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Jueves, 12 de abril de 2007

LITERATURA › CHRISTIAN FERRER Y SU LIBRO SOBRE RAUL BARON BIZA

“Para comprenderlo habría que descender a las cuevas”

Rentista, bon vivant, hombre de mundo, empresario y político radical que se alzó contra Uriburu, apasionado y violento, el personaje elegido por Ferrer concentra demasiadas coordenadas como para definirlo fácilmente.

 Por Karina Micheletto

Escritor pornógrafo, censurado y procesado. Millonario excéntrico, bon vivant, aprendiz de mundo. Político protagonista de uno de los capítulos menos conocidos de la historia argentina, el de los levantamientos del yrigoyenismo revolucionario contra el golpe de Uriburu. Enamorado que hizo construir el monumento más alto de la Argentina en el mausoleo de su primera esposa, que según la leyenda guarda bajo tierra una fortuna en joyas. Misántropo casado con una pionera de la aviación civil, y luego con una política destacada. Hombre recio, violento, déspota, capaz de lo monstruoso. Infame, coronado con la escena final de su vida: arrojar ácido en la cara de su segunda esposa y suicidarse poco después. Existió, se llamó Raúl Barón Biza, y hubo alguien que rastreó obsesivamente sus espejos. Christian Ferrer eligió un montaje casi cinematográfico para ir descubriendo este personaje que a priori se presenta inasible. En la primera página está el verdadero título del libro: Barón Biza. El inmoralista. Pero no es a la memoria de Barón Biza a la que rinde homenaje este libro, que demandó años de trabajo. Está escrito para su hijo, Jorge Barón, “el verdadero escritor”.

“Se llamaba Jorge Barón, y era escritor. Lo conocí en 1995 durante un viaje a Córdoba. Al final de una conferencia un hombre se me acercó y se presentó a sí mismo: era el hijo menor de Barón Biza. Aunque no me había anticipado que pasaría a verme su visita no me sorprendió porque ya se había contactado conmigo un año antes. Por entonces, el correo me trajo una misiva inesperada a propósito de un ensayo mío publicado en una revista. Ese matasellos cordobés daría inicio a una relación epistolar que duró hasta su muerte. En esa primera carta, en la cual venían incluidas fotografías de Barón Biza y de Myriam Stefford, me decía: ‘Por la obsesiva acumulación de la descomposición orgánica, lo escatológico descrito con lenguaje posromántico, lo apocalíptico a la vuelta de la esquina, creo que B.B. tiene una originalidad que merece la seria atención que usted le prestó. Se lo agradezco’. Se refería a su padre, quien había arruinado a una familia. La suya.”

En la portada del libro se alcanza a ver una de esas primeras fotos que Ferrer recibió por correo. Allí posa uno de los Barón Biza posibles, el bon vivant acodado en un coqueto bar, bebiendo. La foto está metida en un antiguo frasco de boticario. Acaso en algún recipiente similar Barón Biza transportó el ácido muriático que sirvió en un vaso de whisky, y luego arrojó en la cara de su segunda esposa, Clotilde Sabattini, en un acto planeado con cálculo. El frasco se apoya en una hoja escrita a máquina, que se adivina de contenido político. Ferrer dice que cuando recibió la prueba de portada, vinculó esta imagen con la fábula oriental del genio encerrado en una botella sellada, que quiere huir de allí. El rompecabezas de Barón Biza comienza a insinuarse.

La historia familiar de este hombre, que por motivos distintos fue tapa de diarios y revistas entre los ’30 y ’60, arrastra la tragedia. A su suicidio le siguieron el de su esposa, su hija y, finalmente, su hijo Jorge Barón. En su libro, Ferrer reflexiona sobre esta última muerte: “Quizá fue el final de un escritor sin honra, de un jubilado como cualquier otro, de un hombre desesperado por más de un motivo. O quizá fue el último eco de un acto infame cometido treinta y siete años antes. A veces, cuando se desploman, ciertos alpinistas arrastran consigo a los compañeros de cuerda a quienes lideraban”.

Hijo de hombre

Con profundo rigor investigativo, audacia reflexiva y una prosa alejada de lastres academicistas, Ferrer descubre una vida, como suele decirse, de novela. En su libro también puede rastrearse una trama implícita, que habla de lo que los hijos de padres fuertes, destacados o públicos –más allá de las circunstancias de este caso, cruzado por una dimensión trágica– hacen o pueden hacer con su herencia. “Cada uno hereda de su familia dosis desiguales de alegría y de desgracia. Es tarea de toda la vida hacer algo con eso, pero también es una tarea de distanciamiento. Jorge Barón lo hizo, a su modo, con su novela El desierto y su semilla, que conviene leer como ficción, y no sólo como documento personal”, dice Ferrer. En su libro cuenta:

“La novela comienza con el suicidio del padre, la corrida hacia el hospital con la piel ardiente de la madre, y luego se continúa en Milán, donde el protagonista acompaña la convalecencia de la víctima. Quien conociera la tragedia podría haber supuesto que, si bien Jorge Barón no había logrado domesticar sus fantasmas ululantes, al menos los dejó en orden. Me escribió: ‘La novela es obviamente autobiográfica, pero no es confesional. Es cierto que hay una base existencial en la trama, que busca, más que cicatrizar, establecer qué pasó en aquellos años’. El manuscrito tardaría en encontrar editor. Jorge Barón lo presentó en la primera edición de un premio literario importante y muy bien pago, pero no fue considerado ni siquiera entre los diez primeros finalistas. Siempre pensé que ese solapamiento había sido más desagradable que los rumores de ‘arreglo’ que se soltaron al conocerse el resultado de ese concurso”.

