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Miércoles, 28 de septiembre de 2011

CINE › TRAS SU DEBUT EN EL BAFICI, JUAN MINUJIN AL FIN ESTRENA COMERCIALMENTE VAQUERO

Un actor torturado por su voz interior

La experiencia como actor le permitió al ahora realizador retratar con propiedad y hasta con algún rasgo de humor el competitivo mundo de la actuación, pero sobre todo “esa sensación de querer estar en un lugar en el que no se está”.

 Por Oscar Ranzani

El actor Juan Minujín hizo sus primeras experiencias como director en 2007, cuando filmó el cortometraje Guacho, que se refería a los pensamientos que tenía un actor cuando actuaba y mientras tanto se le cruzaban otras sensaciones. La producción de este trabajo estuvo a cargo de Diego Dubcovsky: ambos siempre tuvieron la idea de que ese corto, que más bien se conformaba de una serie de sensaciones antes que de una rígida estructura narrativa, podía dar lugar a un largometraje. Y así fue: Minujín es el director y el protagonista de Vaquero, que tuvo su première en la ceremonia de apertura de la última edición del Bafici y que se estrena este jueves en la cartelera porteña. Es el propio Minujín quien señala que ambos trabajos comparten una misma idea: “Esta especie de tratar de meterse dentro de los pensamientos íntimos y que muchas veces no encajan en el plano social de una persona”, comenta. “Ese fue el eje que me interesó en ambos. Por ahí, uno se desenvuelve muy bien en una situación social, pero adentro tiene una especie de monólogo que no encaja en lo que está pasando. A veces encaja y otras no, pero en este personaje en particular, que es muy neurótico y torturado, no encaja. Me interesaba meterme ahí adentro”, agrega el actor y flamante cineasta.

El protagonista de Vaquero es Julián Lamar (Minujín), un actor al que la necesidad del éxito le impide ver lo cosechado hasta el momento. Julián desea ser el elegido de una producción estadounidense que le haría pegar el salto tan deseado, un poco por necesidad personal, pero sobre todo para demostrarles a los demás que puede más que ellos. Entre esos “demás” está Martín Alonso (Leonardo Sbaraglia), un actor al que le va muy bien, trabaja más y tiene mejor paga que Julián. Pero Julián no sólo tiene altibajos en su profesión sino también en su vida afectiva. Y vive constantemente una neurosis galopante que le dispara pensamientos interiores que no podría expresar en voz alta porque sería, al menos, motivo de análisis. Vaquero muestra, entonces, a un ser que se siente frustrado y que busca la “salvación” artística en un casting para un western americano. Y en esa búsqueda se verán las miserias humanas que cualquier persona lleva adentro, pero que en el caso de Julián están exacerbadas. El método que Minujín emplea para contar esta historia se sustenta con una voz en off del personaje que permanentemente está expresando un lado más oscuro de Julián.

Juan Minujín debutó en el teatro independiente durante su adolescencia. Participó, entre otras experiencias teatrales, con el grupo El Descueve. Y luego incursionó en el mundo cinematográfico: trabajó en El abrazo partido (Daniel Burman), Un año sin amor (Anahí Berneri), Sofacama (Ulises Rosell), Cordero de Dios (Lucía Cedrón) y Zenitram (Luis Barone), entre otros largometrajes. Pero señala que no era un tema pendiente dirigir sino que siempre le gustó mucho el cine como espectador. “Cuando empecé a hacer cine como actor me despertó mucha curiosidad y siempre tuve mucha afinidad con el lenguaje visual como autor. Ahora sentí ganas de hacer algo escrito por mí, más autoral y no solamente interpretativo”, admite. Y a la hora de observar las ventajas de ser un actor que dirige, señala que en Vaquero la comunicación con los otros actores “fue muy fluida. Yo me siento un actor que dirigió una película, pero no un director. Creo que entiendo muy bien lo que necesita un actor al encarar una escena y, sobre todo, qué es lo que no necesita de un director”. En cuanto a las desventajas, confiesa que “hay menos distancia, sobre todo en este caso porque yo también estaba actuando”.

–¿El mundo de la actuación es tan vanidoso y envidioso como se ve en la película?

–Mucho más (risas). Pero no creo que sea sólo el mundo de la actuación. O por lo menos, lo que me resultaba interesante era hablar de esta especie de noción de éxito donde uno se siente interpelado todo el tiempo. Y sobre todo, los actores se sienten muy interpelados siempre con la fama, la popularidad, el trabajo más o menos exitoso. Pero supongo que también puede pasar en el mundo de los periodistas, los abogados, los conferencistas.

