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Sábado, 14 de noviembre de 2015

MUSICA › LA HISTORIA DE NENETTE, LA FRANCESA QUE ACOMPAÑO A YUPANQUI EN VIDA Y OBRA

Una artista adelantada a su tiempo

Compuso para Yupanqui “El alazán”, “Guitarra, dímelo tú” y “El arriero”, entre otras. Firmaba sus creaciones como Pablo del Cerro y era una enamorada de la música tradicional argentina.

 Por Cristian Vitale

Sebastián Domínguez, pedagogo, guitarrista y amigo íntimo de Atahualpa Yupanqui, abre Asuntos del alma (libro sobre Don Ata) con una foto de Nenette soplando las velas de sus ochenta años. De paso, la evoca como un ser firme en sus convicciones y decisiones. Como una mujer de fino y distinguido trato. Como una ena- morada de la música tradicional argentina, y como una artista “adelantada a su tiempo”. Eliana Abdala, en su interesante y personal abordaje sobre la poética yupanquiana (Guitarra, dímelo tú) recuerda la admiración de él (Atahualpa) por la manera en que ella (Nenette, claro) interpretaba los preludios de Bach. El periodista Víctor Pintos la expone a través de las cartas que le escribía su marido (“Cartas a Nenette”). Y Sergio Pujol, en uno de los varios pasajes que le dedica en su intensa biografía sobre el payador perseguido (En nombre del folklore) recuerda la precaria situación económica de la pareja, cuando ambos empezaron a levantar su casa propia sobre el río Los Tartagos, al pie del cerro Vaca Errana, en Córdoba. Aquel sitio pensado como refugio que llamaron Agua Escondida y que, además del tema que lleva ese nombre, inspiró varias de las bellas piezas musicales del dúo. Los cuatro libros, o cualquiera que se precie de retratar el paso por la vida de don Héctor Roberto Chavero, tiene a ella como participe necesaria. A Antonieta Pauline Pepin Fitzpatrick, más conocida como Nenette y aún más como Pablo del Cerro, que hoy cumple veinticinco años de ausencia en este mundo. Lo dejó este mismo día, pero de 1990, cuando tenía 82 años, y faltaban dos para que muriera su compañero. “Duros tiempos respiro... domingo de lluvia y frío, fuera y dentro mío”, había escrito él, al enterarse de la pérdida. La evocación deviene inevitable por un sinfín de razones. Principalmente, porque su marido no hubiese sido el mismo –o todo lo que fue– si no la hubiese conocido aquel verano del 42 durante un concierto en San Miguel de Tucumán. Al famoso y subliminal Del Cerro, el cantor de las cosas perdidas le debe la música de cuarenta y cuatro de sus piezas. Es por la santísima trinidad hecha una de ese piano bachiano y campero (Nenette-Fitzpatrick-Del Cerro) que Atahualpa Yupanqui pudo encauzar con rumbo seguro, certero y bello, poemas que recorrieron el planeta. Ponerle las músicas más apropiadas del universo a creaciones que hubiesen quedado tal vez acéfalas sin ellas. “Chacarera de las piedras”, por caso. O “Indiecito dormido”, “El alazán”, “Guitarra dímelo tú” y “La del campo”. O “Vidalita tucumana” y “El arriero”, nada menos. Son las que llevan la firma de Pablo del Cerro, nombre que eligió ella, hacia fines de la década del cuarenta, pensando en los cálidos encantos del Cerro Colorado y en Pauline, su segundo nombre. Y obligada, además, por varias circunstancias: Yupanqui no estaba divorciado aún de su primera mujer y tampoco sería bien visto que firmara sus temas “con una francesa”, además esa época no veía muy bien la creación en la mujer. O por lo menos, no de puertas para afuera.

Nenette era francesa. Había nacido el 9 de abril de 1908, el mismo año que Yupanqui, pero lejos de Pergamino: en el archipiélago canadiense de Saint Pierre et Miquelon, cuando Canadá aún estaba colonizada por los franceses. Su periplo por el globo empezó temprano. A los seis años, cuando ocurría la Primera Guerra Mundial, se mudó a Francia con su familia. Luego, muerta su madre, fue enviada a un colegio pupilo de la ciudad de Caen, donde estudió bellas artes junto a su hermana Juana y descubrió su amor por el piano. Y así fue, hasta que a los 20 años (1928) cruzó el Atlántico junto a su padre. Anidó en Villa Ballester. Se perfeccionó como pianista en el Conservatorio Nacional de Música. Se relacionó con la musicóloga y compiladora Isabel Aretz y encaró un periplo interno, a través de varias giras como concertista de piano. En una de esas paradas junto a la Orquesta Filarmónica (1942, Tucumán) conoció a Atahualpa Yupanqui, primero se hicieron amigos, y empezaron a convivir luego de cuatro años. En 1948 nació su primer y único hijo (Roberto Chavero, el Coya) y adoptó el apodo con que firmaría esas grandes piezas del repertorio yupanquiano.

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Se cumplen 25 años de la muerte de la pianista.
 
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