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Viernes, 22 de julio de 2016

ENTREVISTA

La mujer sentada

La argentina Ariadna Labbate es maestra zen y una de las cuatro mujeres de Latinoamérica que recibió el rango de sensei, escalón dorado de la principal corriente del Japón, Soto Zen, de fuerte tradición patriarcal. Dice que le importa transmitir la raíz de la práctica, un generador de felicidad capaz de liberarnos de dinámicas enfermas.

 Por Paula Jiménez España

“El zazen es la revolución. Para mí, el despertar es el verdadero acto político. Basta de izquierdas y de derechas. Nos han mentido durante milenios”, dice Dosei Ariadna Labbate, una de las cuatro mujeres del zen que han conseguido, al mismo tiempo, ese rango en toda Latinoamérica. Esta budista, con más de 25 años de práctica, recibió hace un año el shiho (transmisión) de parte de un hombre, el famoso Kosen Thibaut y la orden a la cual pertenece es la secta Soto Zen, la principal corriente budista de Japón. El linaje de Soto incluye entre sus maestros a Dogen, Kodo Sawaki y Taisen Deshimaru, nombres de oro en una tradición patriarcal que hace relativamente poco tiempo comenzó a torcer su rumbo. Todos los días medita una hora y media rodeada por un paisaje realmente de sueños en Ojo de agua, punto donde fue construido el Templo Zen Shobogenji levantado en una montaña gloriosa a cinco kilómetros de Capilla del Monte. Desde 2005, Ariadna vive en esa ciudad, alejada del mundanal ruido, pero cada vez más cerca del centro de su propio mundo y también del mundo de los otrxs. “La práctica del zen te devuelve a tu condición de ser humano -dice-. En la quietud, entrás en un tiempo interno que es el de los árboles, el tiempo en que se mueven las montañas. Entrás en el devenir cósmico con un pulsar que te habita desde el vaivén de la respiración, desde las ondas cerebrales. Y toda esa radio interna del cerebro frontal se apaga, mengua, se calla. Empieza a aparecer esa información que no nos es propia. Es afinar el oído: escuchás de repente una sinfonía y de a poco empezás a darte cuenta de que hay cincuenta instrumentos distintos, al principio los oías todos juntos y después en detalle. Estás presente en tu percepción.

Ariadna dirigiendo una meditación zazen. Foto: Alicia Suárez Pomerani

¿Qué pasa con el cuerpo durante la práctica? Es un límite para muchas personas que intentan meditar…

–El zazen (meditar sentada) te baja de un ondazo al cuerpo, a la densidad de la materia. Desde que nacemos el cuerpo duele, duele cuando te crecen los huesos, cuando sos adolescente. Hay algo inherente al dolor y también con el gozar, y lo confrontás ahí. El zen te permite ver todo el espacio de arquitectura de la realidad que toma el pensamiento; vas mucho más allá de las percepciones del intelecto, vas a tu condición divina.

¿Qué implica pasar de ser monja a convertirte en maestra zen?

–Mi maestro hizo un trabajo artístico conmigo que soy tana y bastante cabrona, un hueso duro de roer. Durante estos años practiqué para mí y para los demás, es para lo que se hace esta práctica: adquirir una conciencia de formar un cuerpo con los otros, de albergar a todas las existencias. Este tiempo de práctica y difusión –generé Dojos (espacios de meditación colectiva) en todas partes donde viví– lo invertí pensando en que es una buena influencia para la humanidad. No estoy ni ahí con la iglesia zen ni con la japonesa. Me importa la raíz de la práctica que influencia generando felicidad y puede modificarnos en lo social a salir de las dinámicas enfermas. Lo que siento ahora con esto de ser maestra, es que soy profundamente libre y siento una cierta responsabilidad por encontrarme en este linaje de maestros, pero estoy como cuando te metes en el mar y vas metiendo de a poco las patitas en el agua. Hay que ir con cuidado porque estas cuestiones de maestrazgo generan mucha admiración en la gente y yo soy una persona común, tengo mi vida, mis problemas, mis cosas. La gente a veces se enferma con estas cosas.

¿En qué sentido se enferma?

