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Jueves, 20 de diciembre de 2007

MANUEL CRUZ, FILOSOFO

“La memoria es un medio, no un fin”

El catalán, que vino a dar una conferencia y presentar su último libro, invita a repasar el concepto de memoria y las variables de su uso político.

 Por Angel Berlanga

“Hay en nuestra época una saturación de discursos sobre la memoria que produce más ruido que sentido y llega incluso a extremos de la trivialización”, advierte Manuel Cruz, catedrático de Filosofía Contemporánea de la Universidad de Barcelona, de visita por Buenos Aires. Este catalán nacido en 1951 estuvo por aquí para dar en el Centro Cultural de España una conferencia (¿Quién es el enemigo? Reflexiones sobre las amenazas del mundo actual) y para presentar su último libro, publicado por editorial Katz: Cómo hacer cosas con recuerdos (sobre la utilidad de la memoria y la conveniencia de rendir cuentas). Cruz, que publica frecuentemente artículos en los periódicos La Vanguardia y El País y que ganó en 2005 el premio de ensayo Anagrama con Las malas pasadas del pasado, invita a distinguir “entre los usos reivindicativos, la vocación puramente archivística y la manipulación política, por un lado, y, por otro, las potencias que tiene la memoria para producir futuro”.

Cómo hacer cosas con recuerdos rescata tramos de libros anteriores del filósofo, publicados entre 1986 y 2005, en los que abordaba temas como la memoria, la responsabilidad y el pasado. ¿Encontró contradicciones, sorpresas, entre lo que piensa y lo que pensaba? “He notado algunos cambios de sensibilidad –responde–. Más que grandes desajustes o inconsecuencias, hay cambios de énfasis, algo que no minusvaloro. En parte tienen que ver conmigo mismo, pero creo que también tienen mucha relación con las mutaciones que se han ido produciendo alrededor. El filósofo, por definición, siempre anda dando respuestas a las incitaciones de la realidad, a la que le va atribuyendo determinados signos y sentidos. Y cuando ella muta y muestra otras dimensiones y aspectos, inevitablemente te has de hacer cargo de eso. Porque no es lo mismo estar escribiendo a cierta edad y en determinado momento de la historia, cuando la expectativa de lo que se llamaba ‘transformación radical de la sociedad’ estaba ahí y se creía posible, que hacerlo ahora, cuando ya nadie piensa en esos términos y, en el mejor de los casos, se ha asumido lo que llamaban ‘ingeniería social fragmentaria’: ‘Pongámosle parches al mundo y ya está’. Uno se hace eco de los cambios. Hay gente que no, que está más preocupada por ser fiel a sí misma que a los hechos y dice, ahuecando la voz y sacando pecho: ‘Yo siempre he pensado lo mismo’. ¿Cómo puede ser?”

“Hay que hacer una reflexión sobre la memoria que incluya no solamente su naturaleza, sino lo que Wittgenstein llamaría sus usos, porque es un concepto que está ahí, en la sociedad, y es usado por unos contra otros, muchas veces con una dimensión práctica-política”, dice Cruz, y cita un análisis del crítico alemán Andreas Huyssen del libro En busca del futuro perdido, en el que diferencia dos posibles usos: por un lado con la memoria identificada con una causa progresista y optimista, en los años ’60, cuando la expansión de los movimientos anticoloniales, con la necesidad de elaborar un discursos propios, con el rescate de Benjamin y los tópicos de las voces silenciadas y las promesas incumplidas; por otro, una memoria que empieza a robustecerse a finales de los ’70 y comienzos de los ’80, que machaca una y otra vez en el fracaso del proyecto moderno, de la ilustración. “Ese discurso –dice Cruz sobre esta última vertiente– que insiste en derechas e izquierdas, en el Gulag y en Auschwitz, un discurso fuertemente pesimista y con un tinte bastante conservador, o al menos escéptico, respecto del potencial del impulso moderno. Como se ve, son memorias distintas puestas al servicio de causas distintas.”

