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Martes, 20 de agosto de 2013

PLASTICA › ENTREVISTA A ANíBAL CEDRóN POR SU NUEVA EXPOSICIóN

Una versión contada desde el Sur

El Museo Sívori presenta la exposición Surversión, de Aníbal Cedrón, quien cuenta la trama de la muestra y su relación personal y artística con el aquí y ahora, con el contexto del país.

 Por Fabián Lebenglik

La semana pasada, Aníbal Cedrón inauguró la muestra Surversión en el Museo Sívori. En esta entrevista comienza hablando de la exposición y el montaje en particular, para seguir con la relación entre arte e ideología.

–¿Cuáles son los antecedentes de esta exposición en los que el catálogo puede pensarse como parte de su producción artística?

–Cuando en 2011 presenté una exposición retrospectiva en el Museo Quinquela Martín, con motivo de cumplirse cuarenta años de mi primera muestra individual, tuve que enfrentar el desorden con que había evolucionado como artista, y fue el catálogo el articulador de mi mirada revisionista.

–¿Una obra heterogénea lo llevó a pensar en un catálogo “unificador”?

–Cuando empecé a pensar en el catálogo, puse el acento en disponer una estructura de trama, un hilo que uniera el conjunto de mi obra.

Para hablar de la heterogeneidad de mi obra hasta el momento, mis cuadros acomodados en hilera y en orden cronológico no se apreciaban como de un mismo autor, y ofrecían, en apariencia, una dispersión de muchas puntas abiertas.

–¿Qué es lo más importante cuando planifica una exposición?

–Lo más importante es lo más dificultoso: la muestra debe ofrecer en su montaje una percepción de totalidad, porque el espectador, antes de recorrer la sala, echa una mirada de conjunto, y esa primera percepción es muy importante. Aparte hay que tener en cuenta que esa totalidad que constituye una muestra tiene una estructura cinética, pues hay un recorrido de cuadro en cuadro, una sucesión que cuando se llega al final vuelve a representarse como totalidad. En ese momento es cuando al espectador la muestra le interesa o le resulta indiferente. Otro problema para el montaje es que la obra plástica es estática y hay una percepción instantánea de la totalidad. Por eso busqué ordenar en series. Y descubrí una unidad, temas recurrentes, en los que insistía en volver, como los asesinos que vuelven a los lugares del crimen. También busqué lo permanente, lo que creo más auténtico, en el cómo de las formas; por ejemplo: el contrapunto entre el diseño o el delinear que provocaba desde mi dibujo manual y el empleo del sistema de reproducciones, de la copiadora de plano –fui iniciador de su uso en el país hace 30 años– al digital y del Photoshop –que posee herramientas tributarias de la pintura y el dibujo– y la transferencia, primero al papel y luego a la tela, para incorporar en forma directa al sostén los grafismos que antes pegaba en forma de collage. Comencé a trabajar las formas con mis huellas digitales a distinta escala, y a montar mis radiografías. Con ese hilo conductor proyecté la actual exposición en el Sívori, curada por Graciela Limardo, con un principio: no repetirme ni aburrir al espectador, y no perder impacto visual ni emocional.

–¿Hay un discurso o una narración visual?

–Hay una narración en imágenes más que un discurso literal. Prefiero definirlo en términos “textiles”, como texto con su trama, tejida por telas dibujadas y pintadas y la gráfica impresa, que se anudan a un hilo de barrilete lleno de imágenes, provocadas por las emociones de vivir.

–En ese recorrido, la figura, tanto humana (específicamente el retrato) como de animales y de seres imaginarios, tiene un peso fundamental.

–Mi filosofía es humanista y socialista, por eso toda mi obra tiene como tema central la figura humana. Lo reforcé en tiempos como los ’90, cuando universalmente, bajo la llamada posmodernidad y la mentalidad sepulturera que declaraba el fin de la historia, los conflictos (incluso en la pintura) desechaban la figura humana en las representaciones visuales, y cuando en nuestro país parecía instalarse el olvido y la injusticia sobre la suerte de los desaparecidos y las víctimas del terrorismo de Estado. Justamente esta muestra incluye un relato mío, “El ausente”, como núcleo temático de la exposición La presencia de lo ausente, de 1996, que ilustré como historieta, aunque también integraba con pinturas, dibujos y grabados. Ahí establecía una suerte de metáfora al dar figura a los desaparecidos. Ya desde antes mostraba más que la figura, la desfiguración humana y la alienación del ser en aquellos no lugares urbanos, como en accesos a subtes o trenes... Es decir: en los años ’90 yo estaba completamente desesperanzado, pero en la actualidad eso cambió. En mi obra pasé de tematizar la frustración de los ’90 a referirme, en estos últimos años, al país que vuelve a vivir.

