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Martes, 17 de abril de 2012

DESPEDIDA AL ESCRITOR CARLOS SCHLAEN

La pena de la partida

Querido Carlos: me toca escribir unas líneas para despedirte, y lo hago en nombre, de alguna manera, de todos aquellos que formamos parte del pequeño mundo de la literatura infantil y juvenil que te conocimos y apreciamos; de aquellos que, cuanto más te conocimos, más te apreciamos. Nos quedan tus novelas, tus hermosos dibujos: eras, qué duda cabe, un escritor talentoso, un magnífico ilustrador. Pero sobre todo eras un hombre bueno, alegre, feliz. Eras un amigo excelente. Un gran tipo.

Tuve la suerte de conocerte hará unos quince años, en una de esas fiestas findeañeras que organizaba Alfaguara, editorial en la que recién empezábamos. Vos, por cierto, ya habías publicado en el Quirquincho nada menos que el magnífico Ulrico, pionero de lo que ahora se llama novela gráfica, libro genial que en estos días vuelve a salir en Ediciones del Eclipse (y es ésta una alegría enorme, que mitiga en mínima parte la pena de estar despidiéndote). Además habías publicado el no menos magnífico Orllie, y algunas de tus novelas policiales, como El caso del videojuego y El caso del cantante de rock. Yo recién empezaba como escritor, pero no como maestro y lector: te había leído, y me imaginaba, por esas dos novelas, que eras como era yo, un muchachito. Me viste aquella tarde de brindis perdido en un salón donde prácticamente no conocía a nadie y te acercaste a preguntarme quién era. Te lo dije, y cuando luego descubrí que eras Carlos Schlaen me salió el brulote de decirte “ah, yo leí los casos... creí que eras más joven”. Otro se hubiera molestado. Vos te reíste y respondiste con una de esas salidas que te caracterizaban: “Ah, sí, yo también creía que era más joven”. Nos reímos los dos y desde ese brindis fuimos amigos.

Seguiste escribiendo, y dibujando, y yo te seguí leyendo. Alguna vez te invité a charlar con mis alumnos, con quienes había compartido La maldición del virrey y La espada del adelantado. Los chicos gozaron con las aventuras de Juancho y del inefable gordo Abelardo, a caballo de la arqueología, la historia y el policial, tanto como disfrutaron de tu visita, porque eras un tipo sencillo, abierto, de una simpatía sin par. Y porque eras, claro, muy inteligente: en otros encuentros, una nena lectora (me lo contaste en alguno de los asados que solíamos disfrutar juntos) te preguntó por qué todos tus narradores protagonistas eran hombres. Lo sentiste como un desafío y así nació Jose Zack, la hija de un detective retirado que se hace cargo de la agencia Osiris y que confunde a policías, maleantes y clientes desprevenidos con su nombre ambiguo. Yo sospechaba que Jose era el apócope de Josefina y te lo dije un día en una entrevista, frente a cientos de chicos. “Para mí Jose era Jose, sin más, pero por ahí tenés razón, quizá se llamaba Josefina”, me respondiste, sinceramente sorprendido.

Nuestra amistad creció, porque seguimos viéndonos y porque armamos, juntos, algunos proyectos felices. Tuve la suerte de editar tu única novela de terror, El tercer conjuro, que habías escrito para una fallida colección italiana que homenajeaba a Poe y que me entregaste, sólo por amistad, para una editorial pequeñita que recién comenzaba. La novela fue un éxito, fundamentalmente porque habías logrado de manera cabal lo que te habías propuesto: la historia rezumaba los climas siniestros que el maestro Poe había creado a finales del siglo XIX, pero vos habías logrado desarrollar los mismos terrores en los principios del siglo XXI.

Además, en 2009 formé parte del equipo que dirigiste para un proyecto piloto dentro del Plan Nacional de Lectura. Ahí anduvimos, junto a otros escritores, narradores, especialistas, por cinco provincias, trabajando, festejando las lecturas que lográbamos compartir con los chicos y sus docentes, riéndonos. Alguien del equipo te bautizó “el Comandante”, y desde ese día ésa fue, para nosotros, la forma más grata de llamarte.

Hoy elijo esta carta abierta como una manera de hacer menos ardua la tarea de despedirte. Elijo esta manera epistolar influido, tal vez, por los muchísimos mensajes que los amigos escritores, editores, ilustradores, diseñadores, promotores enviaron cuando te supieron peleando por la vida. Y por los muchos otros con los que esos mismos amigos manifestaron la enorme pena que les daba tu injusta partida.

Ya vuelve el Ulrico; pronto, esperemos, reaparecerá el Orllie. Siguen reeditándose las aventuras policiales de Nico, el de los casos; las de Jose, al frente de la agencia Osiris, y las de Juancho y compañía, entremezcladas con la historia. Te seguiremos leyendo, querido Carlos. Y te seguiremos queriendo.

* Escritor y editor. El escritor Carlos Schlaen murió el pasado sábado. Sus restos fueron despedidos ayer en el cementerio de la Chacarita.

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