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Miércoles, 17 de septiembre de 2008

TEATRO › OPINIóN

Viejas y nuevas emociones

 Por Roberto “Tito” Cossa

Nos sentábamos en las últimas filas. Seguramente porque la entrada era más barata. Las primeras filas las ocupaban viejos millonarios, gordos y pelados, que esperaban a las vedettes a la salida de la función, en sus autos último modelo. Era uno de los mitos de la revista. Con mi amigo Alberto esperamos a cumplir los 18 años y lograr así el pasaporte para ingresar en este mundo funambulesco con la libido a todo voltaje. El estaba enamorado de Nélida Roca y yo, de María Esther Gamas. Y nos reíamos, hasta el calambre de estómago, con el Dringue, con Castrito y con la picaresca de tono subido de la Negra Bozán y de Adolfo Stray. Venir al Maipo nos hacía más felices y más adultos.

Y ya adulto dejé de asistir a la revista. Perdí en el tiempo a mi amigo Alberto y me acerqué al teatro independiente. Y desde el teatro independiente construí mi propia historia teatral. Había dejado atrás ese género al que considerábamos un fenómeno menor. Hasta que, hace un par de años, me encontré con uno de los popes de aquel teatro independiente de los años ’50. Viejos los dos –y compartiendo unos vinos– comenzamos a recordar los tiempos teatrales de nuestra juventud. Recordamos haber visto en este mismo escenario a un incipiente Tato Bores componer a Winston Churchill. Nos divertimos con el recuerdo y nos dijimos que habíamos sido injustos con aquellos artistas populares. Eran otros tiempos. Es cierto. Otros códigos. Espacios diferentes, irreconciliables. Hasta que un día, Miguel Ligero subió al escenario del teatro IFT y compuso un inolvidable Soldado Schweik. Fue un acontecimiento.

Y lentamente se fue rompiendo el hielo. Ya en tiempo más reciente Norma Pons primero y Gogó Andreu después nos deslumbraron en el Teatro del Pueblo. Y Enrique Pinti, nacido y formado en el teatro independiente, encabezó el pelotón de los que renovaron la revista porteña. Los autores fuimos parte insoslayable de ese proceso. Y de muchos equívocos. ¿Cuántas obras pretenciosas, enaltecidas por los suplementos literarios, se estrenaron en el momento en que Cayol escribía El debut de la piba? Nadie recuerda hoy esas obras y a sus autores, mientras El debut de la piba permanece en el tiempo como una joya de la dramaturgia popular. Cuánta desvalorización, durante años, del teatro de don Armando Discépolo, hasta que David Viñas lo consagró en un tratado memorable. El mismo David Viñas, que en una charla comparó a los monólogos de Pinti con los soliloquios de Joyce. El prejuicio. El que separa al arte culto del arte popular. O el que pretende separarlo. Es que, acaso, ¿no puede uno deslumbrarse a las cinco de la tarde con la Novena Sinfonía de Beethoven y a las diez de la noche emocionarse con un tango de Aníbal Troilo?

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