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Viernes, 26 de noviembre de 2004

TEATRO

abre tus ojos

Feliz cumpleaños, la obra del grupo Mascarazul que dirige Hugo Alvarez, indaga en la vida cotidiana de una niña que sufre violencia en su familia, una familia tan común como la de muchos espectadores, que al final de la función encuentran en el debate una manera de pasar ese nudo que queda apretado en la garganta.

Por Luciana Malamud

Adrianita tiene sólo 8 años. Sentada en la puerta de su casa en alguno de los barrios porteños, conversa con su muñeca sin nombre. Y sueña. La pequeña es víctima del maltrato familiar que no perdona a nadie, ni dentro ni fuera de lo que quisiera poder llamar hogar. Protagonista de Feliz cumpleaños, la obra del grupo Mascarazul dirigida por Hugo Alvarez, la niña devenida luego en adolescente, lleva una vida difícil, tal como la de muchos de los espectadores que se animan en el debate al final de cada función.
“La obra moviliza mucho. Más de una persona se sintió identificada con la problemática”, cuenta Hugo, con sus 70 años y una larga trayectoria en la defensa de los derechos de los niños a través del teatro. “Acá vienen víctimas y victimarios, y se emocionan por igual. Hacen catarsis y eso es muy sano.”
Es cierto. El saludo de los actores, con las luces encendidas, sorprende al público con lágrimas en los ojos y alguna reflexión. Aunque ni él mismo esperara esa reacción.
“Estos temas no siempre se tratan en la dramaturgia. El acento del trabajo no fue puesto en un estilo de teatro decorativo, de un realismo de distracción. Al contrario, apuntamos a conducir la mirada del espectador a los seres que habitan la escena con elementos teatrales que enriquezcan su comprensión y lectura”, explica quien cree que ya lloró suficiente (y no tiene vergüenza de repetir que lloró mucho) como para poder mirar la obra que dirige desde un lugar más firme y objetivo.
Feliz cumpleaños nació hace tres años, después de un viaje a Mercedes, el pueblo natal de Hugo en San Luis. “Surgió rescatando al niño que hay en mí. Generalmente la gente mata al niño interno, o lo guarda demasiado profundo. Creo que el lugar me inspiró y cuando volví empecé a garabatear. Incluso los padres de la nena son del interior, porque ella los llama el papi y la mami”, cuenta.
Por alguna razón, en el primer libreto el final se parecía más a una novela rosa. Adrianita se recibía de médica, se casaba con un buen muchacho y el único que moría era su padre. ¿Otra casualidad?
“Mi padre se suicidó cuando yo tenía 8 años, la edad de los chicos de la obra”, reflexiona. “En Mercedes, el suicidio era mala palabra. Esa era otra violencia más”, dice. “Mi infancia fue dura. Viví marginado, y entre mis primos siempre era el pobrecito que no tenía papá. Al año de morir mi padre, mi madre se casó con un hombre que era muy bruto. Y aunque tenía cosas maravillosas, hay palizas de mi vieja que no me olvido nunca.”
Posiblemente el texto, sin golpes bajos aunque con un mensaje claro y una puesta simple pero ingeniosa, haya sido una rendición de cuentas con ese pasado. “En realidad casi las últimas seis producciones teatrales han girado en torno a la defensa de los derechos del niño, porque tengo una actitud ideológica frente a la violencia y en particular de los chicos”, explica colando anécdotas personales y de las otras. En 1984, durante su exilio en Suecia, conoció a la escritora Alice Miller, autora de La infancia de Hitler, una obra que lo fascinó tanto como para sumergirlo en este mundo de violencia y psicología infantil. “La teoría de Miller decía que todo niño nace inocente, y la sociedad lo va moldeando”, dice sin ocultar su admiración por esta mujer que finalmente conoció en Estocolmo.
–¿Qué busca con este tipo de obras?
–Despertar conciencia, porque creo que el teatro es una pequeña tribuna. La violencia no es sólo un problema de castigo físico sino también de manipulación. Eso es terrible. La violencia tiene orígenes sociales, económicos, culturales. En los padres de Adrianita se dan todos. El cholulaje y la adoración por Marilyn y Hollywood, la xenofobia por los extranjeros, el desempleo. Y eso siempre se carga contra el más débil.
Siempre me conmovió el desamparo en que vive expuesta la niñez en el mundo. Parte de la intención es señalar el casi absoluto olvido de las autoridades, o de quienes dependen las medidas que se deben impulsar para lograr la protección de los chicos. El olvido está a menudo en los padres, que no tienen conciencia de las responsabilidades que no asumen. Los hijos siempre sienten algún tipo de admiración por los padres, por eso es tan fuerte la responsabilidad. Los padres ejercen un poder terrible.
–¿Por qué contarlo a través de los chicos?
–Si lo contara un grande, no creo que otro grande se solidarice con él. Pero el niño despierta ternura y todos se conmueven con la chiquita. Intenté abordar estas problemáticas en el género para niños y adolescentes, pero muchos se escandalizaron, entre ellos algunos críticos. Así que me pareció bueno dirigirme abiertamente a quienes tienen en sus manos las herramientas que puedan protegerlos. Advertirles de los riesgos de vida a que se expone a los jóvenes. Y despertar la reflexión sobre estos temas, que nos afectan profundamente como sociedad.
–¿Usted busca alguna reacción particular del público?
–No espero nada de ellos, les pido que hagan lo que quieran con el mensaje. En general le entrego una gran responsabilidad al público de los padeceres del país. Debemos luchar por una sociedad verdaderamente democrática, aquella que garantiza la comida, la educación. Somos un pueblo bastante antidemocrático, la izquierda y la derecha somos bastante autoritarios. En mis obras dejo una puerta abierta para que el público haga su interpretación.
–¿Se asesoró con especialistas para armar el espectáculo?
–En la primera obra convoqué a un psicólogo y nos encontrábamos una vez por semana con el elenco para mostrarle el trabajo y lo que nos estaba pasando. Yo como director necesitaba que el actor partiera de su propia historia para poder acercarse al otro. Mal puedo yo componer un rol si no me conozco a mí. Tengo que romper prejuicios. Empezamos a trabajar y fue muy importante, con situaciones de quiebre fuertes. En la segunda obra también. Pero después yo me sentía con una experiencia humana y personal de creer que no era necesario el psicólogo. Igual tengo una amiga psicóloga a la que le pido opinión.
Hugo hizo terapia, “pero no por mucho tiempo”. El logró revertir la historia y mantiene una buena relación con sus tres hijos, de los cuales dos son actores y uno músico. Por eso, sobre su propia experiencia, dice: “Creo en la vida y en la capacidad de salir adelante. Lo más importante es que, a diferencia de los que muchos creen, se puede cambiar”.

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