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Jueves, 12 de abril de 2007

LITERATURA › CHARLA DE VLADY KOCIANCICH

La eterna amistad de Borges y Bioy

En la Biblioteca, la escritora evocó raíces, coincidencias y diferencias entre el dúo.

 Por Angel Berlanga

“Creo que no fue una coincidencia de estéticas lo que los acercó: se acercaron porque coincidían en los mismos rechazos.” La escritora Vlady Kociancich propuso esa definición en la Biblioteca Nacional, mientras recordaba aquel encuentro inaugural entre Borges y Bioy en lo de Victoria Ocampo, cuando ambos se largaron a hablar de libros y, para furia de la anfitriona, se aislaron de los otros. Rechazo a la vanidad y al esnobismo: “Los dos pensaban que esas eran las ramas más altas de una misma estupidez”, puntualizó la narradora en la conferencia que dio el martes por la noche. “También coincidían en que la ‘carrera literaria’ era una afrenta para la literatura. Escribir, ser escritor, era precisamente apartarse de hacer carrera, que para ellos consistía en una mezcla de adulación de gente importante o célebre y de darse aires de importancia, esa política penosa que en mi tiempo se llamaba promocionarse y que hoy llaman hacer lobby.”

Kociancich contó que los conoció a principios de los ’60, cuando ella tenía dieciocho, Borges andaba por los sesenta y Bioy por los cuarenta y pico. “Hoy, cuando los recuerdo juntos, los recuerdo hablando”, dijo. “El tono de esos diálogos era más que fluido, como de chicos que se divierten, con una complicidad tan arraigada en el humor como en los libros y en la inteligencia. Divertirse con la literatura no figuraba en las materias de Letras que yo estaba cursando.” Testigo privilegiada de la amistad entre los dos escritores, a lo largo de su conferencia Kociancich fue desgranando anécdotas, afinidades y disidencias, trabajos compartidos, definiciones. Luego Sylvia Hopenhayn, coordinadora del encuentro, dialogó con ella y le transmitió algunas preguntas del público. “Me impresionó que siempre estuvieran los dos escribiendo, o con algún proyecto, y que hablaran de eso con una gran alegría y felicidad”, dijo Kociancich, que evitó referirse a las citas personales que Bioy Casares anotó en su diario acerca de Borges, un material que dio para un volumen de ¡1680 páginas!, publicadas a fines del año pasado.

“Borges y Bioy: libros y amistad”, tal el título de la exposición que leyó Kociancich, enmarcada en el ciclo “La literatura argentina por escritores argentinos”, ideado por la escritora Sylvia Iparraguirre. “La curiosidad, como la capacidad de asombro, se mantuvo excepcionalmente joven en ellos y la conservaron intacta en la vejez, cada uno en su estilo, acompañando y marcando sus obras”, apuntó la autora de La raza de los nerviosos y El templo de las mujeres. “Esos elementos y la inteligencia, el amor por la literatura y una afinidad que los hacía hablar sin traducción fueron la base de su amistad, un refugio donde como escritores se sentían menos solos y como amigos a salvo de sus propios conflictos, de la indiferencia alrededor o del menosprecio de sus libros.” Porque durante mucho tiempo, puntualizó Kociancich citando a Borges, “no los tomaban muy en serio”. “La exposición mediática, como la fama, les llegó a ambos en la vejez”, agregó. “Y frente al fenómeno, ambos eran como son ahora las personas de más de cincuenta en informática, que siguen lidiando con problemas que resuelve un chico de nueve años en un par de segundos y tres clicks.”

¿Por qué daban reportajes, entonces? A los setenta años, argumentó la escritora, puede llegar “el tiempo de la soledad no buscada”. “Las entrevistas, la conversación, la atención de un interlocutor, son, bien o mal, una compañía. Cuando los periodistas se retiran, las cámaras se apagan, los amigos se van, queda la soledad y el silencio, y la vejez, hoy tan sobrevalorada como temida, hace su obra. Marca los límites del cuerpo en que se vive. Y negarse a las satisfacciones merecidas del éxito no sería solamente una necedad, sería cortar las últimas compañías estimulantes, la pertenencia a un sitio.” No obstante, y como ejemplo de las dificultades de la exposición mediática, Kociancich evocó una de esas memorables respuestas de Borges, esta vez dirigida a una productora del programa de Mirtha Legrand: “Dígale que no estoy acostumbrado a comer con señoras que no me han presentado antes”. Psicológicamente, evaluó, “nunca salieron del tiempo en el que los escritores gozaban de un relativo anonimato”.

Kociancich destacó que aunque Borges y Bioy aparecen muy unidos en la imagen pública, entre ambos eran muy diferentes: basta ver sus raíces literarias. Borges, literatura y lengua inglesa; Bioy, francesas. “Compartieron una misma admiración por el siglo XVIII, pero era como si vivieran en las alas opuestas de la misma casa”, explicó. “El clasicismo, la razón, la prosa y la crítica estaban, por así decirlo, servidos en la sala principal para ser comentados, pero después se separaban. Borges se iba al siglo XIX, al gran ámbito de acción de la literatura inglesa, con sus exploraciones imperiales de mundos ajenos, selvas, desiertos, el Oriente, los clásicos, siempre mundos desconocidos u olvidados, con gentes y costumbres extrañas. Bioy se quedaba a la mesa de un siglo XVIII cotidiano, en las crónicas de jugadores, de cínicos, de buscavidas, de hipócritas, un mundo de caótica frivolidad y a la vez consciente de sus víctimas, que eran los ideales, y de ahí tomaba aliento para sus personajes, extraviados y finalmente sacrificados por su propia estupidez o su ingenuidad.”

Disidencias: Borges sentimental y Bioy espantado por el sentimentalismo; la muerte como algo horroroso para Bioy y como algo poético para Borges. Coincidencias: el amor por el cine y el rechazo por el teatro. Más allá de unas y otras, Kociancich destacó la insólita duración y riqueza de la amistad entre ambos. Y los imaginó, al final, conversando “en alguno de esos sitios sobrenaturales en los que no creían, pero ocupan un lugar tan importante en sus libros, rodeados de criaturas fantásticas, discutiendo la extraña ubicuidad del tiempo y las sinuosidades del espacio, citando autores, recordando calles de Buenos Aires, burlándose de la pedantería del diablo y del esnobismo de los ángeles, pero también ironizando sobre la exagerada relevancia que damos a pasajes de la vida que llevaron los dos”.

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“Para ellos escribir, ser escritor, era apartarse de hacer carrera literaria”, apuntó la escritora.
Imagen: LEANDRO TEYSSEIRE
 
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