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Viernes, 15 de julio de 2016

ENTREVISTA

No pasarán

El sociólogo norteamericano David Finkelhor fue pionero en la investigación de abusos sexuales en la infancia y un referente mundial en los efectos de la violencia sexual en niños y niñas. Vino a la Argentina y resaltó los avances en la conciencia y la respuesta social y judicial. Asegura que en Estados Unidos bajaron un sesenta por ciento en veinte años las sentencias de abuso sexual como efecto de la reacción social frente a la violación y critica al papa Francisco por falta de acciones más firmes contra los abusadores de la Iglesia Católica.

 Por Luciana Peker

En veinte años las causas judiciales por abusos sexuales contra chicos y chicas bajaron un sesenta y dos por ciento. Desde 1992 al 2012 las sentencias judiciales, por violencia sexual en la infancia declinaron tajantemente en Estados Unidos y hasta un ochenta y dos por ciento, en California, según el National Child Abuse and Neglect Data System. Las cifras, difundidas en Argentina por David Finkelhor, considerado el Freud en la difusión de la problemática del abuso sexual infantil (ASI), son una muestra que la mayor conciencia -aun con momentos de reacciones encendidas, represalias y marcha atrás- genera mayor protección y menos violencia y efectos nocivos en niños, niñas y adolescentes.

Finkelhor, junto a Lisa Jones, encontraron en siete fuentes independientes, datos de una disminución de los abusos sexuales a niñxs. La mayor caída se observa en los finales de los noventa. La disminución va de más de 15.000 casos a 63.000 situaciones judicializadas de violencia sexual en la infancia por parte de familiares y otros cuidadores cercanos. No hay un diagnóstico preciso de cuál es la política clave para la disminución, pero la reacción social, los alertas tempranos, las medidas contra la impunidad de abusadores y la visibilización en medios de comunicación se consideran claves para preservar la salud física y mental en la infancia.

David Finkelhor es sociólogo y empezó a investigar el abuso sexual de la mano del feminismo norteamericano. Ahora se encuentra a cargo del área de “Crimes against Children Research Center, Family Research Laboratory”, del Departamento de Sociología de la Universidad de New Hampshire, en Estados Unidos. Vino a la Argentina para la “Jornada de Actualización sobre Maltrato Infantil”, en la Sociedad Argentina de Pediatría. En su visita al país le brindó una entrevista a Las/12 junto con la psicóloga pionera Irene Intebi (traductora y anfitriona de Finkelhor), autora del libro “El abuso sexual infantil: en las mejores familias”, de Editorial Granica, que es un clásico para poder detectar y denunciar las violaciones familiares, religiosas o escolares.

¿Cómo empezó a investigar sobre abuso sexual en la infancia?

-Me empecé a interesar en la mitad de los setenta. Mi inspiración fue el movimiento de mujeres y las feministas. Ellas pudieron contar las experiencias que habían vivido y que nunca habían compartido con otras y con el abuso sexual pasó algo similar. También hubo cambios importantes en los medios de comunicación porque se empezaron a abrir a tratar temas de sexualidad. Eso generó que los investigadores de Ciencias Sociales puedan empezar a preguntar por el abuso sexual en la infancia.

¿En qué se avanzó desde los setenta?

-El avance es tremendo. Hay, como mínimo, quinientos estudios realizados en distintos países y ya tiene entidad como un problema en la infancia.

¿Actualmente se da un proceso de backlash o reacción contraria a las denuncias de abuso sexual?

–En los Estados Unidos, alrededor de los noventa, hubo casos de backlash, sobre todo en las guarderías donde chicos muy chicos describían situaciones de abuso y se generaban dudas. En ese momento apareció el escándalo de los curas y barrió con todos los cuestionamientos a las denuncias de abusos sexuales porque eran avasallantes las denuncias. Es algo que va cambiando de un momento a otro.

¿Qué define como backlash?

