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Viernes, 15 de julio de 2016

RESCATES

La primera proteccionista

Lizzy Lind af Hageby 1878-1963

 Por Marisa Avigliano

Mirar animales es un baño de inmersión en aguas primordiales y una rareza suprema cuando el arco superior de sus miradas fijas se cruza con las nuestras. Un zoológico sin maquillaje enjaulado donde colores, olores y ruidos empapan de divinidad residual cualquier escena. Inconcebible entonces imaginar esa riqueza inagotable en una chapa de vivisección o en un frasco con tinturas y algodones observada de cerca por unos ojos humanos o por unos dedos que lustran huellas para apretar aún más fuerte las pinzas puntiagudas que espolearán sobre su cuerpo. Inconcebible debe haber sido tener que ser parte de una clase de anatomía donde los abrían sin anestesia para hurgar órganos. “Por principio, me opongo a todos los experimentos con animales vivos” escribió en Los desastres de la ciencia. Diario de estudiantes de Fisiología (1902), la hija y nieta rica de prestigioso apellido sueco (se llamaba Emilie Augusta Louise Lind af Hageby) que había ido a Londres para estudiar medicina. El texto difundido y la idea del cachorro vivo tajeado para saber cómo era su interior llevó a juicio a uno de los profesores del bisturí asesino y organizó los primeros pasos de la Sociedad de Defensa de los Animales y Anti Vivisección que cuatro años después fundó Lizzy, la Frances Power Cobbe sueca. Aquel cachorro cosido en cirugías reiteradas de crueldad legalizada, aquel perro marrón –parecido a aquel del verano en óleo de Carlo Carrà– se convirtió en estatua de bronce en el londinense Battersea y blasón en los disturbios conocidos como Brown Dog Affair. Igual pero sin monumento también había metamorfosis para Lizzy convertida ahora en una de las estudiantes de fisiología con mejor oratoria que las paredes del claustro hospitalario hubieran oído. La feminista y vegetariana sueca que mareaba a académicos y vecinos, descuartizó sin sangre el padrón de la erudición acostumbrado a los nombres de hombres. Fue con su amiga Leisa Katherine Schartau con quien escribió el capítulo dedicado a la mutilación del terrier al que llamaron “Diversión” y en el que describían el momento exacto en el que la risa de los estudiantes musicalizaba la masacre: “Hay una gran incisión en el lado del cuello, exponiendo el glande. El animal muestra todos los signos de sufrimiento intenso y en su lucha, su cuerpo se levanta una y otra vez. Los intentos por liberarse son potentes”. En el juicio aquel cirujano que se emparentaba más con el asesino de Whitechapel que con las bondades de su guardapolvo, se defendió diciendo que el perro estaba anestesiado y que sufría espasmos involuntarios porque estaba enfermo. Las causas justas de Lizzy –en las que el voto femenino era parte, naturalmente– eran una lucha temperamental sin pasos perdidos ni siquiera en los campamentos de la Primera Guerra Mundial en los que curaba hombres y caballos, ni tampoco cuando terminada la guerra se enfrentaba a diario con la sociedad de cazadores, sobre todo con aquellos que afinaban su puntería certera sobre las liebres embarazadas. La sueca de la Inglaterra eduardiana dedicó varios escritos al lenguaje de los perros, ese decir de voces que tan bien conocía a través de su perro Barry, destinatario de dedicatorias y tiempo.

Murió en su casa de Londres el 26 de diciembre de 1963 testando su fortuna a favor de las instituciones de protección animal.

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