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Viernes, 27 de mayo de 2005

RESISTENCIAS

Gran hermano

Melina Barrientos era una buena empleada en la sección de electrodomésticos de una de las sucursales de Coto en Rosario. Le asignaban tareas de responsabilidad, valoraban su trabajo y ella respondía quedándose en su puesto, más allá de su horario. Pero todo terminó después de que su jefe descubriera que en sus días de franco, Melina hacía topless en una playa habilitada para eso. Cuidado, alguien te está mirando.

Por Sonia Tessa, desde Rosario

Si una mujer dispone de su cuerpo y decide hacer topless en una playa concurrida el día de su franco, es mejor que no salga en el diario, porque corre riesgo de perder su empleo. Aunque parezca mentira, es cierto. Le ocurrió el verano pasado a Melina Barrientos. Ella es una locutora de 27 años que trabajaba en el sector de electrodomésticos en la sucursal más grande de Coto en Rosario. Su foto en topless fue publicada en el diario La Capital del domingo 23 de enero, y pocos días después le impidieron entrar a trabajar. Ahora, Melina siente temor en las múltiples entrevistas laborales a las que concurre. Tiene miedo de contar por qué la echaron. “Es una especie de tribunal de la Inquisición, porque es una violación a la privacidad de cada ser humano”, consideró su abogada, Susana Treviño. Pese a la impotencia y a la angustia que confiesa sentir, Melina mantiene la presencia de ánimo. “El periodista que había hecho la nota me pidió disculpas, se sentía mal, pero yo le dije que no tenía por qué. Me siento libre de hacer lo que quiera, estoy contenta con la foto, me gusta hacer topless. Ellos son los que están mal, los que me despidieron por esto, no los periodistas que me entrevistaron o yo”, afirma con un ligero temblor en la voz, mientras se acomoda el largo cabello negro que insiste en caerle sobre la frente.

Siempre le gustó ir a tomar sol a una de las islas del delta del Paraná, frente a la costa central de Rosario. Hace dos años, sin darle demasiada trascendencia, se sacó la parte de arriba de la bikini y comenzó a hacer topless. El balneario es pequeño, fue bautizado por sus dueños como “playa Hanglin” --por razones obvias--pero son pocas las que se animan a sacarse el corpiño. Lo hacen sin las cámaras que sí lleva la playa Franka de Moria en Mar del Plata, y todos contentos. Una sola vez una persona hizo nudismo. Hasta que el jueves 20 de enero pasado, un periodista del diario La Capital llegó a buscar la nota, entrevistó a Melina y le pidió permiso para sacarle una foto. Salió en la tapa del domingo siguiente. A la tarde, cuando Melina fue a cumplir sus tareas al supermercado, hubo algunas bromas, alguna que otra chica le comentó con sarcasmo su osadía, y ese día el diario se vendió como nunca en el quiosco de la sucursal. “Fue un boom”, asegura, aunque también aclara que era muy difícil que los clientes pudieran identificarla. “La empresa no se vio perjudicada de ninguna manera” por su foto. El jefe de personal Ricardo del Carlo estaba de vacaciones.

Para Melina, el asunto estaba terminado. Pero no fue así, apenas su superior volvió de la licencia la amenazó: “Esa foto en el diario te va a costar el puesto de trabajo”, le dijo cuando se cruzaron en una escalera, en un diálogo sin testigos. El jueves 17 de febrero, cuando ella quiso ingresar a trabajar a las 7, se lo habían prohibido. Ahora se apresta a iniciar una demanda porque el despido –aunque se planteó sin causa– deriva en una violación de la vida privada, según estimó Treviño, de la Asociación Empleados de Comercio de Rosario. “Se trata de una violación a la privacidad, y en consecuencia a derechos humanos fundamentales”, indicó la profesional, quien inició las primeras medidas en el juzgado laboral de la tercera nominación de Rosario, a cargo de Eduardo Pastorino. “Reconozco que no tenemos testigos, pero en estos casos las personas con características de acosadores, jamás van a amenazar delante de testigos. Buscan el momento indicado para lanzar la amenaza. Eso está comprobado, es típico de todo caso de hostigamiento psicológico”, indicó.