–Cuando se pone sobre la mesa un tema hay un proceso de tomar partido contra algo que se inicia. Siempre aparece esta otra fase de reacción. Sobreviene después de una etapa donde aparece un tema, se le da importancia y lugar y, por cuestiones coyunturales, aparece alguna contradicción en ese marco teórico con una nueva visión y pone, transitoriamente, en tensión a esa nueva manera de ver las cosas. Pero las investigaciones sobre abuso sexual han dado respuestas a los planteos del backlash.

¿Cuáles fueron esas respuestas?

–Si bien no todas las denuncias que hacen las mujeres en problemas de tenencia o de divorcio controvertidos son ciertas, sí la mayoría son ciertas y hay que investigarlas. Yo hice investigación en medio de las controversias por denuncias en guarderías con chicos muy chiquitos y había concordancia entre lo que los chicos decían y lo que había sucedido.

¿Qué opina del Síndrome de Alienación Parental (SAP)?

-No es un concepto académicamente desarrollado, sino un concepto desarrollado por los defensores de personas acusadas de abuso sexual junto con psiquiatras contratados para defenderlos.

¿En Estados Unidos surgieron grupos de acusados por violencia o abuso sexual que se reivindican como padres alejados de sus hijos/as?

–Sí, también, igual que en otros países.

¿Cómo evalúa la reacción de los padres cuando son denunciados por abuso?

–Pueden existir errores en la justicia y sentencias no fundamentadas. Hay casos muy difíciles de emitir una opinión si existió el abuso o si no existió.

¿Cómo fue la evolución en el proceso de las denuncias a la Iglesia en Boston, Estados Unidos?

–Hasta los ochenta hubo una curva ascendente de denuncias de abusos de sacerdotes a niños, sobre todo, en los años cuarenta, cincuenta y sesenta. En los noventa empiezan a declinar esas denuncias. Mi teoría es que la gente que se metió en el sacerdocio alrededor de los cincuenta tenía alguna dificultad con su sexualidad y suponía que meterse en la Iglesia era una forma de reprimir eso que les estaba pasando. Cualquier muchacho joven que sentía que tenía impulsos sexuales que pensaba que eran inadecuados, según su modelo moral, iba a la Iglesia en busca de un camino.

¿Ya no se usa a la Iglesia para redimirse de opciones sexuales fuera de la norma imperante socialmente?

–Esta manera que (a los sacerdotes) les parecía viable de manejar la impulsividad sexual es una manera inmadura y evitativa. Por eso, cuando esos chicos estuvieron en una posición de autoridad esa inmadurez hizo que se volvieran conductas compulsivas y en las que no pudieron controlar situaciones en donde tenían ventajas sobre los otros. No tuvieron la oportunidad de manejarlo de una manera madura y de tomar contacto con sus contradicciones y dificultades, sino que simplemente- se restringieron y se impusieron el celibato como una manera de control y en un momento había toda una trama por debajo. Después, desde los setenta en adelante, ya se pudo hablar más abiertamente de la sexualidad y de la homosexualidad. Los muchachos ya no se metían en el sacerdocio para buscar. La homosexualidad estaba más aceptada y los códigos morales empezaron a ser menos estrictos entonces los muchachos varones ya no se inscribían en el sacerdocio como una manera de esquivar los conflictos sexuales que tenían. La Iglesia, por lo menos en los Estados Unidos, es más eficiente y se está ocupando de la tarea preventiva mejor que en el pasado. La primera parte del problema fue la enorme cantidad de casos que tenían y la segunda parte del problema la manera tan inadecuada, horrible y terrible de manejar el problema.

¿Por qué fue horrible el comportamiento de la Iglesia frente a los abusos sexuales?

–Tiene varias causas, una es la creencia que tenían el derecho y debían resguardar la reputación de la Iglesia. También creyeron que tenían instrumentos teológicos y espirituales como para manejar las situaciones de pecado y de error de una manera más adecuada que los civiles no religiosos como el arrepentimiento y el perdón. Creyeron en eso y en esa metodología y estimaban que tenían instrumentos como para pasar por encima del proceso habitual ante cualquier otro delito. Pero estaban muy equivocados. La gente no podía creer los tremendos errores que había cometido la Iglesia al ignorar los mecanismos habituales que se usan ante cualquier situación de sospecha de abuso sexual que, en estos casos, se habían pasado por alto. Eso ahora cambió y son más convencionales en cómo manejar los casos dentro de la Iglesia norteamericana.