–Algunas personas entran en una cuestión de fascinación con los maestros, te ponen en roles o investiduras y la gente te mira y escucha más que antes. La gente que se entusiasma con esto, o se engolosina, eso es peligroso y enferma el espíritu. Nuestro maestro, Thibaut Kosen, a algunos de nosotros nos dio la transmisión y él con 65 años está diciendo: hace cuarenta años que soy maestro, ahora ocúpense ustedes, yo quiero ir por la calle y que nadie me reconozca, ser un ciudadano de bajo perfil (cada vez que llega tiene más de ciento cincuenta personas esperándolo en el Dojo). En un mundo como este en que hay tanto gurú de todo, tanto ídolo y séquito, me parece un gesto de grandeza y generosidad.

Thibaut dice que para él el amor es una energía más, que para él no es tan importante, que incluso es una energía que daña los riñones. ¿A qué se refiere?

–Hay que ver el contexto en que lo dijo, pero me parece que está hablando del amor romántico, cuando estás enamorada. Si estuvo hablando de los riñones, se refirió a acompañar esto desde la sexualidad, cuando tenés momentos de sexualidad muy fuertes se te cansan los riñones. Los riñones están en las lumbares y en medicina china tienen que ver con el miedo y con la vitalidad. Los riñones se te refuerzan en el invierno; son los encargados de mantener la energía adentro. Y mantener la energía adentro si estás bien centrado te permite tener relaciones de intercambio, de dar y recibir, dar y tomar en relaciones sanas, en las cuales está cada uno en su lugar. El amor romántico es un amor patriarcal. Las mujeres tenemos el arquetipo de que nos completamos con otrx y que en los momentos de la vida en que estamos sin pareja, algo nos falta. El amor mantiene cohesionado al universo, pero no es el amor romántico. En el respirar y apaciguar las emociones lo que se abre es un espacio amoroso de aceptación y confianza. Nuestro verdadero cuerpo está más allá del tiempo y del espacio, es el cosmos.

Hace unos años visité el templo de Ojo de agua, donde guiás las meditaciones, y recuerdo que después de hacer zazen cocinamos solo las mujeres, los hombres se sentaron a comer y a eso se sumaron un par de opiniones difíciles de escuchar para una feminista, de parte de un monje. ¿No se jugó nada de hostilidad, dentro del budismo, en relación a que sea una mujer la ocupe un lugar de poder?

–Cuatro mujeres recibimos la transmision de la certificación del dharma (enseñanzas) en la tradición budista del soto zen, del linaje desde el Buda Shakyamuni hasta hoy, es decir nos convertimos en maestras al mismo tiempo. El maestro dijo: Las mujeres van a salvar a la sangha, que es la comunidad de monjes. El budismo, históricamente, es una tradición de hombres: ochenta y cuatro generaciones de patriarcas. No vas a leer a mujeres que hayan escrito sobre esta historia. Pero hay un espacio mucho más sutil, para todos. Yo estoy despertando a esto desde no hace mucho, a cómo hay una ideología patriarcal que tiñe todo. Nos han hecho creer en cosas como si no se las hubiera podido construir de otra manera, sin exclusión y sin competencia. El patriarcado se ha inmiscuido en cuestiones de la formación y el crecimiento, formateándonos las emociones. Hoy por hoy la sangha creció un montón, hoy los hombres cocinan y lavan los baños, trabajamos todos juntos en función de sostener diariamente a la comunidad. En los campos de retiro y de verano, que es cuando más se ve, los equipos de trabajo son mixtos y de parte del resto de mis compañeros monjes, a pesar de mi temor, recibí una devolución de amor tan grande que no me entraba en mi cuerpo. Para algunos hombres de muchos años de práctica de zazen debe haber sido fuerte, pero yo sentí una cuestión de respeto y cuidado. Nos tenemos que emancipar tanto los hombres como las mujeres de los espacios sutiles que nos atraviesan y nos llenan de miedo.

¿Por qué se tardó tantas generaciones en nombrar maestras mujeres en el soto zen?

–Antes de nosotras ya existe una maestra, Bárbara Kosen, que es heredera y discípula de Deshimaru, compañera de nuestro maestro Kosen. Mujeres hubo siempre dentro del budismo, pero la transmisión a nivel público hasta hoy fue de hombres. Todas esas cuestiones han estado atravesadas por contextos culturales muy profundos, es como en India el sistema de castas. La historia de la mujer del Budah Shakiamuni en realidad la muestra como fuerte, poderosa, despierta, iluminada, nada sumisa, pero sólo si te ponés a investigar encontrás eso. Hay también historias de mujeres fuertes en los Sutras. Es como la cultura japonesa, que tiene cosas muy machistas. Son estructuras socioculturales históricas muy fuertes, como las que hoy por hoy tenemos nosotros.

