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Viernes, 19 de octubre de 2012

MUSICA

Lo máximo del sistema solar

Como parte de las actividades de Los libros de la buena memoria, Gustavo Gauvry, Guido Nisenson, Adrián Bilbao, Claudio Miretti y Rafael Arcaute contaron en la Biblioteca Nacional anécdotas y detalles de las grabaciones y shows, bajo la coordinación de Tweety González.

 Por Cristian Vitale

Los ejes humano y musical de Spinetta fueron analizados por sus técnicos de sonido.
Imagen: Jorge Larrosa.

Suena “Kamikaze”. Es la única canción que se escuchará durante el convite en el que cinco ingenieros de sonido se explayarán largo sobre el universo Spinetta, bajo el monitoreo de Tweety González y la atenta escucha de alineados a la causa, que colman el Auditorio Borges de la Biblioteca Nacional. Es la tercera charla de una serie de seis que sigue esta tarde, a las 17, con Héctor “Pomo” Lorenzo y Sergio Verdinelli, bateristas clave en distintas etapas de la trayectoria del Flaco, bajo el marco de la cálida y masiva muestra Los libros de la buena memoria. Suena “Kamikaze” y la elección de Tweety no es producto del azar. Tras ella, climática y bella a iguales dosis, presenta a Gustavo Gauvry, hombre clave para desentrañar nexos entre Spinetta, las máquinas y los instrumentos. Y lo presenta como tal, como un kamikaze. “Un tipo que se jugó la vida por el rock... Gracias Gauvry, por los huevos”, lanza el músico y productor, y le pasa el micrófono. Gauvry, fundador de un sello emblema para el movimiento de rock en la Argentina –Del Cielito Records–, traslada la señal al Flaco (“En realidad, el kamikaze era él”) y empieza a contar el cuento. Un placentero cuento de realismo mágico, casi, que hará orbitar al homenajeado entre dos ejes fundidos en uno: el humano y el musical.

La autoridad de Gauvry en la materia parte de un momento central en el trayecto musical de Spinetta. Fue quien estuvo, primero como asistente de Amílcar Gilabert y luego como “técnico titular”, en el período de la tríada Los niños que escriben en el cielo (1981), Kamikaze (1982) y Mondo di Cromo (1983). “La verdad es que yo, hasta ese momento, no había grabado nada en mi vida y no podía estar grabando con él, me parecía que se había vuelto loco o que alguien le había informado mal, pero lo increíble era eso... El siempre fue un maestro en la vida, que trató de descubrir nuevos valores, apoyar y dar confianza”, dice Gauvry sobre tal momento inicial, que disparó varios momentos, enfrentados. “Hay un montón para contar, no sé... Por ejemplo, él no tenía recursos técnicos para nombrar determinados sonidos, entonces inventaba palabras. Estábamos grabando y me decía ‘Quiero que el bombo suene como un placard’; y me repetía ‘Dale, dale más placard, Gus (risas)’. Teníamos esos códigos”, recuerda el técnico que, tras una intensa relación con Spinetta que contemplaba además una cercanía familiar cotidiana, sufrió un quiebre en el medio de la grabación de Mondo di Cromo. “Vivíamos en Del Cielito, pintaban Lebón, Pomo, Rapoport, nos metíamos a la pileta, hacíamos asados y después, en vez de jugar a la pelota, grabábamos, hasta que un día se enojó”, explica Gauvry.

La causa fue un delay en los tiempos. Urgido por trasladar el estudio a la parte de atrás del predio de Parque Leloir, el técnico sugirió al músico apurar la terminación del disco de “No te alejes tanto de mí”... y el músico terminó alejándose de él. “‘Está bien, la semana que viene lo terminamos’, me dijo, y no me habló más, se rayó completamente. Venía todos los días, miraba el parlante, cantaba sin hablarme y yo mezclaba... Creo que fue la peor mezcla de mi vida, y fue una pena, porque el disco era divino (risas).” Gauvry retomó el vínculo con Spinetta en Téster de violencia (1988) que, al igual que Don Lucero (1989) y Exactas (1990), se grabó en Del Cielito, e incluso fue él quien le sugirió la lista de temas que quedaría en el tercero. “Le quemé tanto la cabeza con la lista que me dijo ‘Tomá, hacela vos’” y por Gauvry, entonces, el Flaco eternizó en vivo “Amor de primavera”, “Que ves el cielo”, “La cereza del zar” o “Parvas”. “Pero como no podía con su genio se mandó con ‘Frazada de Cactus’ y ‘Sicosisne’, dos temas con una dosis de densidad que, bueno, ya sabemos, ¿no? Yo le decía ‘Qué bravo que sos con el público, cómo lo exigís’, y él me respondía ‘Sí, la verdad que son mártires’.”

Tal como Gauvry, los demás cráneos de la tecnología aplicada al rock van revelando enigmas de los modos humanos, musicales y técnicos del Flaco. Guido Nisenson, Adrián Bilbao, Claudio Miretti y Rafael Arcaute se vincularon con él tras la apertura de La Diosa Salvaje, su soñado estudio propio. Y desde tal órbita espacial parte cada relato. Arcaute habla de lo que le tocó sufrir cuando tuvo que hacer los pianos en “La verdad de las grullas”, intrincada pieza de Silver Sorgo (2001), Miretti mezcla diversos hábitos técnicos del mundo Spinetta con las exquisitas comidas que el músico preparaba como break en las extensas pero relajadas sesiones de grabación, y Nisenson, de su generosidad atípica. “Me tocó trabajar con él en el doble de Los Socios del Desierto (1997), un disco impresionante que ningún sello quería publicar bajo las condiciones que muy justamente exigía el Flaco, y recuerdo especialmente que decidió vender su auto para pagarnos el sueldo a todos, porque el disco estaba terminado pero no vendido”, evoca Nisenson, que además pone especial énfasis en la rara relación entre Spinetta y los monitores. “En los vivos usaba un solo monitor de piso, ¡uno!, a su izquierda, y a la derecha tenía el panel, para que la batería no lo joda. Vos escuchabas el volumen de la guitarra y era diez veces el volumen que venía del monitor, ¿cómo hacía para cantar si no se oía la voz? Bueno, es otro de los misterios de la forma Spinetta”, concluye Nisenson.

Bilbao, que se vinculó al homenajeado en las primeras épocas de Jade y terminó grabando Pelusón of Milk (1991), apuntala el detalle. “Y no sólo él grababa bajo, sus músicos también. El Mono Fontana, por ejemplo, tocaba a un volumen tan bajo que no sé cómo hacía para escucharse. Recuerdo estar en la consola, obviamente más cerca que él de los monitores, y él detrás de mí me pedía que fuera bajando cada vez más el volumen. Llegué a escuchar casi nada ¡y él grababa atrás!”, señala Bilbao, que también evoca secuencias dispersas de viajes de Spinetta al exterior y los nervios que tales cruzadas le generaban. “Una vez fuimos a un festival en Venezuela y dio un show maravilloso, pero cuando terminó, fuimos a camarines y se encerró a llorar en el baño porque no estaba conforme. Lo loco fue que, cuando salimos, todos los músicos de las otras bandas, entre las que estaban los Paralamas, lo estaban esperando para pedirle autógrafos. Para mí, Spinetta es lo máximo del sistema solar”, determina Bilbao y, a medir por los aplausos y la adhesión de sus colegas, es el parecer del resto.

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