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Viernes, 22 de julio de 2016

VISTO Y LEIDO

Poesía que muestra los dientes

El segundo libro de la poeta Soledad Gómez Novaro les saca filo a las garras de las leonas, en femenino y en singular.

 Por Paula Jiménez España

Dentelladas es el segundo libro de Soledad Gómez Novaro, el primero salió a la luz en 2014 y se llamó Piezas crudas, era un texto potente que exudaba cierta desesperación y su tópico central era un animal que de golpe salía a morder, a morir o a matar (a escribir). En Dentelladas –que como el anterior sigue la línea de la prosa poética breve– aquel animal vuelve al ruedo, pero ahora tanteando la tierra firme, probándose en un mundo que lo desorienta, donde cada cosa (cada palabra) puede ser otra. Pero a diferencia de Piezas crudas, este animal es identificable: se trata de las leonas, en plural y en femenino. Son las hembras, las reinas de una selva donde todas portan la corona. Y ya sabemos lo que simbolizan: son las que muestran sus garras y defienden a las crías, a la tierra. Sin embargo, como si las mujeres tuviésemos la obligación de esconder a las leonas que llevamos dentro y no dar a conocer nuestra bravura, no sin ironía, Gómez Novaro hace que en Dentelladas las leonas a veces se oculten o aparezcan camufladas: “-No le digas a nadie que sos una leona. / Entonces yo era una casa”, dice. Como si lo opuesto a la lucha fuera la seguridad del hogar, ese lugar donde el lenguaje permanecería entre rejas, a salvo de toda irrupción desestabilizadora (la forma hipotética, “permanecería”, alude a lo que del hogar se espera y no a ese sitio real que es la casa donde, tantas veces, la propia lengua desobedece a la natal). El comienzo es un juego con bastante de ironía, otro de los recursos que esta autora mejor maneja; en él un mandato limitante cae sobre el yo lírico y dice: “No seas./ No pronuncies las púas, los vidrios rotos, los baldíos, la empalizada, los pies descalzos. / No seas. / No cuentes la sarna y la lluvia, las costras, el pan duro./ No seas./ No digas en la fiesta el alambre crudo, o el borde, o el afuera y la ropa descosida./ No seas. /No grites los perros flacos, el agua sucia, los días helados”. El ser es en este poema una bolsa llena de metáforas que el yo le ordena no sacar de sí (no vaya a ser que se torne ingobernable). Cuando escribe “no pronuncies las púas”, Soledad está diciendo no digas lo inconveniente, lo punzante, lo incómodo. Claro que hay una trampa, porque con esta orden de silenciamiento, lo que logra precisamente es hacerlo hablar. Y a lo largo de todo el libro lo hace, habla con un lenguaje delicado y contundente (vidrios rotos, baldíos, empalizada, pies descalzos, sarna, lluvia, costras, pan duro, etc) y va configurándose una abundancia de elementos muy útiles a los fines de un yo que busca esconderse tras ellos.

Otra estrategia de Soledad Gómez Novaro para desdibujarse es la contraria, darle al yo un lugar demasiado presente y protagónico. La repetición del pronombre “Yo” termina finalmente desalojándolo del discurso, como en este poema: “Yo fui casa sin jardín, por las espinas. Adentro dormían las leonas, siempre detrás de la reja. Y yo me deshabitaba. –Y no ilumines los rincones –me decían–. Mejor dormí. Y cerraban la puerta. Y me deshabitaba, sola. Y andaba por ahí con los vidrios rotos. –¿Y qué hacen las leonas sueltas? –me gritaban–. ¡A la jaula! ¡A la jaula! Y yo era un cuarto triste, lujoso y triste, sin jardín, por las espinas”. Y en este otro poema - ninguno tiene título –dice: “Yo dibujaba arabescos. Los dibujaba bien. Eran nítidos, casi de carne y hueso. Yo los aplacaba, pero poco. Tenían la voz fuerte y a veces se hacían jauría”. Los arabescos, aparentes antagonistas de las leonas en Dentelladas, son personajes hechos de lenguaje, pura línea decorativa cuya insustancialidad les permite asumir personalidades múltiples. A veces, tienen muy mal carácter e inhiben a las leonas y otras veces transvasan su identidad y se convierten en el yo que escribe: “–¿Qué son esos dibujos? / –Nada –contestaba yo y los escondía. / Hoy miro fotos de ese tiempo y yo era un arabesco. Nunca estuve”. El deleite, el goce, el erotismo que se deslizan en Dentelladas van de la mano de su gran belleza y musicalidad. Para ejemplificar una vez más cómo estas condiciones están reunidas en la poesía de Soledad Gómez Novaro, la cito en el poema final de este libro recientemente publicado por La mariposa y la iguana: “El campo me abrazó leona y salí en noche mordida de grillos. /Y fui en espiral, en caracol, abajo adentro hasta el estanque. / En el fondo el agua oscura brillaba dormida y despacio como brillan las ciruelas en la luz susurrada. /Dormía el agua repitiendo la noche en su canto de grillos redondo y lejos. / Bebí leona y desperté en mi nido profundo. Bebí el agua y la noche y fui la noche con ella./ Fui el campo y el vientre del río. Fui los bosques sin puertas, los pájaros breves. Fui el viento, el viento y su lomo mojado”.

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