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Viernes, 1 de diciembre de 2006

EXPERIENCIAS

Escenario contra el abuso

Padre e hijo, Robert y Samuel Sjöblon, iniciaron hace casi 20 años una experiencia teatral –en el guión de la puesta trabajó la esposa de Robert, Ivonne– destinada a prevenir el abuso infantil ofreciéndoles a niños y niñas la posibilidad de identificar sus sentimientos, valorarlos y así romper el silencio. En la Argentina se presentó ante chicos y chicas de zonas vulnerables de Moreno y aunque al principio las escenas incomodaron, de a poco fue claro que la mayoría las reconocían.

 Por Luciana Peker

La chica es preadolescente, esa edad que hoy no se sabe bien cuándo empieza, pero sí que –a los 9, a los 11 o a los 15– está plagada de secretos, cambios, charlas interminables con amigas que son como la sombra y el sol al mismo tiempo y es esa edad en que las chicas son –o se sienten– demasiado grandes y todavía, también, son demasiado chicas. La chica que es preadolescente se sube a un colectivo. A ella no le molesta la gente, ni el ruido, ni el camino, ni el tiempo porque la preadolescencia lleva su mundo en su cabeza. Aunque no se dé cuenta, el colectivo está lleno. La chica esquiva la muchedumbre pidiendo permiso hasta hacerse lugar. Atrás suyo sube un hombre. Ella no lo ve, pero él sí. El no se hace un lugar, sino que se hace lugar hasta llegar a ella. Lee el diario. No lo lee. Hace que lee el diario. Y baja la mano por el caño del que también ella se agarra para encontrar el equilibrio entre los saltos y frenadas de un colectivo en tránsito. El la toca y ella baja la mano. Puede ser azar, la frenada, un encuentro incómodo pero involuntario. Eso piensa ella que quisiera enroscarse como un caracol o deslizarse por entre la montonera de gente. Pero aunque ella siga imaginándose invisible, él no frena. Sube su rodilla escondida por la multitud de rodillas y la sube hasta ella. Ella está muda. Y no sólo muda de palabras.

–¿Qué sentís? –le pregunta, para que el silencio no la deje inmovilizada Samuel Sjöblon, sueco, de 27 años, egresado de la carrera de innovación social en proceso de desarrollo y con más de un año de residencia en la Argentina, en castellano, perfecto y fluido. El se lo pregunta a la preadolescente, a la preadolescente que muestra en una teatralización de una escena real, incontable por incontada, pero también por repetida una y mil veces. La preadolescente que personifica la actriz Mónica Spada responde, frente a un público de chicos, chicas y preadolescentes:

–No quiero tener a este hombre pegado en el cuerpo.

–¿Y por qué no le decís no?

–Porque me da vergüenza, el colectivo está lleno y todos me van a mirar a mí.

–¿Y qué dice tu voz interior?

–Que le grite.

La escena, entonces vuelve, pero no sigue igual: cambia. En vivo y en directo, se vuelve activa. La vida, ahora, tiene posibilidad de rebobinarse y la chica hace lo que siente en vez de sentirse mal por no poder hacer nada.

–¡Si sentís NO decí NO! –le aconseja Samuel, en un consejo que se vuelve poder.

El hombre vuelve a subir al colectivo, a bajar su mano por el caño, a subir su rodilla escondida por la multitud pero en busca de una sola rodilla. Ella grita y grita: “Noooooooooooooooooooo”.

Entonces, el hombre, que era invisible por la pegatina de manos y pies y cuerpos superpuestos, retrocede y se baja balbuceando con furia “Eh, ¿qué te pasa?, loca, esta piba está loca...”

Los sentimientos tienen sentido

La escena es sólo una de las muchas escenas sobre sentimientos y abusos–que comienzan con cosquillas no queridas entre amigos, agujeros de aritos no deseados entre amigas y terminan con escenas de abuso sexual explícito en la calle y en la familia– y forma parte de la obra Sentimientos sí y sentimientos no, realizada por el escritor, director y actor sueco Robert Sjöblon y traída a la Argentina –con el apoyo del Swedish Institute in Stockolm–, junto a su hijo Samuel, que ofició de traductor y coordinador del evento, para el II Festival Nacional e Internacional de Teatro para Niños y Adolescentes, que se realizó en octubre en Buenos Aires.

La obra –que tiene forma de una dramatización intervenida por el coordinador y las respuestas de los espectadores– nació en 1992 en Suecia. El guión lo crearon Robert y su esposa, Ivonne Sjöblon –doctora en Trabajo Social–, que después de conocer muchos casos de abusos sexuales le propuso a su marido escribir una obra que pudiera servir como herramienta de prevención en las escuelas. El proyecto se puso en marcha con el auspicio de los ministerios de Salud y Educación de Suecia y se convirtió en un manual, representado en vivo, sobre situaciones de abuso de poder en la calle, las familias, la escuela y cómo actuar frente a los abusadores con el objetivo de que los chicos y chicas puedan reconocer como delitos los abusos contra ellos y pedir ayuda para salir de esas situaciones. Durante los años que lleva mostrándose en las escuelas suecas, Sentimientos sí y sentimientos no (que tiene como regla contar con la presencia de una trabajadora social especializada en el tema) lleva un registro que indica que en casi todas las funciones surgieron casos de chicos o chicas que, a partir de la visualización de escenas que les resultaban cotidianas, pudieron contar y denunciar la violencia contra ellos que, hasta ese momento, no podían o no sabían cómo enfrentar.

