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Viernes, 1 de diciembre de 2006

URBANIDADES

Las grandes verdades de R.H.

 Por Marta Dillon

Hace unas cuantas semanas, no puedo calcular cuántas –tal vez haya algo de negación en esto–, que la experiencia placentera de leer los diarios del domingo abusando de la bendición de las mañanas que se estiran entre mimos y desayuno ha comenzado a ajarse, más bien a atragantarse en cierto punto concreto de ese pasar de páginas imposible de abandonar para una periodista adicta como es esta servidora. Resulta que desde que La Revista del diario La Nación cambió su formato, también incorporó entre sus columnistas –bah, hay dos, Enrique Pinti y el señor de quien nos ocuparemos en esta página– a Rolando Hanglin, multipremiado conductor de radio y gozoso expositor de su vida privada. La columna de marras se titula “Pensamientos incorrectos” y parece que esa aclaración le diera permiso al autor para decir toda clase de pavadas. A saber:

“El que sí se deprime es el pobre. No puede educar correctamente a sus hijos. Recibe un salario escaso. Se siente en falta ante su mujer, que –secretamente– desprecia un poquito a ese buen hombre incapaz de triunfar. Y ella tampoco era la más linda del barrio, ni la más talentosa. Por eso vive la amarga experiencia de no ser nadie. Los dos se sienten poca cosa” (Diez grandes verdades, 19 de noviembre).

“(...) cuando ella ama, sigue las indicaciones del amante, aunque sean disparates, porque disfruta obedeciéndolo. Además, quiere verlo feliz, y este sentimiento impregna el alma de toda mujer, le da forma y sentido a su existencia” (Por qué la mujer siempre obedece, 26 de noviembre).

“(...) Serán los únicos sobrevivientes. Los mandones, los celosos, los agresivos, los machistas del siglo pasado. (las mujeres) Amamos el poder. Amamos al hombre verdadero. Amamos al hombre que nos hace temblar de miedo”.

“–¿Todas iguales?

–No, claro. Hay chicas de barrio, o de pueblo, hay muchachas africanas o iraníes o palestinas o lituanas que no tienen la menor idea de todo esto”

(Malo, malo, malo, 12 de noviembre de 2006).

Creo que para muestra, alcanza, pero debo confesar que no ha sido fácil seleccionar un párrafo ya que, en general, las columnas no tienen desperdicio. Son una muestra cabal y bien montada de la misoginia y el desprecio por la diversidad de quien escribe (incluyendo en diversidad a “el pobre”, según la lógica del autor). Y por supuesto de quien edita y ha elegido situar al columnista en la última página del apéndice dominical, a sabiendas de que todas las revistas se empiezan a leer tanto desde adelante como desde atrás, sobre todo este tipo de revistas que tienen en el horóscopo (ubicado en las últimas páginas) buena parte de su atractivo.

He intentado que las perlitas de R.H. no me hagan mella, incluso he intentado no leerlas y hasta he redoblado la dosis de café con leche cuando la curiosidad me obligó a hacerlo. Cada domingo de estos últimos me convencí de que era en vano dedicarle tiempo y espacio a tan mala literatura. Y sin embargo aquí estoy, citando sus textuales, removiendo el cuchillo en la llaga, preguntándome cual señora gorda cómo puede ser que alguien escriba, además de lo ya citado, que las prostitutas son mujeres cercadas por la haraganería, que los hombres necesitan dinero para cubrir a sus mujeres de diamantes, que desobedecer al hombre no es un acto de autonomía si no de desamor y que, en fin, el sexo es un “comercio” en el que las chicas estamos para servirlos (cualquier otra opción y/o combinación no existe). Pero esto no sería nada si el hombre no recibiera premios cuál eminencia, incluso de la escuela ETER que dirige Eduardo Aliverti y que se supone que reúne a alumnos con ánimo de hacer radio desde una postura no complaciente con el sistema, o al menos desde eso tan amorfo que se da en llamar progresismo. Entonces, digo, ¿por qué no llamarnos a la reflexión?, ¿por qué tolerar los exabruptos de este señor que no tiene nada de bello pero que se da el gusto de decir que la inteligencia de las mujeres se traduce en una textura del pelo o de la piel? Sinceramente, no tengo demasiadas palabras, o mejor, las palabras sobran. Si Hanglin hablara tan livianamente de negros o judíos, supongo que ya habría habido voces que lo señalaran por xenófobo o antisemita y lo hubieran puesto en caja más temprano que tarde. Lo que dice sobre las mujeres cada vez que puede no genera el mismo espanto –asumamos que no es el único, tal vez es el más desfachatado, por eso de jactarse de su incorrección–, tampoco lo que dice de “el pobre” (la pobre parece apenas un apéndice a quien no pudieron cumplirle sus caprichitos). ¿Será porque la incorrección de R.H. está naturalizada? ¿Será que es un chiste y yo soy tan amarga que no alcanzo a reírme? Hay tareas ingratas en esta vida, en mi caso, que voy a hacer, creo que me toca la de poner una nota de alarma. Por hacer un llamado a la reflexión antes de entregar premios así como así que validan que livianamente el señor maduro haga catarsis de sus odios personales sentando como verdades una serie de paparruchadas que bien podría dejar para su diario íntimo.

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