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Jueves, 26 de noviembre de 2015

LITERATURA › ENTREVISTA AL ESCRITOR FRANCES EMMANUEL CARRèRE

“Me gusta pensar en dos cosas que son antagónicas”

En El Reino, su nuevo libro, el autor que está de visita en Buenos Aires expone el fruto de su propia experiencia religiosa y psicoanalítica. “Cuando tratamos de aceptar que cohabitan en nuestro espíritu aspectos muy distintos, se obtiene algo”, dice.

 Por Silvina Friera

La gran ventaja de la religión –según postulaba Friedrich Nietzsche– es que permite huir de la realidad y volver más interesante al converso. La fe cristiana irrumpió sin preludio en la vida de Emmanuel Carrère, a principios de la década del 90, cuando tenía un poco más de treinta años y estaba tan desesperado que hasta le comentó a un viejo psicoanalista la posibilidad de poner fin a su sufrimiento. “El suicido no tiene buena prensa en los tiempos que corren, pero a veces es la solución”, le respondió. El híbrido tan encantador del escritor francés, una mezcla de ficción, investigación periodística a lo Truman Capote, memoria personal, ensayo y “documental literario” –si se acepta el oxímoron– vuelve a seducir, como si narrara en un estado de gracia, en El Reino (Anagrama), un libro en el que evoca esa tensa experiencia religiosa y la combina con la narración de los orígenes del cristianismo. El narrador y protagonista –el propio Carrère– se despacha con una interpretación literaria de los evangelios en la que establece una empatía especial con Lucas, al que siente como “un gran novelista no profesional que inventa”, subraya el escritor en la entrevista de Página/12, horas antes de ofrecer la conferencia “La novela de lo real”, invitado por la Fundación OSDE.

–En la carta de declaración matrimonial que aparece al comienzo de El Reino, plantea que al releerla le parece que suena falsa de la primera a la última línea, pero también que no duda de la sinceridad del momento en que la escribió. ¿Cómo explica esta paradoja?

–Es interesante lo que usted pregunta... el problema es que yo creo que era muy sincero mi deseo de compromiso amoroso, aun si fracasó. Pero estaba expresado con un vocabulario religioso que suena falso. Uno de los problemas del cristianismo es que la mayor parte del tiempo toda palabra cuando es expresada tiene un sonido falso, estridente, como si no estuviera dicha en un buen tono.

–¿Ese tono falso tiene que ver con la conversión, una palabra con una carga negativa por el fanatismo?

–Sí, exactamente. Cuando me convertí al cristianismo era un fanático pacífico. Pero muy dogmático también, con una especie de deseo de ir más allá de lo necesario. Me tenía que demostrar a mí mismo que podía convertirme. Lo singular de la conversión es que te vuelve distinto; generalmente el converso cuanto más distinto es de lo que era antes tanto más contento está y tiene la impresión de que su conversión es más meritoria.

–En un momento del libro revela que llegó a ir a misa todos los días mientras también asistía dos veces por semana al psicoanalista. ¿Se produjo algún cortocircuito entre cristianismo y psicoanálisis?

–Sí, había cortocircuitos. Era muy complicado para mí porque tenía la impresión de que eran dos cosas antagónicas... (piensa). Pero algo que siempre intento hacer en la vida es poder pensar en dos cosas que son antagónicas.

–¿Qué le aportaba ese antagonismo? ¿Acaso le servía como una especie de motor de la escritura?

–En esa época sólo escribía los comentarios sobre los Evangelios; pero ese antagonismo me sirvió porque El Reino es el fruto de una experiencia religiosa y psicoanalítica. Cuando tratamos de aceptar que cohabita en nuestro espíritu aspectos muy distintos, se obtiene algo. Se gana algo. Cada vez que nos esforzamos por ser deliberadamente coherentes nos empobrecemos. El Reino es un libro que no reivindica para nada la coherencia.