–¿Cuál es el sentido del título de su muestra, Surversión?

–Surversión es “versión del Sur”, es decir: aquí y ahora, en la batalla que supone el presente, entre el pasado y el futuro, para que éste sea algún día el hoy. Practico por otro lado el arte como un asalto del tiempo. Porque hay una dictadura de la velocidad del tiempo, producto del manipuleo del sistema informativo y comunicacional, que construye una realidad virtual tipo Matrix y una falsa conciencia de que estamos más comunicados, cuando estamos en verdad mucho más incomunicados: la manía de vivir conectados a las computadoras y celulares produce una desconexión física con las personas. Además, la información manejada como mercancía realimenta al sistema para producir a toda hora noticias –algunas fraguadas e intencionadas, como las de la inseguridad–; así el flujo informativo sobre hechos es incesante, cuando individualmente necesitamos detener la flecha del tiempo para poder procesar los acontecimientos, afectando nuestra memoria y capacidad de pensamiento y de imaginación propias, lo cual se está reflejando en la sobrevaloración del arte efímero y la banalidad, que tiene antecedentes en nuestro país, durante los ’60, con el pop argentino. La conexión online y la mercantilización de la comunicación producen un vacío emocional que se advierte en el conceptualismo, el minimalismo o el maximalismo impulsados por los popes del mercado de arte.

–La coherencia, entonces, sería un anacronismo.

–Sostener una coherencia entre nuestros actos –como es cada cuadro– y nuestros deseos y pensamientos, se hace mucho más difícil que en siglos pasados, en el contexto de una cultura que impulsa una globalización cuyo motor es el capital financiero, el más improductivo, que procura reproducir dinero en el menor tiempo posible. La mentalidad bursátil inhibe los valores civilizatorios del trabajo, la cooperación y la solidaridad, y del humanismo en general. En ese sentido barbariza, no hay belleza ni fealdad, no hay lo bueno ni lo malo, y además lo que tiene precio hoy, puede no tenerlo al día siguiente. Se suma a que ciertamente el mercado exalta el ego del más cruel. En relación con nuestra actividad creadora, el neoliberalismo ha establecido una dictadura del tiempo, como lo hizo el nazismo, que proclamó una nueva era en la humanidad. Ayer era posmodernidad y fin de la historia, hoy define en forma totalitaria y unilateral qué es y no es arte contemporáneo. Establece los parámetros temporales para sepultar en el olvido determinadas formas y a determinados artistas, o sea: censura en particular a los artistas que reivindicamos el compromiso con la historia y con la sociedad que nos toca vivir.

Hallar coherencia como protagonista de la generación de los ’70 multiplica el esfuerzo. Las dictaduras y el terrorismo de Estado que impusieron en nuestra región la CIA y el Departamento de Estado norteamericano apuntaron a un genocidio político, para crear una generación nivel cero. Es decir, romper el eslabonamiento generacional donde se gestó una conciencia social revolucionaria, y en las artes una conciencia nacional plástica. Así, a quienes insistíamos en recuperar la memoria de todo el arte de la figuración argentina, como Berni, Spilimbergo, Gómez Cornet, Castagnino, Policastro o Carlos Alonso, nos descalificaban y nos intentaban hacer desaparecer como setentistas atados al pasado. Los ’90 para mí fueron durísimos. Muy duros. Hasta hoy, el neoliberalismo insiste en el mito de la autonomía del arte, de su prescindencia de la historia y de la política, y por eso pretende imponer el olvido de la tradición del arte latinoamericano, iniciado con la revolución mexicana y la revalorización de las civilizaciones arcaicas, y el tiempo que lo sitúa arriba y no debajo del neocolonialismo llamado occidental y cristiano.


ILUSTRACION DE EL AUSENTE, 1996, DE A. CEDRON. TINTA SOBRE PAPEL, 60 X 110 CM.

* En el Museo Sívori, Av. Infanta Isabel 555 –frente al Rosedal–, hasta el 8 de septiembre.

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AUTORRETRATO DE FOTO CARNET, 2007, DE ANIBAL CEDRON.
 
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