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Viernes, 2 de septiembre de 2016

CINE

Todo menos ingenuo

Brillante para algunxs y repetitivo para otrxs, el cine de Woody Allen se puede leer a través de sus personajes femeninos y de su itinerario personal.

 Por Marina Yuszczuk

Uf, Woody Allen. O mejor dicho, uf, Woody Allen a los ochenta años, niño mimado de New York a pesar de la vejez, con carta blanca en el cine para filmar lo que se le venga en gana. Generalmente, caprichos. De vez en cuando una película buena, pero cuya “bondad” reside más bien en apelar al encanto del pasado. Como Medianoche en París (2011) y Magia a la luz de la luna (2014), la última película de Woody Allen elige una época lejana -en este caso los años 30-para inocular en ella el tipo de humor judío-nihilista-burgués que el director desarrolló en los setenta y explotó sin variaciones por cuarenta años. Para lxs que disfruten de comentarios del tipo “La vida es una comedia escrita por un comediante sádico” como remate de una pequeña historia, Café society (2016) puede resultar una gran película.

No es que Woody Allen tenga mucho para decir, pero tiene a su favor la capacidad para incorporar en su mundo actores mucho más jóvenes y de generaciones y estilos de actuación distintos: Emma Stone, Owen Wilson y en este caso, Jesse Eisenberg y Kristen Stewart, se integran espléndidamente en las películas en las que Allen los dirige. Algunos, como Jesse Eisenberg en este caso, logran incluso armar un personaje que sea, claro, el sempiterno y mutante alter ego del director pero a la vez otra cosa. Café society es la historia de los desencuentros de una pareja, o más bien un triángulo: Bobby (Eisenberg) llega a Los Angeles desde Nueva York con la esperanza de que los contactos de un tío productor de cine le consigan un trabajo en el que hacer carrera. Ese tío (Steve Carrell) tiene una secretaria, Voonie (Kristen Stewart) que a Bobby lo captura desde la primera vez que ve sus ojos verdes. No es difícil entender por qué: como Olivier Assayas, Woody Allen cayó bajo los encantos de esa chica varonera, de dientes de conejo, voz grave y ojos alucinantes que cultiva un perfil de controvertida-rebelde-no me importa nada-intelectual-me gustan más las chicas.

Kristen Stewart encarna aquí uno de esos personajes femeninos fuertes en los que el cine de Woody Allen abunda: mujeres algo varoniles, como Diane Keaton en Annie Hall (1977), con mucha iniciativa, frente a las cuales el protagonista-Woody Allen-de-turno apenas puede balbucear, empequeñecido. El problema es que el tío de Bobby también la ama y por ella quiere dejar a su mujer, pero le da mucha culpa. Así dirán algunxs críticos que esta es la más autobiográfica de las películas del director, una especie de explicación tardía y no solicitada de sus sentimientos al dejar a Mia Farrow por una chica más joven, él que también se salió con la suya al poder continuar una carrera sin que las acusaciones de abuso sexual le hicieran mella (¿hará una película al respecto?). Es cierto que no se puede confundir el arte con la vida, pero en todo caso es notorio cómo ese pequeño universo neurótico y burgués que recorta el cine de Woody Allen, con sus pequeños complejos y culpas, siempre bonachón, se complementa en alguna dimensión no ficcional con una zona mucho más oscura, de secretos sórdidos y complicidades que protegerán hasta el fin la sacrosanta figura del “genio” en la que el director está instalado, pedófilo y todo.

Parecería ser que cuanto más acuciante se volvió el presente para el director, con una hija ya convertida en mujer que se animó a revelar abusos que por años se habían silenciado, el cine de Woody Allen no dejó de fugarse a un pasado siempre ideal, con brillos casi ingenuos. Así es Café society y en ella hay de todo: humor bastante burdo y reiterativo, buenos chistes, lindas escenas de amor, chicas hermosas con vestuarios en los que regodearse, problemitas de consciencia que para algunos tendrán cierto interés, y pese a todo, un destello genuino y memorable de melancolía por amores perdidos, en las miradas de Stewart y de Eisenberg, más verdadero que toda la cháchara de la que el director hizo su marca personal.

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