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Viernes, 19 de febrero de 2016

RESCATES

En llamas

En Negro Animal Tristeza, el bosque se incendia y con él, tres parejas de la ciudad que se vuelven salvajes.

 Por Marisa Avigliano

El primer cielo espejo lo vio a los cinco años (algunxs dicen que tenía tres y otrxs que su vida es su propio invento) cuando se metió sola en el bosque de Vincennes y descubrió los equilibrios de luz que flirteaban las ramas altas. Muchos años después un maestro tibetano le puso palabras a aquella fuga infantil: “Del mismo modo que necesitamos un espejo para vernos la cara, también podemos utilizar el cielo para ver el reflejo de nuestro espíritu.” Entre la travesura novelada y la meditación el tiempo pasó sin pasar. “He crecido pero no he sido pequeña” (es frase de Colette pero vale para Alexandra). Aquel viaje inaugural de humedad frondosa presagiaba recorridos pródigos y urgentes, tenía quince años cuando se fue a Inglaterra (volvió cuando se terminaron las libras) sin avisarle ni a su ultra católica madre ni a su padre masón, y diecisiete cuando recorrió en tren y en la vetada bicicleta (subirse a una era sinónimo de virginidad perdida) Francia, Italia, Suiza y España. La adolescente nómade de familia rica no se detenía, iba tras el viaje más largo. A los veintiuno vivía sola en París y estudiaba sánscrito en la Sorbona cuando la herencia de una de sus abuelas le permitió organizar otro de sus viajes en solitario, esa vez el destino fue India. Yoga, anarquismo e independencia económica para la exploradora que buscaba trabajo cuando se vaciaban los bolsillos. Escribía notas en revistas femeninas, editó su primer libro, un tratado anarquista, Pour la vie (publicó más de treinta libros, Estela Canto tradujo Iniciaciones e iniciados del Tibet), cantaba en los teatros (fue Violetta Valery en la  Ópera de Hanói,  Vietnam) y participaba en la lucha decimonónica por los derechos de las mujeres hasta que –según su relato– se hartó de las feministas europeas de cómoda utopía con sueldos de hijas o de esposas y se fue a Túnez. Allí la esperaba un contrato teatral, el estudio del Corán y un desconocido, Philippe Néel, un ingeniero ferroviario con quien se casó. Ahogada en la rutina conyugal –“o me marcho o me marchito” – la casada célibe (decía que era un hombre de una gran belleza pero que hubiera sido mucho más bello sin órganos genitales) abandonó casa y marido y se fue al Himalaya. Ya nunca más vivieron juntos –a la distancia él la asesoraba financiando libros y excursiones– pero se escribieron cartas amorosas durante veinticuatro años, hasta que Philippe murió. Ella había elegido hablar lengua tibetana, respirar el aire helado de los casi cinco mil metros de altura y viajar por oriente, ella había elegido que los saberes del lama encendieran en su cuerpo la lámpara que iluminaría su ruta y le permitieran crear su propio tulpa (construcción mental que adquiere consistencia física y que forma parte del proceso de aprendizaje místico). Disfrazada de peregrina local y con su alucinación revoloteando sobre el mundo real Alexandra volvió al Tibet a los cincuenta y cinco años para lograr lo que ninguna otra occidental había logrado: entrar a Lhasa, la capital sagrada, la ciudad prohibida a los extranjeros. La experiencia había que contarla así que volvió a París –acompañada por Aphur Yongden, un monje tibetano al que adoptó – y publicó Voyage d’une Parisienne a Lhasa un best seller occidental que le permitió comprar una casa en Digne, Provenza, a la que bautizó “Fortaleza de la meditación” y en la que vivió hasta que su sed ambulante la mudó un tiempo a China. La viajera de senda ácrata, la orientalista pregonera que inspiró con su fábula a la generación beat (¿cómo no hacerlo?), murió en Digne pero con pasaporte a mano para volver a la región más alta de la tierra, sin el gélido viento del Tibet no había leyenda.

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