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Viernes, 2 de septiembre de 2016

El sexo sin postre no es libre

 Por Luciana Peker

-Escribime esta noche –le dijo y la conquistó.

Putita Golosa prefiere los amantes inolvidables a los efímeros. Pueden ser fugaces, pero tener voluntad de indelebles. El que trae helado de maracuyá o dulce de leche con bombones de chocolate y dulce de leche (porque en el sexo la redundancia es sabia) o un chocolate con cajú que invita a relucir el filo para que la textura se muerda entre los labios. Putita Golosa saborea el dulce de leche por castas y quiere que el azúcar gruma entre la piel que hace de la boca territorio permitido para los mordiscos que apenas se rebalsan y la voracidad que hace del deseo puerto libre.

Los labios no necesitan abrirse para texturarse con un placer mordisqueado sin mapas, derretido al costado de la ruta, como si la lengua se quedara varada y sin remolque o se empecinara en dar giros sobre el pecho a lo ancho de su deseo. La nariz se respinga sobre las axilas que son la tierra prometida de una escalada veloz que no puede inclinarse sin saber que hay aullido entre los recovecos que prometen cobijo instantáneo bajo los brazos que pueden enredarse para que el cuerpo tupido pierda el aire sin medir su temperatura.

El sexo sin postre se atraganta en la garganta de cenicientas app a las que se les pide que encajen en zapatitos de sex shop y coman calabaza hasta clonarse naranjas y perecederas, sin dejar rastros ni deseos más que jadeos, a las que se las clava una vez con el cuerpo y otra con el teléfono vuelto segundo cuerpo en la obligación de silencio. La clavada de visto es azul como la pastillita para que el sexo rinda y es la entonación del silencio como barrida a todos los desplantes a la lengua que el sexo trae y que la obligación de indiferencia enmudece.

A Putita Golosa le gusta el sexo desmedido, no el sexito que contonea sus blindajes como un galardón esquivo. El sexo bien cogido puede ser fugaz, irrepetible, desconocido o perpetuo, pero se deja llevar hasta el rincón más recóndito de la felicité aullada sin francés, ni regulada entre tabulaciones calóricas y distancias prefabricadas.

A Putita Golosa le va el sexo con postre: la fiesta de las golosidades servidas como un banquete donde el mantel de las tentaciones esté dispuesto a las manchas de la copa morada sobre la mesa abierta o de la lengua que sana y salva el goteo de chocolate relamido como precuela de los cuerpos vueltos comensales a sus cartas.

Putita Golosa puede fingir su pelo domado en un racimo prepotente docilizado en una cola de caballo o ensortijado como quien da una sortija en la mano para que la vuelta de la calesita sea un pacto de suerte. No puede, quiere, que le indiquen un camino que conoce (sí, no es que sea Caperucita perdida en el bosque), como un pedido donde la cabeza se vuelve cuero y se arrodilla para erguirse.

Putita Golosa gira la lengua como una carrera sin metas y se apura, en cambio, a deslizarse por el cuerpo dado vuelta sin que la espalda termine con la boca abierta. Se vuelve perpetradora del placer que se asienta cuesta abajo, se hunde entre los dedos vueltos sexo y se deja llevar hacía una profundidad que no esquirla dominios.

Putita Golosa no desprecia los clásicos. Al pan, pan y al vino, vino se pide siempre, como los ritos que permiten a los cuerpos galopados por su propia historia saberse de memoria y relamerse entre los poros erizados de las tetas entronadas en lo alto como cerezas glaceadas de los jugos que hacen cliché con los sorbos de pajitas para las selfies. Pero también se deja llevar por soplidos que barren lo sabido y la reaprenden nueva sin atisbos de defensa ante el sí fácil de los muslos dispuestos a naufragar entre su propia tormenta.

–Escribime –dijo. Y el exotismo de los dedos libres de escribir y lamer su propio recuerdo la desclavó del visto como crucifijo moderno.

Putita Golosa no está lista cuando todo acaba: el sexo sin postre no es sexo. Al menos, no es sexo libre. La piel relame la verdad: acabar nunca es acabar si no se acaba dulce.

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