–“Yo podía interesarme por la teología, pero, según la frase de Borges, como una rama de la literatura fantástica”, confiesa en el libro. ¿Sostiene lo mismo hoy?

–Sí, creo que es una frase maravillosa y absolutamente cierta. Al mismo tiempo, no expresa desprecio a la literatura fantástica. Adoro a Borges y a la literatura fantástica también.

–Una de las pasiones juveniles que preserva es la literatura de Philip K. Dick, a quien define como un “Dostoievski de nuestra época”. ¿A qué atribuye esta persistencia?

–Quizá parece un poco excesivo, ¿no?, pero estoy convencido de que K. Dick es un escritor mayor del mundo moderno y del último siglo, un escritor absolutamente profético, como Dostoievski, y que se le puede hacer los mismos reproches que Vladimir Nabokov le hacía a Dostoievski, que decía que escribía muy mal. Todo lo que estamos viviendo ahora, esta especie de impresión de que el mundo real ha desaparecido a favor de su representación y que estamos en un universo virtual, fue K.Dick el que le dio forma literaria. Cuando aparecieron películas como Matrix o The Truman Show, como si fuera un guardián, me quejaba: “¿Por qué no dicen que es una adaptación de K. Dick? ; es una vergüenza”. Pero ganó K. Dick porque su mundo literario es nuestro mundo.

–Una frase del I Ching le sirve como “arte poética”: “La gracia suprema no consiste en adornar exteriormente materiales, sino en darles una forma simple y práctica”. ¿Intenta poner en cuestión el peso que tienen la imaginación o la invención?

–No, no creo que esté cuestionando la imaginación. Tiene que ver con mi trabajo con un material documental, aunque no cambia si es un material ficticio esta especie de arte poética. En el fondo, es cierto que desde hace veinte años me muevo en un campo que, si estuviéramos en el cine, sería calificado de documental. Al mismo tiempo, mis libros tienen un formato narrativo, pero no me gusta usar la palabra novela porque en la definición de novela está el hecho de que es una ficción. Hay en juego cuestiones morales y deontológicas distintas, pero la cuestión de la organización artística, del formato, es la misma. La responsabilidad que se tiene con respecto a las personas cambia.

–¿Qué limite le impone esa responsabilidad de trabajar con documentos y materiales de la propia vida?

–Hay un límite muy claro para mí: no hay que hacerle mal a alguien cuando uno escribe un libro o hace una película. Uno tiene responsabilidades con respecto a las personas reales. Las situaciones son muy distintas si escribo sobre Limónov que si lo hago sobre el juez en De vidas ajenas porque Limónov es un personaje público y si él no está conforme, no me importa. Si escribo un libro sobre Nicolas Sarkozy, tengo el derecho de causarle problemas a Sarkozy. El tema es cuando uno escribe sobre personas privadas, como Jean-Claude Romand, el asesino del El adversario, porque es una persona que está en la cárcel y tengo que prestar especial atención. Mi responsabilidad en ese caso es mucho mayor.

–En El Reino despliega la hipótesis de que parte de los Evangelios sea ficción pura; es interesante que los textos sagrados del cristianismo sean abordados como literatura. ¿Este fue uno los aspectos más atractivos a la hora de la escritura del libro?

