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Viernes, 22 de julio de 2016

COSAS VEREDES

Lista para embestir

La esgrimista Ibtihaj Muhammad será la primera atleta estadounidense en representar a Estados Unidos en los Juegos Olímpicos vistiendo velo musulmán. Un gesto de vital importancia, considerando la creciente islamofobia que se vive en su país.

 Por Guadalupe Treibel

A pocos días del inicio de los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro (aka Río 2016), primeros en ser celebrados en Sudamérica en la larga historia del multideportivo evento, las ansias de aficionados todos están a la orden del día, y no necesariamente por conocer a Vinicius, ágil y exuberante mascota gato-mono. En el caso de Estados Unidos, por lo pronto, su excelsa comitiva verá si logra continuar acaparando –más y más– oro, y vuelve a dominar la tabla de medallas como lo hiciera en la edición anterior, Londres 2012. El auspicioso pronóstico genera tanta ilusión como la participación de una atleta en particular, Ibtihaj Muhammad, cuya presencia en la delegación de USA marca un antes y un después. Así lo enuncian casi al unísono medios norteamericanos, genuinamente enfervorizados por esta esgrimista de 30 pirulos, estrella ascendente a la que ni Ellen De Generes se ha privado de invitar a su living televisivo. Hay, por supuesto, razones para el alboroto y la jarana: sucede que Ibtihaj Muhammad –una de las 100 personas más influyentes del mundo, según revista Time– será la primera mujer en competir y representar a los Estados Unidos en la mentada competición internacional vistiendo hiyab, el velo musulmán.

“La fe es extremadamente importante para mí, siempre lo ha sido. Mi hiyab me permite ser yo misma y que no me juzguen por elementos externos, como el pelo o la figura. Siento que posibilita a la gente concentrarse en otras cosas, como aquello que tengo que decir”, asegura la muchacha sobre el gesto que, además de desbancar mitos sobre las mujeres que eligen cubrirse (a menudo se les endilga apelativos prejuiciosos como “conservadoras”, “sometidas”, “sumisas”, se asegura erróneamente que no pueden practicar deportes, se dice que de ningún modo pueden ser feministas), es un golpe directo a la ascendente intolerancia en Estados Unidos. Finalmente, la magnitud del gesto la da un contexto teñido por la preocupante islamofobia que se vive en el país del norte, fogoneada por la retórica incendiaria y retrógrada del payaso republicano Donald Trump, que continúa equiparando refugiados con criminales y que promete vetar la entrada de musulmanes al país de ser electo presidente. Mientras, en la vereda opuesta, Barack Obama y la candidata demócrata Hillary Clinton, prudentes y conscientes de la malsana ola de intolerancia, evitan transformar la guerra contra ISIS en un conflicto entre culturas, en una persecución religiosa. Persecución que, de cara a los atentados terroristas y la crisis de los refugiados, también tiene fuerte asidero en buena parte de Europa (Austria, Bélgica y Holanda, en particular), donde –harto sabido– la ultraderecha ha capitalizado el miedo para reforzar su discurso xenófobo, que germina con fuerza en la ciudadanía local, incrementando la violencia racista…

A Trump, por cierto, Ibtihaj le ha dedicado varias palabras, declarado abiertamente que es un hombre peligroso, que podría retrotraer a la nación a su etapa más oscura, en tanto “está proveyendo una plataforma para el odio”. “Temo por las minorías de mi país”, confiesa Muhammad, solicitando que se recuerde “que la segregación racial no fue hace tanto tiempo”. Por eso, para ella no se trata solo de conseguir medallas de oro: se trata de “cambiar el preconcepto que muchas personas tienen sobre las mujeres musulmanas en un momento político difícil, que nos tiene en la mira”. “Si gente como Donald Trump lograse su cometido, no existiría la diversidad en nuestra nación”, esgrime la deportista, que ha tenido que embestir contra la ignorancia toda su vida, siendo discriminada por partida triple: por musulmana, por negra, por mujer.

Nacida en Maplewood, New Jersey, Ibtihaj (nombre que significa “alegría”) es hija de una maestra y de un detective especializado en narcóticos que incentivaron a sus cinco pimpollos a hacer algún tipo de deporte. ¿El motivo? Hacer lo imposible para aligerar situaciones de discriminación. “Era importante que formaran parte de la comunidad, y los deportes ayudan a la integración. Familias y vecinos se reúnen alrededor de sus equipos”, explicó en cierta ocasión su madre. De allí que una Muhammad niña se probara en distintas disciplinas: tenis, carrera, vóley… El inconveniente era siempre el mismo: al entrenar con velo, sus compañeros la señalaban y convertían en blanco de constantes burlas. A los 13 se topó con la esgrima, cuyo uniforme reglamentario no solo le permitió cubrirse acorde a sus creencias: también la hizo descubrir una vocación donde evidentemente descollaba. Así y todo, continuaron los disgustos: “Cuando era joven, la esgrima era un deporte para blancos en Nueva Jersey. No tenía modelos en los que fijarme. Cuando competía en torneos locales, habitualmente había comentarios sobre mi color de piel o mi religión”.

Sin embargo, la perseverante dama siguió adelante; consiguió una beca deportiva para estudiar en la prestigiosa Duke University; posgraduación, se dedicó full-time a entrenar; ganó medallas en torneos de alta competición; devino una de las mejores esgrimistas del mundo (está en el top ten); y ahora está por hacer historia. Para completar el panorama, no está de más recordar que, en 2012, se convirtió en la Muslim Sportswoman of the Year; y de un tiempo a la fecha, trabaja en iniciativas gubernamentales y de ONGs para empoderar a niñas y mujeres a través del deporte. También abrió una empresa de pilcha femenina que bautizó Louella, en honor a su abuela, donde se desempeña como diseñadora, pergeñando conjuntitos con intención: la de destronar la vetusta imagen de señoras y señoritas musulmanas, aggionando hiyab y prendas varias (túnicas, vestidos, etcétera) a los tiempos que corren. Sin perder el glamour, la elegancia; demostrando que el recato también puede ser chic. Una de sus líneas, por caso, se llama “Modestia”, y corre con lema a tono: “Todo es mejor con un velo”. Velo que, como dato final, recién ha podido ser parte del outfit de deportistas en competición los últimos años, cuando el Comité Olímpico Internacional o, en lo que a fútbol respecta, FIFA dejaron de prohibir su uso.

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