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Jueves, 24 de agosto de 2006

CINE › “MANDERLAY”, SEGUNDO EPISODIO DE LA “TRILOGIA USA” DE LARS VON TRIER

Cuando el esclavo se aferra al amo

El film del director danés arranca allí donde terminó Dogville y encierra lecturas igualmente inquietantes: en un estudio desnudo, de dispositivos brechtianos, Grace iniciará una cruzada bondadosa sólo en apariencia.

En Dogville (2003), el director danés Lars von Trier inició una trilogía denominada irónicamente USA-Land of Opportunities, a la que concibió como una reflexión crítica acerca de los pilares sobre los que se asienta la cultura y la sociedad estadounidenses. Rodada en video digital en un estudio de Dinamarca, Manderlay –presentada en la competencia oficial del Festival de Cannes 2005– es el segundo capítulo de esta saga que se propone deliberadamente desarticular elementos constitutivos del American Dream y elaborar un discurso acerca de su proyección en la actualidad.

En el nuevo film de Von Trier, esa intención es transparente, como ya lo era en la película inicial de la trilogía. De hecho, Manderlay comienza donde terminaba Dogville. La bella Grace (que en el primer film estaba interpretada por Nicole Kidman y aquí fue reemplazada por Bryce Dallas Howard) viaja con su padre gángster (antes James Caan, ahora Willem Dafoe), que la rescató de la siniestra comunidad de Dogville. Y al pasar por el pequeño pueblo de Manderlay –en el sur profundo de unos Estados Unidos dibujados como un mapa, sobre el piso del estudio–, la chica descubre que allí, en 1933, 70 años después de haber sido abolida, la esclavitud todavía es una realidad. Más aún, descubre que esos esclavos están allí por su propia voluntad, porque cuando tuvieron la oportunidad de ser libres “tuvimos miedo de lo que nos pudiera suceder”, como le dice uno de esos cosechadores de algodón, interpretado por Danny Glover.

Si en Dogville la fuente de inspiración era el teatro de Bertolt Brecht –particularmente La ópera de dos centavos y Mahagonny–, aquí Von Trier encontró la semilla de su nueva historia en un texto del escritor francés Jean Paulhan, que mencionaba el caso real de una comunidad de esclavos de la isla de Barbados, que hacia 1838 fueron liberados por ley, pero prefirieron volver con su viejo amo antes que enfrentarse a los peligros que supone la libertad. El origen podrá ser otro, pero en Manderlay el procedimiento dramático sigue siendo –como en Dogville– brechtiano, con las casas dibujadas con tiza sobre el piso del escenario y con paredes y puertas que no existen materialmente, dejando a la intemperie la intimidad de sus habitantes. De eso se trata: de distanciar emocionalmente al espectador e involucrarlo en el sistema de pensamiento de la película.

La lectura es simple: Grace está empeñada en que esos esclavos dejen de serlo, más cuando, ante la muerte de la vieja matriarca Mam (la legendaria Lauren Bacall, rescatada del olvido por Von Trier), ya ni siquiera hay quien se atreva a llamarse su dueño. “Manderlay es nuestra obligación moral”, se persuade a sí misma Grace. Y pone manos a la obra, empeñada como una cruzada en darles lecciones de democracia a esas familias negras. Pero decide hacerlo por la fuerza, ametralladora en mano y respaldada por los gangsters que le proveyó su padre. Algo no muy distinto de lo que sucede hoy en Irak, por caso. “Sí, es bien claro, uno puede ver a Grace un poco de esa manera”, reconoció Von Trier en Cannes. “Uno puede decir un montón de cosas horribles sobre Bush, pero no que no crea en lo que está haciendo. Bush piensa que las cosas van a mejorar de esta manera, y Grace también.”

Pero, por supuesto, las cosas no terminan bien en Manderlay, como tampoco terminaban bien en Dogville. Se diría que allí, en ese pueblo de perros, Grace aprendió por la fuerza la ideología que ahora pone en práctica en este nuevo pueblo simbólico: una bondad inicial, que no termina dedisimular una actitud pía a la manera parroquial, irá dejando paso paradójicamente a la violencia, la intolerancia y la muerte.

Si consigue financiación para culminar su trilogía (algo que por el momento está en duda), las cosas seguramente tampoco terminen bien en Wasington (sic), que será el punto final de esta gira mágica y misteriosa de Lars von Trier por un país cuya moral oscura lo obsesiona, como ya lo venía demostrando desde los tiempos de Bailarina en la oscuridad (2000), otra reelaboración ficcional del universo obrero estadounidense, que también culminaba inexorablemente en tragedia.

8-MANDERLAY

Dinamarca, 2005.

Dirección y guión: Lars von Trier.

Fotografía: Anthony Dod Mantle.

Intérpretes: Bryce Dallas Howard, Isaach De Bankolé, Danny Glover, Willem Dafoe, Michael Abiteboul, Lauren Bacall, John Hurt (narrador).

Estreno de hoy en el Microcine Godard exclusivamente.

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Von Trier encaró su trilogía como una reflexión crítica sobre la cultura y la sociedad estadounidenses.
 
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