Fotos: Juana Ghersa

En la Argentina, Sentimientos sí y sentimientos no se dio en la Universidad Popular de Belgrano, el 20 de octubre pasado, ante un auditorio de treinta chicos, de 6 a 16 años, de escuelas vulnerables de Moreno, traídos por la Asociación Razonar, que trabaja en la defensa de los derechos de los niños. Al principio, se callaban o reían, pero después sus palabras empezaban a mostrar dolor, furia, miedo, pero nunca extrañeza. “¿Conocen casos así?” o “¿Vieron alguna vez una escena parecida?”, preguntaba Samuel y la respuesta era sí, siempre sí. El abuso es una realidad. Pero hay otras maneras de frenarlo. De mirar para poder no tener que mirarlo más. Samuel interpela: “A las brujas les decían que fabulaban y a los chicos abusados les dicen lo mismo. ¿Queremos vivir en el mundo de la Inquisición o en un mundo mejor? Por eso, aunque no sea un tema fácil, los padres y docentes deben preguntarse: ‘¿A quién queremos ayudar?’ ‘¿A los chicos o a los abusadores?’ Ahora ya sabemos que los abusos sexuales se repiten y que si no frenamos esto ahora los abusos sexuales se van a seguir replicando y multiplicando en el mundo”.

Samuel oficia de hilador de la historia (que en la Argentina representaron los actores Mariano Miquelarena y Celeste Martínez, además de Spada), el texto y los espectadores (casi siempre alumnos y docentes). Las escenas se muestran, se frenan y se vuelven a re-generar con otro final. Se pone una pausa para hablar con los chicos y chicas y llegar a una conclusión que gira la historia. Esa es la dinámica hasta que, al final, la obra, también, ofrece algunas pautas. La primera de esos disparadores concretos es que existen sentimientos sí (positivos) y sentimientos no (negativos). Los chicos llegan a la conclusión de que un sentimiento sí es atajar un gol o ver una película y un sentimiento no es que los tengan que operar, caerse de la bici o que se les muera un perro. Samuel también explica que los sentimientos pueden ir cambiando (una amiga le presta una remera a una chica y ella tiene un sentimiento sí, pero después la amiga le quiere hacer un agujerito en la oreja con una aguja caliente y ella tiene un sentimiento no) e incita a que los chicos expresen su voz interior. La primera metáfora de la obra, entonces, es que los sentimientos propios son importantes. Y, además, que no todo contacto personal o humano es negativo. El objetivo no es educar a una infancia atemorizada, sino hacerles sentir a los más chicos que tienen derecho sobre su cuerpo.

La obra se desarrolla con diferentes situaciones (un vecino que simula enseñar a andar en patineta a un nene y le toca sus genitales, un vecino que quería invitar a ver películas a una nena y cuando la mamá va a verificar que esté todo bien ve que él realmente tenía ganas de prestarle DVDs, una chica que es engañada en un parque por un hombre que simula necesitar ayuda para abusarla, etc.). Y termina con tres preguntas para que los espectadores se hagan en situaciones concretas de duda o incertidumbre:

–¿Siento que sí o siento que no?

–¿Algún adulto o alguien que yo conozca sabe a dónde me estoy dirigiendo?

–¿Hay en ese lugar (al que voy) alguien que me pueda ayudar si tengo algún problema?

Estas preguntas para tener en cuenta forman parte de empezar a dar respuestas, herramientas y fórmulas concretas a ese miedo cotidiano que se transforma en fantasma si no se lo enfrenta. El abuso no es cuento. Pero el teatro, la imagen, los textos pueden dar respuestas –esta obra es una de las respuestas posibles y no la única– para que los chicos puedan saber cómo defender su cuerpo y poner en palabras sus sentimientos. Sentimientos sí y sentimientos no es una buena manera de empezar a mostrar que el abuso existe y se puede frenar. Con palabras. Y gestos.

De Moreno a Estocolmo

“Sabemos que el contexto sueco es muy distinto al argentino”, repara el escritor Robert Sjöblon cuando, después de la función, se presta a un diálogo con docentes y trabajadoras sociales. Gladys Villalba, coordinadora de la Fundación Razonar, de Moreno, le muestra causas judiciales de nenas abusadas, le habla de una Justicia que traba o a la que traban cuando quiere frenar el abuso. Gladys le habla de esa tierra en donde el abuso se multiplica hasta parecer natural o imparable. Y en donde la palabra prevención se corta antes de poder terminar de atender urgencias. Robert se alarma, pero también empuja: “No se crean que tampoco fue tan fácil en el ‘92. Nosotros también tuvimos dificultades para hablar sobre el tema. Pero hay que insistir en fortalecer la autoestima de los niños para prevenir los abusos de poder. El silencio es lo mejor que les puede pasar a los abusadores. Para los chicos, en cambio, siempre es bueno saber hablar de esto y tener en claro, por ejemplo, la diferencia entre un secreto bueno (no decirte que te voy a comprar de regalo de cumpleaños) y un secreto malo (como un abuso). La sociedad debe contestar esta pregunta: ‘¿Ayudamos a los abusadores a seguir o a los niños a decir no?’. Yo tengo en mi corazón a este proyecto porque sé que puede seguir generando cambios”. En Moreno ya empezaron a hacer obras con títeres. Ahora quieren agregar gente y cuerpos. La prevención debe continuar.

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