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Jueves, 12 de abril de 2007

MUSICA › OPINION

La existencia del rock

 Por Eduardo Fabregat

La inmensa mayoría de las frases publicitarias lleva esa carga de soberbia: sólo este producto te volverá una persona exitosa, atractiva, única, mejor. Pero la arrogancia del slogan que viene rebotando desde hace un par de meses es algo abrumadora: “Vuelve el Quilmes Rock. Vuelve el rock”, anuncia el reclame del festival que comienza hoy en la cancha de River. Las apreciaciones podrían quedarse en lo del principio –toda publicidad es ante todo una canchereada bien diseñada–, pero la frase toma otra resonancia si se tiene en cuenta el estado de las cosas en la escena argentina. Después de Cromañón, efectivamente pareció que el rock dejaba de existir: clausurados los locales de música en vivo, con todos los músicos metidos en la misma bolsa y perseguidos por el delirio pirotécnico de unos pocos, con la edición discográfica amenazada por el bajo margen de ganancia y la piratería, hacer rock en Argentina se convirtió en un ascenso imposible por una cuesta demasiado empinada.

Pero el rock no dejó de existir. No es que el rock deja de existir hasta que aparece el sponsorizado megafestival salvador, mesiánico, oficializador de la escena, que le vuelve a dar entidad. En estas tierras, la música preferida por los jóvenes se resistió a ser encuadrada en fórmulas ideadas por los capitostes de turno. Sí, muchos artistas se dejan llevar y hacen una carrera basada en las reglas del juego, pero no es casual que en este país lo más interesante, lo más rico artísticamente, casi siempre haya salido de la base y no de un plan de marketing. Lo que ocurre hoy, lo que vuelve a ese slogan en un arma de doble y cínico filo, es que tras la tragedia de Cromañón ese trabajo de base fue minado, desalentado, acotado, encorsetado.

Cualquier músico de los que no llevan miles de personas a sus conciertos sabe bien cuál es el panorama. La clase de lugares donde se cocinaba el caldo gordo del rock argentino ya no existe, y la actividad en vivo se reduce a un puñado de locales habilitados en manos de personajes que establecen las reglas, reglas que abusan de los ya bastante abusados artistas: al que no le guste que se vaya a tocar al living de su casa, que se haga amigo de un funcionario que le consiga espacio en la teta estatal o que espere al próximo megafestival, donde deberá firmar lo que le pongan adelante si es que quiere mostrar signos vitales. Las grandes compañías discográficas están demasiado ocupadas en tapar con los dedos los orificios de un dique que se viene abajo: apenas escuchan material de bandas nuevas, ni hablar de algo que se llamaba “desarrollo de artistas”. Los sellos independientes hacen malabarismo financiero para sobrevivir, y apenas si pueden dedicarse a distribuir discos producidos por los propios músicos. Las radios pasan el menú completo cocinado en los acuerdos comerciales con las compañías, y si se salen de la vaina es sólo para mostrar su carácter excepcional. Sólo algunos medios gráficos –el Suplemento NO, y este diario, entre ellos– intentan dar cuenta de lo que sucede lejos de las grandes marquesinas.

Pero el rock no dejó de existir. A pesar de Cromañón y todas sus consecuencias, a pesar de las prácticas comerciales en boga, a pesar de la filosofía que pretende que el rock sólo “existe” en función de los grandes artistas internacionales y los festivales con quichicientos escenarios, el rock argentino vuelve todos los días, a toda hora, cada vez que un músico se cuelga el instrumento, sea para componer un rockito cuadrado que habla de drogas o algo que intenta salirse del molde, lo establecido, la fácil. Lo que comienza esta noche en el Monumental es un festival lleno de bandas que vale la pena ver y escuchar. Pero la existencia o no del rock no es algo que pueda estar en manos de los dueños de una marca.

(Toda la información sobre el Quilmes Rock en el Suplemento NO de esta misma edición.)

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