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Jueves, 13 de junio de 2013

MUSICA › LA BRASILEÑA MARISA MONTE DESPLEGO SU ENCANTO DURANTE DOS NOCHES EN EL GRAN REX

Trance amoroso entre música e imágenes

La cantante presentó su último disco, O que vôce quer saber de verdade, siempre con su voz franca y sugestiva y una banda con un sonido ensamblado en la diversidad.

 Por Santiago Giordano

Antes de que las luces, las proyecciones y la banda poderosa comiencen a trazar el propio mundo de vértigos y sentidos, como un prólogo –o acaso las instrucciones para el uso–, Marisa Monte canta a capella. “Me mira lo que miro, es mi creación esto que veo”, dice entre el barullo de los aplausos de bienvenida, con esa voz que sin parecerse a ninguna no deja dudas de que está arraigada en las más entrañables voces de la MPB. “Blanco”, el poema de Octavio Paz musicalizado por la brasileña a partir de la versión en portugués de Haroldo de Campos, no sólo resume de alguna manera el concepto de lo que está por suceder; también plantea, desde la actitud, un principio de cantante: la voz está antes de todo, aun en un show que suma música e imágenes en movimiento, pensado para dejarse mirar y escuchar. Enseguida, la maquinaria de sensaciones se puso en marcha con “O que vôce quer saber de verdade”, el tema que da nombre a su último disco, el octavo de su cuenta solista, hasta agotarse poco menos de dos horas después, con el segundo bis, “Ja sei namorar”.

Después de varios años de ausencia, Marisa Monte volvió a Buenos Aires y se reencontró con un público afectuoso e incondicional, que aplaudió y sacó fotos con idéntica emoción. El martes, en un Gran Rex repleto, la brasileña cumplió el primero de los dos shows previstos para la etapa porteña de Verdade uma ilusao, la gira en la que presenta el disco, un show cargado –y por momentos recargado– de sentidos y sensaciones, a veces sucesivas, a veces superpuestas. Canciones en las que el amor en sus distintas posiciones es el tema recurrente se vieron y se escucharon en el relato articulado por las pantallas que casi sin pausa proyectaron imágenes elaboradas a partir de obras de artistas plásticos brasileños contemporáneos –Tunga, José Damasceno y Luiz Zerbin, entre otros– y por el sonido de una banda de nueve músicos, entre los que además de los leales Dadi (guitarras y ukelele) y Carlos Trilha (teclados, coros y programaciones), se conjugaban un cuarteto de cuerdas y los Naçao Zumbi, un power trío integrado por Pupillo (batería y percusión), Lucia Maia (guitarras y cítara) y Dengue (bajo). En el medio, la voz de Monte fue siempre franca y sugestiva, como las voces que entienden cada palabra que dicen y nunca sobrepasan la medida de lo que sienten.

Como el sonido que interpela sus canciones, también la imagen de Monte se construye desde la suma de diversidades, que constituyen también muchas maneras de dejarse ver y escuchar. Con su blanca palidez, la cantante se cuelga la guitarra acústica con adhesivos de elefantitos, estrellitas y solcitos y parece una adolescente; cambia por la guitarra requinto o por la eléctrica y es una joven sentimentalmente preocupada. Camina el escenario y entonces es la mujer fatal de la que nadie querría salvarse.

Monte despliega un magnetismo que canta y encanta. Después de “Descalço no parque”, de O que vôce quer saber de verdade, el último disco, la primera sorpresa de la noche llegó con Julieta Venegas, con quien rescató “Ilusión”. Siguieron más temas del nuevo disco, como “Depois” y “Amar alguém”, fruto de la colaboración con Arnaldo Antunes y Carlinhos Brown, entre otros de etapas anteriores, como el celebrado “Infinito particular”, también del tribalista trío. Enseguida, Monte recordó a una de las grandes intérpretes de la música brasileña, Cassia Eller. “Una de mis referentes musicales”, dijo antes de explicar que saudade “no es un sentimiento por la ausencia de la persona, sino de su presencia” y cantar “ECT”, canción de Monte con Nando Reis y Carlinhos Brown, que la Eller supo hacer propia.

En un clima intimista, Monte puso una vez más su voz al frente con bellísimas versiones de “De mais ninguém” y “Beija Eu”, compuestas con Antunes. También hubo espacio para el tango. La interpretación de “Lencinho querido”, la versión brasileña de “El pañuelito”, tuvo a Gustavo Mozzi en la guitarra y el bandoneón de Lautaro Greco como invitados. “Para ver as meninas” puso un toque de bossa nova, antes de otro homenaje, esta vez a Mina. “Sono come tu mi vuoi”, el tema que la gran cantante italiana llevó al éxito hace más de cuarenta años, se actualizó en la versión de Monte, que con discreción jugó sobre la italianidad canora y dejó entrever ese lado naïf que todo melodrama encierra. Las más nuevas “Ainda bem” y la sensual “Verdade uma ilusao”, entre otras se alternaron en el tramo final con los clásicos “Velha infancia” y una versión power de “Nao va embora”, que puso al público como quería estar: en un trance amoroso entre música e imágenes.

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Marisa Monte desató una maquinaria de sensaciones.
Imagen: Télam
 
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