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Viernes, 1 de diciembre de 2006

LA VENTA EN LOS OJOS

La elección de las axilas

Cuál es la parte que más te gusta de mi cuerpo?” le pregunta una chica a su novio. Los dos parecen estar tomando sol en una terraza divina. Y la chica es joven y divina. A decir verdad, la publicidad no innova en el modelo de mujer joven y divina. Por eso, la pregunta también puede parecer un cliché. Pero es más que eso. “¿Cuál es la parte de mi cuerpo que más te gusta?” es una pregunta real (aunque de esa realidad en donde el amor se hace después de hacerse en conversaciones en que se desmenuzan los poros, con los poros bien, bien abiertos). “¿Cuál es la parte que más te gusta de mi cuerpo?” forma parte de esa margarita que las personas deshojamos en la intimidad de nuestro imaginario, de ese lugar privado –aunque compartido– en donde el amor se vuelve un rompecabezas de pieles plegadas que generan la oruga del enamoramiento y de secretos confesados como pecados aunque se trate del odio al grosor de los tobillos o del amor a la revuelta de las pestañas.

En tiempos en donde del cuerpo importan sus números (kilos, índice de masa corporal, altura o, incluso, número de orgasmos o multiorgasmos) los pliegues del cuerpo son como una poesía olvidada, como la textura propia que nos vuelve diferentes o únicos: los dedos del pie que no terminan de cerrar, el lunar justo debajo de los pechos, la cintura chiquita aunque la cadera indique un XL, los ojos tornasolados en miel por la luz del sol, el pelo sedoso aunque peine canas. El cuerpo es más que el cuerpo exigido para tener buen cuerpo. El cuerpo es secretos, rincones, piezas únicas, piel, pies, sentidos.

En la publicidad, la joven –divina– le pregunta al novio –divino– qué parte de su cuerpo le gusta más. “¿Esta?”, consulta y mueve sus piernas –divinas– en bicicleta. Sigue participando y candelea su cola. ¿Divina? Sí, nadie podría decir que su cola es fea. Pero no es favorita. El responde con su cuerpo que busca, que toca, que descubre y elige sus axilas. Las axilas están, por supuesto, depiladas, por supuesto, son las axilas de una chica divina y, por supuesto, la publicidad que revaloriza a las axilas es de un desodorante que se promociona por brindar un cuidado suave y no alejar al amante del punto G de las cosquillas (¿puede no ser mágica una parte del cuerpo que basta con acariciarla para que lance risas?). Las axilas son casi –casi– como ninguna otra parte –o como otras que las mujeres también tenemos como secretos atrapados en cavidades propias– una zona donde el tacto dice más que cualquier otro sentido.

Por eso, la promoción sí innova en valorizar el cuerpo escondido como cuerpo estallido, como cuerpo latente, como cuerpo elegido. El cuerpo no sólo es el que se ve, el que se muestra, el que se viste, el que se cuida. También es el cuerpo propio, innato, privilegiadamente propio, secreto, hasta que los brazos se alzan para rendirse a la barrera en alto de compartir los secretos. Un hombre que elige las axilas. Una mujer que sabe que debajo de su cuerpo hay más cuerpo del visible. Son símbolos –la publicidad lo es– que abren la posibilidad de entender que el cuerpo es más que imagen. El cuerpo es cosquillas.

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