¿La Iglesia norteamericana acepta ahora sin encubrimiento la intervención judicial en casos de sacerdotes abusadores?

–Sí, lo que no cambió es que no han encontrado un camino para aproximarse a las víctimas que denunciaron hace unos años atrás y que no fueron escuchadas. Pagaron un montón de plata, millones de dólares, en reparaciones legales. Pero no tomaron seriamente su responsabilidad, ni encontraron un modo para reparar profundamente a las víctimas más allá de lo material. Se les hizo mucho daño al no escucharlas y aislarlas.

¿Cómo evalúa la actitud del papa Francisco ante los abusos sexuales en la Iglesia?

–Hay desilusión en las víctimas de abuso sexual frente al Papa. Se esperaba que fuera más agresivo y reaccionara más fuertemente. Si bien hay otras cosas que hizo bien en otras áreas en abuso sexual no hizo lo suficiente.

¿Qué se esperaba de Francisco que no hizo?

–Formó una comisión en donde había dos representantes de las víctimas y se fueron frustrando por la lentitud del proceso. Uno de los representantes de las víctimas se fue de la comisión por la lentitud con la que avanzaban las cosas. El Papa dijo que iba a haber un tribunal especial para evaluar a los obispos que habían protegido a los sacerdotes acusados o habían impedido las denuncias. Pero hizo un anuncio que solo era para reafirmar una metodología de trabajo que ya venía funcionado y que no tenía nada que ver con un tribunal especial para los obispos.

Francisco hizo declaraciones periodísticas en donde decía que iba a castigar a quien no hiciera las denuncias de abuso sexual dentro de la Iglesia. ¿Esto no es suficiente?

–Puede estar escrita la propuesta de castigar, pero, en la realidad, las personas que fueron castigadas son muy pocas. En Estados Unidos los abusos sexuales de la Iglesia han alejado a muchos católicos de la Iglesia y le ha quitado apoyo en la comunidad. Es un tema central.

En la película Spotlight, ganadora del Oscar, donde se muestra cómo se investigó en un diario los abusos sexuales cometidos por sacerdotes en Boston, se ven las resistencias eclesiásticas, pero también como los y las periodistas trabajan con convicción y con mucho respaldo editorial para poder investigar. ¿Cuáles tienen que ser las condiciones periodísticas para poder investigar y publicar abusos sexuales?

–En las denuncias de abuso sexual infantil los medios norteamericanos tuvieron mucha influencia. Los norteamericanos hicieron mejor periodismo que los ingleses, por ejemplo, porque apoyaron más a las víctimas y tuvieron mejor manejo de abuso sexual por tener mayor número de mujeres trabajando con periodistas. El periodismo está más descentralizado, con muchos periódicos locales y regionales que permiten más posibilidad de diversidad de periodistas. En cambio, si hay monopolios trabajás para ese medio o te quedás sin trabajo. Con más pluralidad hay más posibilidades de escribir. En Inglaterra la cobertura periodística fue peor.

¿Por qué asegura que descendieron los abusos sexuales en Estados Unidos?

–Hubo una importante declinación de casos que llegan a juicio. Hay sesenta y cinco por ciento menos de causas por abuso sexual que en los noventa. Todas las denuncias por agresiones sexuales descendieron.

¿Es un fenómeno norteamericano o global?

–Ocurre en Alemania, Nueva Zelanda, Suecia y Canadá. Creo que porque hay mucha conciencia en la gente.

¿La conciencia social baja los abusos?

–Por un lado al existir más conciencia los agresores tienden a restringirse y eso desalienta a los agresores. Pero también las potenciales victimas, las mujeres, están más empoderadas e informadas y tienen más fortaleza para resistirse. También la sociedad está más informada. Además al tener fuerzas de seguridad más agresivas con los abusos y más capacitadas los agresores no la tienen tan fácil.

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Imagen: Constanza Niscovolos
 
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