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Viernes, 21 de abril de 2006

ALTIBAJOS EN LA COMPETENCIA

Húngaros y chilenos debajo del “Agua”

 Por Horacio Bernades

Un nivel declinante presenta la competencia internacional del VIII Bafici, en momentos en que se apresta a alcanzar su conclusión. La muestra oficial quedará cerrada hoy, con la proyección de la taiwanesa The Shoe Fairy y la española La leyenda del tiempo. De las otras que se presentan en estos días, la más interesante es la segunda película argentina en competencia. Aunque no carezca de problemas, hay sin duda en Agua (opus dos de Verónica Chen, luego de Vagón fumador) una búsqueda específicamente cinematográfica, un tratamiento visual y sonoro que da por resultado momentos de puro cine. No puede decirse lo mismo de la chilena La sagrada familia, la israelí Karov la bayit (Close to home) o la húngara Fekete Kefe, cuyo título de distribución internacional es Black Brush. Todas ellas tiran para abajo el promedio de la competencia oficial.

Coproducción con Francia y participación de varios técnicos de ese origen, Agua narra la relación entre dos nadadores. Uno es un veterano, Goyo Blasco, que viene de un largo exilio en el desierto tras haber sido acusado de doping (el siempre magnífico Rafael Ferro). El otro, un joven en ascenso, el Chino (Nicolás Mateo), que conoce a su colega cuando éste atropella su bici con el auto. Más allá de que su forma de encontrarse no es la ideal para hacerse amigos, terminarán asociándose cuando Goyo intenta su regreso y el Chino lo ayuda. Allí se producirá una extraña, inesperada transferencia de roles. Apoyada en técnicos de primerísima línea (Sabine Lancelin fue directora de fotografía de Chantal Ackerman, Raoul Ruiz y Manoel de Oliveira; el especialista en fotografía Matías Mesa participó de las tres últimas películas de Gus Van Sant; Jacopo Quadri y César D’Angiolillo son montajistas de primer nivel) y con la acertadísima decisión de no utilizar música en absoluto, Chen alcanza, en largos pasajes, una infrecuente elocuencia visual.

Esa alta capacidad expresiva se verifica tanto al utilizar planos largos en grandes espacios como en las escenas de nado, que la realizadora resuelve en planos cortos, a pura brazada. Menos convincente resultan ciertas subtramas (la relación del Chino con su esposa embarazada y la de Goyo con una chica que se le acerca), así como los diálogos sobreescritos (no siempre bien fraseados por parte del elenco) y cierto monólogo interior del Chino, que no hace más que explicitar lo que debería mostrarse. Pero más de un momento queda grabado a fuego, por su poderío visual. Sobre todo las escenas subacuáticas, la secuencia inicial en esa infinita nada pedregosa que es el Valle de la Luna y el instante decisivo, cuando el Chino queda solo y enfrentado a la inmensidad del río. En planos cortos está resuelta casi enteramente La sagrada familia, ópera prima del santiaguino Sebastián Campos. Pero aquí, más que de cine puro parecería tratarse de pura televisión. Tal vez porque el encierro que la película propone hace pensar en un Gran Hermano del pospinochetismo.

Hay también algo de ese cliché teatral que es el “juego de la verdad” en La sagrada familia, con su reunión de hijo, novia, vecina, vecino y novio de éste, todos en la impresionante casa que el papá arquitecto se construyó frente al mar. Superpoblada de ricachones snobs, el final que la película propone (escapar de ese mundo asfixiante, en busca de aire libre) ya era un tópico remanido en los ’60 y ’70. ¿Y qué decir de Karov la bayi y Fekete Kefe o Close to home y Black Brush? Codirigida por las realizadoras israelíes Dalia Hager y Vidi Bilu, la primera de ellas tiene por protagonistas a dos jóvenes conscriptas y superpone sus rebeldías ante las órdenes de los superiores, un ocasional atentado terrorista, la aparición de un príncipe azul de soap opera, conflictos con los padres y tentaciones hormonales por parte de las chicas. Como puede imaginarse, el resultado es un menjunje de líneas encontradas, en el que resulta indiscernible un punto de vista con respecto a lo que se narra.

El antecedente de haber sido asistente de dirección del enorme Béla Tarr llevaba a esperanzarse con la ópera prima del húngaro Roland Vranik, filmada para más datos en blanco y negro y formato scope, como varias de las películas de aquél. Pero toda esperanza queda cancelada frente a una típica película con posadolescentes pasotas, en la que personas y objetos se interrelacionan con las dosis de azar y circularidad que suele dominar este subgénero (chequear las primeras de Jarmusch, Martín Rejtman y los uruguayos de 25 watts), pero sin las dosis de humor y de absurdo que salpimentan esas películas.

(La sagrada familia se verá por última vez hoy a las 19.15 en el Atlas Santa Fe 1. Close to home, hoy a las 22 en la misma sala. Black Brush, hoy a las 15 y mañana a las 19.45, en el Hoyts 10. Agua se proyecta hoy a las 16.30 en el Hoyts 6 y mañana a las 19.15 en el Atlas Santa Fe 2.)

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Agua, de Verónica Chen, a puro cine.
La sagrada familia, a pura televisión.
 
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