“En mi rol como vendedora de electrodomésticos estaba muy bien, incluso tenía un jefe que desde hacía un par de meses me había asignado tareas de responsabilidad y estábamos muy contentos porque las íbamos logrando. Estaba en una situación estable, no sospechaba que por algún motivo me iban a despedir, al contrario”, relata Melina. Incluso, descree de la versión de los recortes de personal. “No me he enterado de que los estuvieran haciendo, y además yo tenía compañeros nuevos, seguramente hubieran optado por despedirlos a ellos”, razona. Refuerza su argumentación que no echaron a nadie más. La decisión de no dejar las cosas así, ni quedarse callada también tuvo sus costos. Por un lado, los compañeros fueron advertidos de que no se les ocurriera testificar en contra de la empresa, y muchos de ellos le hicieron llegar a Melina sugerencias para que deje sin efecto el juicio, porque ya cobró una indemnización. Hasta su jefe de sector fue obligado a negar que la había llamado para manifestarse sorprendido por el despido.

La pérdida de un trabajo es siempre un duelo, y aunque los despidos sin causa sean de lo más comunes en la Argentina de la precarización laboral, Treviño acota que están prohibidos por leyes supranacionales. Melina se siente ultrajada. Aunque son trámites comunes en los litigios laborales, los telegramas (la abogada acota que se trata de simples faxes, sin validez legal) la acusan de maliciosa, de faltar a la verdad y de hacer reclamos improcedentes. “Siento que todo el sacrificio que hice por dar al máximo, por ser eficiente, por hacer lo mejor posible mi trabajo, de quedarme horas de más, de hacer siempre horarios nocturnos, de tener mis vacaciones cuando ellos quisieran, no sirvió de nada. De un día para el otro se meten en mi vida y me dicen que me despiden porque no les gusta lo que hice. La verdad es que siento una impotencia terrible”, describe.

¿Qué hubiera pasado si hubiera sido un hombre el fotografiado en la misma playa? Treviño contesta: “El hostigamiento sobre la vida privada es mucho mayor hacia la trabajadora que hacia el hombre. En ellos se lo toma como algo más normal, más común, casi hasta gracioso, mirá qué vivo, fue a la playa nudista, qué canchero. En el caso de Melina no, ella no puede, no debe. ¿Qué estamos, en la Edad Media?” Melina no consiguió todavía un nuevo trabajo y ante cada nueva entrevista laboral se encuentra en la misma disyuntiva. “Tengo miedo de contar que me despidieron por hacer topless, porque sé que ya me perjudicó una vez con una persona que me discriminó y lamentablemente eso me marcó y me afecta”, afirma. Pero sigue reivindicando el control de su vida y de su cuerpo. La injusticia que sufrió Melina es para su abogada un caso emblemático, pero también asegura que esta clase de actitudes de las empresas no son excepcionales. “El hostigamiento es muy grande. Este caso es emblemático, porque es entrometerse en la esfera privada del ser humano. De ahí en más, la empresa puede meterse en la casa de las personas. Estamos cayendo en lo que sería Gran Hermano, entonces ponemos cámaras, micrófonos a ver qué hace la persona en su vida privada”, describe y agrega: “Sabemos que hay un control. Indudablemente que contra las mujeres hay un mayor hostigamiento, esto está comprobado por estadísticas y lo vemos en la gran cantidad de compañeras que vienen todos los días a plantearnos problemas”.

Melina está convencida de que volvería a hacer lo mismo. “No tenemos que permitir que violen nuestra intimidad, somos dueñas de nuestra privacidad, de nuestro cuerpo, de hacer lo que sintamos y liberarnos, siempre y cuando en nuestro lugar de trabajo estemos cumpliendo con las asignaciones que se nos han dado”.

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Gentileza La Capital
 
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