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Viernes, 15 de agosto de 2008

CINE › LA SOLEDAD, DE JAIME ROSALES, GOYA AL MEJOR FILM ESPAÑOL 2007

Fracturas en el núcleo familiar

La misma frialdad y distancia que utilizaba en Las horas del día para internarse en el misterio de un único personaje, ahora Rosales las aplica a una estructura mucho más compleja, de orden polifónico, que le permite utilizar el sistema de pantalla dividida.

 Por Luciano Monteagudo

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LA SOLEDAD
(España, 2007)

Dirección: Jaime Rosales.
Guión: Jaime Rosales y Enric Rufas.
Fotografía: Oscar Durán.
Música: Nino Martínez.
Intérpretes: Sonia Almarcha, Petra Martínez, Miriam Correa, Nuria Mencía, María Bazán, Jesús Cracio, Luis Villanueva, Luis Bermejo, Juan Margallo, José Luis Torrijo y Carmen Gutiérrez.
Proyección en formato DVD en las salas Arteplex Centro, Arteplex Belgrano y Dúplex Caballito.

El director catalán Jaime Rosales (Barcelona, 1970) se dio a conocer un lustro atrás con Las horas del día, premio de la crítica en la Quincena de los Realizadores del Festival de Cannes 2003 y el Premio Especial del Jurado del Bafici 2004. Aquella radiografía sobre la compulsión asesina de un hombre como cualquier otro no sólo era una apuesta extrema por un cine de una radicalidad sin atenuantes. También se trataba de una película absolutamente infrecuente en el panorama del anquilosado cine español, un film profundamente realista, que sin embargo nunca se permitía caer en el naturalismo. Algunas de estas características –y la sombra ominosa de la muerte– todavía perduran en el segundo opus de Rosales, La soledad, que a pesar de la aridez de su planteo narrativo se convirtió el año pasado en la sorpresiva ganadora de los Premios Goya de la Academia del Cine Español (mejor film y mejor director), por encima de la favorita El orfanato.

La misma frialdad y distancia que utilizaba en Las horas del día para internarse en el misterio de un único personaje, ahora Rosales las aplica a una estructura mucho más compleja, se diría polifónica. A pesar de lo que pueda sugerir su título, La soledad no tiene un protagonista excluyente sino una serie de personajes divididos en dos familias que no se conocen entre sí y apenas si se cruzan en la narración. Por un lado, está Antonia (Petra Martínez), una señora ya mayor, viuda, que ha vuelto a formar una pareja pero que no por ello deja de preocuparse por sus tres hijas mujeres, cada una a su vez con su vida y sus problemas a cuestas. Por el otro está Adela (Sonia Almarcha), una joven separada y con un hijo de apenas de un año de edad, que decide dejar su silencioso, triste pueblo natal y buscar nuevos horizontes en Madrid.

Para poder abarcar todo ese espectro, Rosales ha exhumado un procedimiento que el cine utilizó en los años ’60 pero que luego fue casi olvidado: el split-screen, la pantalla dividida, que el director ha preferido llamar a su propia manera como “polivisión”. A diferencia de Brian De Palma (uno de los últimos en ponerlo en práctica), que lo ha usado sobre todo para reforzar determinadas instancias dramáticas, Rosales en cambio lo despliega de manera uniforme en un 30 por ciento de la película: divide la pantalla (formato Cinema Scope) en dos mitades iguales y cada mitad corresponde a un punto de vista diferente sobre una misma escena. No se trata de que el espectador tenga la oportunidad de seguir las vidas paralelas de cada una de esas familias, sino más bien de acceder a cada uno de esos personajes por separado, pero desde distintos puntos de vista simultáneos.

La idea sería –y esto lo manifestó el propio Rosales en la entrevista publicada el martes pasado en Página/12– que ese recurso formal pudiera expresar las fracturas del núcleo familiar, dar cuenta de la dificultad de entendimiento y comunicación que existe en la clase media urbana contemporánea. Pero debe decirse que el resultado no necesariamente está a la altura de esas ambiciones. En primer lugar, el mecanismo pesa demasiado: por su utilización sistemática, ahoga las situaciones y le resta vida propia a los personajes. Se nota tanto el dispositivo, está tan en primer plano que, en vez de concentrar la atención del espectador, termina distrayéndolo.

Hay también allí una contradicción: la cámara, neutra y distante, parecería querer esconder al realizador, pero sus encuadres son tan geométricos y formalistas que lo único que hacen es ponerlo en evidencia más de lo necesario. Es una pena, porque si hay algo que deja ver muy claramente La soledad es el estupendo director de actores que es Rosales: sabe pedirle a cada uno de ellos matices muy sutiles y concretos, al punto que de la deliberada banalidad cotidiana de los diálogos son capaces de extraer las características específicas y la complejidad de cada uno de sus personajes.

En defensa de La soledad, debe decirse también que la proyección de un film de estas características formales en soporte DVD ampliado no ayuda a su justa valoración.

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