“La discusión en España con este asunto de la ley de la memoria histórica tiene que partir de unos cuantos principios básicos –postula Cruz–. En primer lugar, diría que hay que ser cuidadoso con esto de poner sistemáticamente por delante de la memoria el signo más y por delante del olvido el signo menos: eso no soporta el más mínimo análisis. Yo no tengo nada que objetar a la memoria vinculada con la justicia, con la restitución. Si hay un daño material o moral pendiente, la función de la memoria es la reparación. Después de la Guerra Civil el franquismo se incautó propiedades del Partido Socialista, los sindicatos, particulares: eso debe ser restituido. Hubo gente que fue condenada por delitos que no eran tales, que fueron fusilados por ser leales a un régimen democrático. Por supuesto, tampoco tengo nada que objetar en el caso de los familiares que reclaman la exhumación de cuerpos de víctimas. Pero se dio un caso muy curioso entre Carmen Calvo, que fue ministra de Cultura, y los familiares de García Lorca. Cuando se les preguntó si querían exhumarlo respondieron que no, que no tenía sentido, que eso no añadiría nada; es más, dijeron, el mejor lugar era precisamente ése, con los cuerpos de un poeta y otros, un sindicalista, etcétera, reunidos en esa fosa común: no había testimonio más claro que aquél. La posición del gobierno era que no, que era un deber que iba más allá de la voluntad de los familiares. ¿Qué quiere decir ‘deber de memoria’? La memoria es un medio, no un fin en sí mismo. Porque de lo contrario agitamos constantemente un discurso de la evocación cuya finalidad no se muestra. ¿Para qué es necesaria la memoria? No es un para qué escéptico, ni que deslice un para nada: no, simplemente quiero saber. Y no pongo el ejemplo para enredarnos en lo anecdótico.”

Pero enseguida Cruz propone otro ejemplo para mostrar lo maleable del concepto. El PSOE está a favor de evocar el pasado de la Guerra Civil, y el PP, claro, no. “Usa el típico argumento, el que se usa en Chile: ‘Hombre, no, miremos al futuro, no reabramos heridas’ –explica el filósofo–. En el conjunto de España, la derecha hace eso. Pero, curiosamente, si se piensa sólo en el País Vasco y en los últimos meses, las actitudes se invierten: al PP le interesaba mucho hablar de memoria, de las víctimas del terrorismo, y los socialistas, como estaban intentando negociar con ETA, decían ‘no es el momento de elaborar un mapa del dolor, ya habrá ocasión’. Es decir, lo que defendían a capa y espada en un sitio, en otro no tanto. El argumento que suele utilizarse es el de las víctimas; su mera evocación tiene un doble movimiento perverso: quien las defiende se convierte casi en una especie de sacerdote que oficia la ceremonia rehabilitadora del mal sufrido, y quien introduce la más mínima instancia de perplejidad, de distancia o de reflexión, se coloca fronterizo con el desalmado. Pero no estamos hablando aquí del dolor de las víctimas: hablamos del uso que se hace, del valor que le concedemos a su invocación. Cuidado, porque podemos encontrarnos con situaciones bien paradójicas. Hace unas semanas aparecía en El País una noticia que me impactó: un reportaje sobre la situación de olvido y abandono en la que viven en Israel, ¡en Israel!, los sobrevivientes del Holocausto. Y tiene guasa la cosa: las comunidades judías conservadoras están constantemente invocando a sus víctimas, y luego las tiran ahí.”

“Entre la izquierda biempensante se ha difundido mucho, últimamente, un discurso filosóficamente reformista que se condensaría así: ‘Bueno, tenemos dificultades para aceptar al diferente, pero sabremos hacer un cierto esfuerzo, y si acomodamos nuestras neuronas, llegaremos al convencimiento de que no tenemos nada que temer del otro’”, explica Cruz en torno de la conferencia que dio en el Ceeba, una indagación en torno de responder la pregunta ¿quién es el enemigo? “Yo creo –concluye– que ésa no es la raíz profunda del problema. El enemigo no es el diferente, el enemigo somos nosotros mismos. Cuando el enemigo está afuera, ahí sí que estamos salvados. En México tienen una frase que me hace mucha gracia: ‘Cada cual lleva en su interior su propio infiernito’. Me parece genial.”

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Manuel Cruz es catedrático de Filosofía Contemporánea de la Universidad de Barcelona.
 
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