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Martes, 17 de abril de 2012

CINE › SE CRUZAN Y BORRAN LIMITES EN LA COMPETENCIA ARGENTINA

De la ficción al documental

Ante la ley reconstruye un sonado caso de censura literaria; Dioramas sigue la labor cotidiana y la vida íntima de dos bailarinas; y 17 monumentos observa los emplazamientos donde funcionaron centros clandestinos de detención.

 Por Horacio Bernades

Lo documental y lo ficcional se cruzan y borran límites en la Competencia Argentina del Bafici. Ambiciosa reconstrucción de un sonado caso de censura y condena por obscenidad que tuvo lugar en 1960, Ante la ley yuxtapone registros y discursos, atravesando épocas, personajes y modos de pensamiento del último medio siglo de historia argentina. En Dioramas, el editor, escritor y cineasta Gonzalo Castro –todo un habitué del Bafici, al que concurre por cuarta vez consecutiva– vuelve a trabajar un registro anfibio entre el documental y la ficción, observando la labor de un grupo de bailarines y la vida íntima de dos de ellas. Documento puro y duro, 17 monumentos somete a observación los monumentos que recuerdan los emplazamientos donde funcionaron centros clandestinos de detención de la dictadura, del mismo modo en que su realizador, Jonathan Perel, había hecho previamente con la ESMA, en su film El predio.

Escrito por Carlos Correas y publicado en diciembre de 1959 en la revista del Centro de Estudiantes de Filosofía y Letras, La narración de la historia –relato del levante de un culto estudiante a un chongo adolescente– sufrió una requisa policial, iniciándose una causa que terminó con la condena a prisión (dejada en suspenso) de su autor y su editor, Jorge Lafforgue. Los realizadores Emiliano Jelicié y Pablo Klappenbach abordan el episodio, y todo aquello que lo rodeó, de un modo que, por su combinación de distintas variantes del documental con reconstrucción ficcional y reflexión metalingüística, recuerda a Los rubios. Por un lado están las preguntas sobre cómo investigar y poner el asunto en escena, que los realizadores se hacen en voz alta. Por otro, la kafkiana recorrida por archivos de tribunales, en busca de un expediente que parece extraviado en la noche de los tiempos. A esto se agregan testimonios de allegados y conocedores de la obra de Correas (Juan José Sebreli, Lafforgue, Ricardo Piglia, Tomás Abraham, Horacio González, entre otros) y se intercalan fragmentos del cuento prohibido, que dos actores representan.

Relato maldito de un autor que de allí en más no dejaría de serlo, La narración de la historia dispara una miríada de cuestiones fascinantes, que tienen que ver tanto con la moral de la(s) época(s) y los oscuros laberintos de la memoria argentina como con el submundo gay de por entonces, así como con el lugar que Correas, Sebreli y Oscar Masotta ocupaban en relación con las ideas y la intelectualidad del posperonismo. Todo ello se despliega, con generosidad y decisiones audaces (no mostrar una sola foto de Correas es una de ellas), durante la primera mitad de Ante la ley. Pero en lugar de seguir tirando de esas líneas, en la segunda parte (la película dura 2 horas 20) los realizadores prefieren derivar hacia la historia personal del escritor y ensayista, desde su reaparición pública, a mediados de los ’80, hasta su suicidio, en 2000. La sensación que queda es la de haber pasado de la riqueza de la crónica, el ensayo y el cuadro de época al limitado campo de la biopic.

En Dioramas, Gonzalo Castro pule el modo observacional que viene practicando desde su primera película, Resfriada (2008). Siempre a cargo de todos los rubros (de la dirección a la edición, incluyendo fotografía y música), el realizador observa en detalle los ensayos de un grupo de danza conducido por el profesor Mariano Pattin. Pattin tiene la particularidad de hacer reflexionar a los bailarines sobre cada movimiento, dándole al pensamiento un rol infrecuente en el arte del movimiento corporal. La cámara de Castro parece tan atenta y concentrada como Pattin les pide a sus alumnos, pero también tan cálida y amigable como él sabe serlo. En lo que no se parece tanto es en que Pattin alienta, por lo que puede verse, la exploración de las posturas más extrañas, mientras que Castro prefiere desarrollar, alrededor de los bailarines, coreografías clásicas y fluidas. Con un HD cuya diafanidad trasluce la voluntad de filmar el aire y la luz, más que las cosas, una segunda serie narrativa muestra la intimidad –cargada de un amoroso erotismo de entrecasa– de dos chicas, integrantes del grupo. En la vida cotidiana ellas también dan la sensación de bailar hacia adentro, con el mismo cadencioso placer con que lo hace la cámara.

Un plano que no se corta invita a mirar en detalle, pero también a producir evocaciones, asociaciones mentales, pensamiento. Todo lo cual puede ser enormemente productivo. 17 monumentos es algo así como El predio x 17. Como lo había hecho en la ex ESMA, Perel planta la cámara frente a lo que alguna vez fueron El Pozo de Banfield, La Escuelita de Famaillá y hoy siguen siendo la Base Naval de Mar del Plata o el Batallón de Comunicaciones 141. Allí filma, mediante planos fijos de dos o tres minutos, el monumento que los recuerda. Un instructivo que ocupa el primer plano de la película prescribe que cada monumento deberá constar de tres pilares, que hagan mención a las palabras Memoria, Verdad y Justicia. Los monumentos realmente existentes no necesariamente respetan ese orden ni tampoco una diagramación fija: algunos pilares están escalonados y otros a la misma altura, algunos se apoyan sobre una base y otros no, en la base algunos tienen inscripciones y otros no, algunos tienen luces que los apuntan y otros no, algunos se presentan semitapados por inoportunos árboles o postes de luz.

Después está el deterioro, que va haciendo desaparecer algunas letras, a pocos años de su instalación. Parecería que nadie pasa delante de ellos, y mucho menos los observa. Como sí observan al camarógrafo, con presumible desconfianza, los uniformados de algún cuartel. Es como si aún hoy filmar un monumento recordatorio del horror fuera una actividad sospechosa. 17 monumentos demuestra que con 17 planos fijos se pueden radiografiar un país, una mentalidad, el latente peligro de la desmemoria, el abandono, la paranoia agazapada.

* Ante la ley se verá por última vez el viernes, a las 13, en el Arteplex Belgrano. 17 monumentos, el miércoles, a las 13, en la sala 1 del Centro Cultural San Martín. Dioramas, hoy, a las 16.15, en CCGSM 1 y el jueves, a las 19, en el Teatro 25 de Mayo.

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En Dioramas, Gonzalo Castro pule el modo observacional que le es habitual.
 
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