–No es la única idea, pero cuanto más leía, especialmente el evangelio de Lucas, que es el del que más me ocupé, más me impactaba su talento como novelista. Se ven cosas en Lucas que no se ven en ninguno de los otros evangelios. Tenemos buenos motivos para creer que los inventó porque no sabemos de qué fuentes podría haberlos sacado, como el ejemplo la parábola del hijo pródigo. Estamos ante la esencia de la literatura: una pequeña historia que es a la vez límpida, misteriosa, desde hace 2000 años no sabemos qué quiere decir, pero nos atrae a todos. Un escritor no profesional llegó a inventar una historia de este tipo, uno de los mayores hits del Evangelio. Esto es apasionante para explorar y no es una provocación sacrílega. Si uno cree en Dios, puede decir que la invención de Lucas se inspiró en Dios. Pero es una creación literaria que representa una paradoja: el cristianismo es una religión que ha nacido de una creación literaria. Algo que considero que hay que manifestar como crédito a favor de la iglesia primitiva es el hecho de haber conservado los cuatro evangelios. Lo que ya era la iglesia en ese momento, en el siglo III cuando se estableció el canon, podría haber planteado hacer un único evangelio, coherente, homogéneo, sin contradicciones. Pero no lo hicieron, conservaron los cuatro evangelios con sus contradicciones, con sus misterios, con sus zonas de sombras. Y creo que lo hicieron por honestidad y aunque no haya sido consciente por una intuición literaria. Esos cuatro retratos de Cristo funcionan como una especie de complemento de una figura mucho más profunda, más rica, más misteriosa. En el cristianismo tenemos esta dimensión literaria y no lo digo para despreciarlo, sino muy por el contrario.

–Hay una empatía muy fuerte con Lucas, es como si se viera reflejado en parte en él, ¿no?

–Sí, me siento muy cercano a Lucas, no sólo por la invención literaria, sino también por la dimensión de periodista e historiador que Lucas reivindica. Lucas comienza su evangelio con una declaración, con un programa de investigador y no de predicador. Y cuenta que se ha informado sobre las historias, que ha interrogado a unos y otros y he tratado de establecer un relato que sea digno de la fe. Cuanto más lo leía a Lucas tanto más me sentía próximo a él.

–“Existe en el interior de cada uno de nosotros una ventana con vistas al infierno”, dice en El Reino. ¿Cómo está esta ventana después de los atentados del Estado Islámico del pasado viernes 13 en París?

–Es otra ventana sobre el infierno, sí (piensa). Está el sufrimiento de las víctimas, de sus familias y allegados; y está nuestra inquietud y nuestro espanto por la sensación de que todos podríamos haber pasado por esa situación. Ahora hay algo que es mucho más difícil de abordar: ¿qué pasa en la cabeza de la gente que hace esto? La respuesta es una ventana al infierno, pero no tengo acceso, no me sentiría capaz de explorar esta cuestión No digo que no sea legítimo hacerlo, hay que hacerlo, pero no estoy en condiciones de hacerlo. La versión del infierno es la versión de un pequeño burgués, neurótico, occidental. ¿Qué pasa por la cabeza de un joven belga o francés que en un momento dado se pasa a las redes yihadistas y llega a tratar de matar la mayor cantidad de gente posible, antes de suicidarse? Es absolutamente legítimo tratar de entenderlo, pero no tengo la capacidad de hacerlo porque estoy demasiado alejado culturalmente. Como escritor tengo un sentimiento de absoluta impotencia, no veo qué es lo que podría escribir porque no puedo escribir una columna en la que exprese que hay que mandar a los soldados franceses, que hay que intervenir en el terreno... No sé qué se podría que escribir al respecto.

–Quizá algo sobre el miedo. ¿Cómo afectará el miedo a la sociedad francesa?

–No estamos habituados al miedo en Francia. Conozco el miedo individual o neurótico que aparece expresado en mi libro El adversario, pero una sociedad que tiene miedo porque se siente amenazada es algo nuevo. Hasta hace poco tiempo, yo pensaba, como mucho de mis amigos, que éramos muy suertudos porque habíamos vivido toda nuestra vida de adultos en una sociedad en paz. Esto no quiere decir que sea una sociedad justa o buena, pero sí en una sociedad donde muchos nos sentíamos seguros. No tenemos opción; el miedo es una experiencia a la que tendremos que adaptarnos.

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“Cada vez que nos esforzamos por ser deliberadamente coherentes nos empobrecemos”, sostiene Carrère.
Imagen: Bernardino Avila
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