J. Edgar Hoover.

Fox y Dana, que resultan haber sido padres de un niño que murió (¿lo habrán tenido en una dimensión paralela de la serie?) dan con un grupo de científicos rusos, que en un laboratorio secreto intentan convertir a un compatriota en la mujer que toda la vida quiso ser, armándolo a partir de pedazos cosidos de chicas secuestradas. El paciente resulta ser un ex monaguillo, abusado por el cura, aunque da toda la sensación de ser mayor que él. El marido del paciente, ruso mal entrazado, anda robando órganos en hospitales (¿o son sólo las heladeritas transportadoras de órganos lo que roba?), cuestión de sumarlos al experimento. Si la película anterior se caracterizaba por una suerte de oscuridad narcótica, ésta multiplica el efecto, cosiendo los escasos pedazos dramáticos y narrativos de modo tan precario como los científicos que atienden al ruso. Esos pedazos quedan tan aislados en la inmensidad del metraje (aunque el tiempo real sea de poco más de 100 minutos) como las casitas que se esparcen en las heladas planicies ruso-siberianas de Richmond, Virginia.

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Mulder y Scully otra vez en acción.
 
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