¿A qué te referís exactamente?

–A nivel social y cultural tenemos que hacer cambios intensos, radicales a nivel educativo básico sobre la relación entre los géneros. Está sucediendo un proceso de cambio, cada vez hay una conciencia colectiva que expresa la necesidad de cambio. La violencia contra las mujeres, que es algo muy antiguo, está haciendo eclosión ahora.

Frente a los grandes temas sociales como los femicidios, por ejemplo, ¿cuál es la posición del budismo Soto Zen actual? El mismo buda se dio cuenta de que meditando solo bajo un árbol no lograba que el sufrimiento disminuyera en el mundo.

–Hay algo que dijiste con lo que no termino de resonar: meditando bajo un árbol si hacés un montón de cosas porque influís en la conciencia colectiva, es decir, si realmente hacés zazen, que tiene que ver con un cambio de conciencia y es mucho más profundo que quedarte quieto. Es un cambio que se podría medir desde la neurología. En ese proceso de expansión que se da haciendo un silencio profundo aparece otra dimensión de la conciencia que no tiene que ver con el cerebro frontal; impactás y das un espacio de creatividad en todas las matrices colectivas que están en el mundo. Hay una tradición que se da por educación, pero también somos expresión de una información que circula en el mundo invisible. Más allá de nuestras personalidades está esa información y tiene que ver con una conciencia colectiva: no estamos separados de lo que sucede en Siria, Palestina o Francia. En el momento de la meditación es como si pudieras influir en la posibilidad de que esas matrices se expresen de otra manera, desde los espacios de libertad que tienen que ver con seguir el orden cósmico universal.

Para el neoliberalismo, la felicidad es una suerte de decisión personal, al estilo “meritocracia”. Pienso en el experto en felicidad del macrismo, por ejemplo. Para esta idea moderna pergeñada por el poder, que abreva perversamente de las tradiciones orientales, cada cual es artífice de sí mismx. El lado b es que a ningún individux el Estado le debe nada: ni protección ni amparo ni garantías. ¿Qué mirada tenés sobre esto?

–Es una falacia. Si te sentís unida a otros dentro de la misma existencia, es imposible pensar una felicidad para vos sola, a nivel personal. No estás separada de Siria. Esto que sale en los diarios es una expresión de la conciencia en un proceso evolutivo del que formás parte; por más que estés en un palacio o en una chacra, es difícil la felicidad. Podés tener momentos de dicha o expansión emocional o calma. En esa calma se encuentra mucho bienestar en el zazen, pero después salgo a la vida cotidiana y es difícil. Lo que estás diciendo es un recupero nocivo de la new age, que genera una idea de separación y no de unidad.

Sos astróloga también, ¿cómo se conjuga este conocimiento en tu vida y en tu práctica zen?

–Es interesante ver el reloj del universo y aprender de él. Mi práctica astrológica tiene que ver con aprender de ese ritmo. Me interesa mucho a nivel político mirar cómo se expresan las energías del cielo a nivel local y global. Y con las personas es interesante mirarse abiertamente, reconocerse en un espejo con más permisos; los arquetipos te abren el espacio para una visión más amplia. Creo en una astrología que te ayuda a volverte cada vez más responsable de vos misma.

En este momento sobre la carta natal de Argentina está habiendo tránsitos planetarios, movimientos, importantísimos, ¿cómo los interpretás?

–Como un proceso –o eso espero– de despertar, en el cual el mismo pueblo empiece a tomar conciencia de que los cambios sociales van a venir de salir a la calle y tomar decisiones. De tomar el poder; no se lo tenemos que dar más a nadie. La Argentina tiene una tendencia a proyectar en un salvador pero lo que está claro es que nadie nos va a rescatar. Es doloroso y triste lo que está pasando nacional y globalmente. En el mundo las grandes concentraciones de poder están dando su último manotazo de ahogado y dejando cada vez más afuera a una gran parte de la población. Es parte de un proceso hacia el despertar de una ilusión.

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Dosei Ariadna Labbate
Imagen: Gisela Volà - Sub.Coop
 
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