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Martes, 2 de agosto de 2011

TELEVISION › OPINION

Qué lujo, Campanella

 Por Eduardo Fabregat

Por tercer domingo consecutivo, uno ve pasar los títulos y pronuncia la frase, convencido, aun atónito de encontrar semejante nivelazo en la televisión argentina actual. Para una TV que consagra sin dudas y sin fisuras el show de frivolidades y boberías, la idea apenas desarrollada (cuando la hay), la improvisación, el lugar común, El hombre de tu vida es hasta demasiado buena. Ya lo había demostrado en los primeros dos episodios, pero el de este domingo fue uno de esos picos que define a una serie, que sirve como ejemplo y declaración de principios creativos.

Sí, hay que tener valor para animarse a un tema con la complejidad y profundidad de la vida amorosa de una discapacitada. Pero sobre todo hay que tener talento. Talento narrativo, eso que la serie dirigida por Juan José Campanella derrocha de principio a fin. Talento para la puesta en escena, para un guión que es una pieza de relojería, para saber administrar los ritmos y darle a cada personaje una dimensión que no suelen tener en la tele. Y un talento actoral tan descollante, tan impactante, como el de Jorgelina Aruzzi. Que ya ha demostrado largamente sus valores como intérprete, pero en la noche del domingo reveló un capolavoro de esos que hacen desear que el Martín Fierro tuviera algún valor, para dárselo dos veces. En la piel de una joven con una enfermedad que le causa temblores incontrolables pero no afecta en nada su desempeño como pediatra de un hospital público, Aruzzi encontró el tono exacto, el delicadísimo equilibrio para un personaje que jamás excedió los límites de la credibilidad, ni rozó la parodia o la sobreactuación. Y encontró (ya nadie puede asombrarse de esto) un partenaire extraordinario en Guillermo Francella: un actor que, sin perder la data genética que lo convierte en atractivo para el gran público, consigue bajo la dirección de Campanella una multiplicidad de matices que le da nueva estatura.

Si se suma el personaje más inescrupuloso que haya encarnado Mercedes Morán en la televisión y la formidable máscara de Luis Brandoni para ese cura de vocación tardía, se arriba a lo que puede entenderse como una cita de honor para quien quiera argumentos sólidos para sostener que otra TV es posible. Una TV en la que el despliegue de producción está al servicio de la historia, en la que la audacia es moneda corriente, en la que se recupera el entusiasmo de estar clavado en el sillón a una hora y día determinados. Una TV que, por tercer domingo consecutivo, deja al televidente sacudiendo la cabeza, admirado. Pronunciando la convencida, agradecida frase: Qué lujo, Campanella.

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