Ferrer se refiere al concurso de Editorial Planeta que en 1997 ganó Ricardo Piglia con Plata quemada. El desierto y su semilla fue publicado al año siguiente por una editorial chica. Como suele suceder, post mortem Jorge Barón fue elevado de categoría, y su libro hoy se analiza en talleres literarios.

La crítica del
bajo fondo

En Barón Biza se refleja parte de la historia social y política que le tocó al protagonista, la Década Infame y sus secuelas. Es también la descripción de una clase social, pero el personaje no aparece explicado por el contexto sino, como dice Ferrer, “por sus colisiones” con esa trama social. “Es un personaje excepcional. Sus apariciones ante la opinión pública asumen las maneras del autócrata, del que administra una independencia mayor a la que el contexto le propone”, explica. “El contexto es importante, porque sobre ese trasfondo se comprenden mejor las decisiones de Barón Biza. Su participación en las sediciones radicales contra la dictadura de Uriburu y el gobierno fraudulento de Justo, por ejemplo, que le valieron juicios, cárcel y exilio. O su literatura, considerada ‘de bajo fondo’. La persecución moral y los procesos judiciales que sufrieron sus libros se explican en una Argentina restrictiva: escasos permisos se otorgaban al libre uso del cuerpo.”

–¿Por qué habla de “colisiones” con el contexto?

–Porque sus acciones concitaban una reacción acorde con el grado de provocación. El tenía la voluntad de exponer temas tabú. Estaba convencido de que el motor de la historia es la lucha de los sexos. Una teoría antigua y conservadora, pero que en su caso venía promocionada con llamados a redimir el placer sexual, considerado por él como un centro de gravedad y de batalla del ser humano. Era un extraño izquierdista que promovía al placer como la medicina más apta para mejorar la condición humana a la que él, que era un misántropo, consideraba dañada. Al plantear esta cuestión en forma cruda y con un lenguaje subido de tono para la época, logró no tanto un escándalo como una reacción moral. Como si hubiera irritado una membrana moral de la República. No tanto por los “desnudismos” –que en sus libros no abundaban y, al día de hoy, son algo cándido–, sino porque planteaba el problema social de la salud sexual de la población con base en el placer y no en la higiene. Y lo hizo con intencionalidad política. En sus libros, los dilemas del sexo se acoplan a la realidad del poder de entonces y a la degradación de las clases altas de los ’30. Barón Biza es el cronista de esa época.

–Hasta aquí, su retrato de Barón Biza es más benévolo que el del libro.

–Comprensivo, más que benévolo. Trataba de precisar la intención política en su obra. Pero era un personaje difícil: su vida está repleta de episodios grandilocuentes, algunos violentos. Quizás había algo tenebroso en su personalidad. Fue muchas cosas, no sólo un escritor con pocos libros publicados y fama negra. Fue rentista, bon vivant, hombre de mundo, empresario y político radical. También un enamorado, que por amor doliente construyó el mausoleo a su primera esposa. Es una de esas vidas “cinematográficas”. Pero también una vida discontinua, que en ciertos momentos se presentaba con estruendo y fulgor y luego desaparecía dejando un brillo negro. Sus apariciones públicas eran o bien glamorosas (junto a su primera mujer eran la pareja de moda en las revistas) o se les adosaba un aura pecaminosa. Eran apariciones y desapariciones incandescentes.

–Usted dice que no existe crítica literaria sobre Barón Biza. ¿Le parece viable hoy?

–Si alguien se interesara en esa tarea, tendría que ampliar el campo y prestar atención a varios escritores que fueron bastante leídos y luego olvidados y que trataban con materia social escabrosa, es decir, con los bajos fondos de la sociedad. El mundo de la trata de blancas, la droga, la prostitución fina, la farra pesada de las clases altas y las castas políticas; allí donde se encastran sexo y literatura. Habría que buscar ediciones casi perdidas, libros de divulgación sexual disfrazados de higienismo y cientificismo, pero que no dejaban de mostrar mujeres ligeras de ropa. En los libritos semiclandestinos plenos de “sensualismo sicalíptico”. En las letras de tango, particularmente las explícitamente carnales. En la circulación de librillos con historias antes llamadas “galantes”, y para esa época ya eran más groseras. En las revistas donde se exhibía la vida nocturna. Es decir, habría que buscar en el mundo de la literatura mala, según los estándares habituales. Descender a las cuevas.

–¿Pero habría material para una crítica literaria, además de sociológica? En su análisis no encuentra demasiado valor literario...

–Bueno, yo no soy un crítico literario. No era tan mal escritor, tampoco el mejor, en todo caso hoy se celebran o se da espacio a escritores que escriben peor que él. El hijo, Jorge Barón, sí tiene una escritura muy elegante y mucho más valiosa. No estoy seguro de que de Barón Biza se pueda sacar una enseñanza: su misantropía es terminal, casi sin resquicios, sin esperanza. Pero más allá de la temática, es interesante su tratamiento de la cuestión del sexo en el mundo contemporáneo, deudor de un freudismo y un nietzscheísmo precarios y de “cross a la mandíbula”. Fue uno de los pocos autores que quiso refregarle el sexo a la sociedad. Y cuanto más se lo rechazaba, más acrecentaba él su voluntad de exponerlo.

–¿Por qué comenzó su libro hablando del hijo de Barón Biza?

–Quizás el motivo personal profundo por el cual escribí el libro es para que Jorge Barón sea recordado. Para que no se olvide a quien fue el verdadero escritor.

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Ferrer fue reconstruyendo al personaje a partir de una relación con su hijo Jorge Barón, “el verdadero escritor”.
 
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