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Martes, 17 de abril de 2012

CINE › EL RASCACIELOS LATINO EN LA SECCION ODISEAS DEL ESPACIO

El Palacio Barolo, ¿un mausoleo en honor al Dante?

 Por Diego Braude

Luis Barolo, inmigrante italiano, llegó a la Argentina en 1890 e hizo fortuna como empresario textil. Mario Palanti, arquitecto también italiano, llegó en 1909 con sueños y anotaciones de edificios fantásticos. La construcción del Palacio Barolo los unió, pero el millonario no llegó a ver su inauguración en 1923; Barolo murió antes y Palanti –llevándose los planos originales del edificio– eventualmente volvió a Italia, donde falleció en 1979, ya alejado de la actividad hacía tiempo. Desde entonces, se sostiene que el edificio es un gran homenaje a la Divina Comedia del Dante o, incluso, que la monumental estructura fue concebida como gran mausoleo en honor al poeta latino para traer sus cenizas desde Europa.

El rascacielos latino, de Sebastián Schindel (realizador de Mundo Alas y Rerum Novarum, entre otras), es parte de la sección Odiseas del Espacio-Cine y Arquitectura, que se centra sobre proyectos arquitectónicos o de diseño que se hayan propuesto imaginar construcciones que pudieran impactar sobre el mundo desde diferentes niveles. Esta sección entiende la arquitectura como más allá de un concepto estético o funcional exclusivamente, y por eso junto a la película de Schindel se pueden encontrar films que atraviesan historias relacionadas con la problemática de la vivienda, proyectos faraónicos jamás terminados o sueños desquiciados (como puede ser construir una pista de esquí en Dubai).

El film de Schindel propone –a través de su presencia física en la imagen y de su voz como narrador en off– al propio director como un detective buscando posibles respuestas que resuelvan la incógnita (un poco a la manera del Sergio Wolf de Yo no sé qué me han hecho tus ojos, de Wolf y Lorena Muñoz). Las imágenes recorren archivos y obras de Palanti, acercándose, curioseando en lo que puedan descubrir en los detalles que la mirada cotidiana ha invisibilizado al entenderlos como mero ornamento. Sin embargo, a medida que avanza, el investigador-narrador no hace otra cosa que encontrar nuevas puertas a más hipótesis, ampliando el signo de pregunta que representa el segundo rascacielos que habitó tierras porteñas y el primero en alcanzar los cien metros de altura: ¿La relación entre Barolo y Palanti fue casual? ¿Y cuál es el rol de Salvo, con su edificio gemelo (aunque cinco pisos más alto) en Montevideo?

Barolo era masón, Palanti probablemente también, pero una pista indicaría que este último en realidad pertenecía a una orden templaria. ¿Para quién, entonces, construía el arquitecto que habría de morir en el campo, completamente alejado de sus proyectos monumentales? ¿Acaso llegaron alguna vez las cenizas del Dante a Buenos Aires? ¿Cómo era posible que Dante, en el primer canto de su “Purgatorio”, pudiera hacer referencia a la constelación Cruz del Sur si desde su Florencia natal o su Ravenna final no era visible y nadie antes de 1488 habría navegado hasta las latitudes donde sí lo es?

Concentrándose no tanto en las respuestas como en formular las preguntas apropiadas, Schindel presenta su investigación sugiriendo que ninguna de las fuentes consultadas posee una respuesta concluyente en sí misma, sino que todas se aproximan desde distintos puntos de vista siempre limitados. “Ningún juez es más justo que el autor de la obra”, reza una inscripción en latín grabada en una de las paredes interiores del edificio; ausencia –la del autor– que abre las puertas, entonces, a la imaginación.

* El rascacielos latino se exhibe hoy, a las 15, en el C. C. San Martín 2 y el domingo 22, a las 16.30, en el Hoyts 6.

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