–En la sociedad.

–Sí, había algo que trascendía el mundo de los actores, donde uno tiene que estar todo el tiempo ocupando un lugar de éxito, afectivamente, profesionalmente, etcétera. Lo que tenía de bueno hacerlo sobre el mundo de los actores era que resulta más evidente. Y me pareció que se podía trabajar más porque, como los actores viven haciendo castings, están todo el tiempo presentando credenciales.

–Si bien no parece autobiográfica, ¿en qué medida conocer el mundo artístico lo inspiró para construir esta ficción?

–Muchísimo. Conozco mucho ese mundo. La película está atravesada totalmente por el cotidiano de un actor. O sea, va al teatro, filma una película, hace castings, se cruza con otros actores que están en otros lugares: hay actores muy consagrados y otros que están haciendo un primer casting para una publicidad. Y, además, para construir la neurosis y la voz en off del personaje, bueno, yo conozco muy bien los lugares por donde transita ese personaje. No es un relato autobiográfico porque no es mi vida, pero sí ese tipo de monstruos que se le desatan a ese personaje muchas veces se me desataron a mí.

–¿En qué aspectos se identifica?

–En esta especie de sensación, por momentos, de estar un poco atrapado en esa neurosis de ver qué es lo que tienen los otros. O sea, siempre querer estar en un lugar en el que no se está. Lo que tiene este personaje es que le pasa eso en un nivel extremo. Eso lo atrapa de verdad y no lo deja tener vínculos emocionales, afectivos con nadie. Sexualmente está girando en falso todo el tiempo, una cosa muy masturbatoria. En ese caso no me identifico. Yo establecí vínculos, tengo distancia con eso. Pero hay algo de esta sensación de que uno debería ser mucho más exitoso de lo que es, que sí es un lugar que a veces me ataca.

–¿El mundo interior de Julián es la parte oscura de su personalidad?

–En este caso sí porque lo que aparecen son pensamientos un poco inconfesables. Pero depende. Hay cosas que no son oscuras para nada. De hecho, no sé si el personaje es tan oscuro como lo que le pasa por dentro. No es alguien metido en un mundo de oscuridad. Tiene un trabajo, le va más o menos bien, tiene una familia más o menos normal. No es un personaje que después se va a las catacumbas o que tiene una especie de perversión particular por alguna cosa o se mete en un submundo diferente. Es alguien que socialmente articula bastante bien sus cosas, pero por dentro tiene una especie de castigador que le da con todo.

–La voz en off del protagonista funciona casi como un personaje más...

–El material salió más de la voz en off que de hacer una estructura narrativa. Lo que primero estuvieron fueron los monólogos. Entonces, a esos monólogos empezamos a encontrarles una estructura narrativa, en donde al personaje le pasaban ciertas cosas y tenía un recorrido. Sí la idea era que fuera un personaje más. De hecho, está en contra de Julián. No hay un antagonista más que él y su cabeza. Era difícil imaginar la estructura narrativa sin eso. Lo que sí tratamos fue que la voz en off no tuviera información. Que uno pueda ver la película sin la voz en off y entender todo lo que pasa. Es decir, no buscamos usarla para reponer información sino como contrapunto emocional de lo que le pasa al personaje.

–Aunque no parece que la pretensión sea hacer reír, la película tiene humor. ¿Cómo observa esta especie de ambivalencia?

–Lo que pasa es que yo creo que la película tiene un tono, por momentos, un poco patético. Y lo patético genera risa. Cuando uno se empieza a reír de las desgracias del que está viendo es porque empatiza con eso. Y la película no es una tragedia. En ningún momento el personaje da un paso para convertirse en una especie de psycho killer que sale y mata gente y qué sé yo. Lo que le pasa no es de vida o muerte. Me parece que hay humor porque cuando se distancia un poco, el mundo de la actuación, de los castings, de los representantes y actores es un poco gracioso. Tiene un costado medio patético y medio gracioso. Tratamos de no empujar nada hacia lo gracioso porque no era el tono. Pero ciertas situaciones son graciosas.

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La película surgió de Guacho, un cortometraje de Minujín que retrataba los pensamientos de un actor.
Imagen: Guadalupe Lombardo
 
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