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Viernes, 3 de julio de 2009

MONDO FISHION

El homenaje a Kouka en las pasarelas de Berlín

 Por Victoria Lescano

Con 39 kilos y apenas 15 años, la modelo argentina que se autodefine “la última mannequin vedette de París” se marchó del barrio porteño de Flores directo a París luego de ganar el concurso de un periódico de la colonia francesa en Buenos Aires.

Su debut en la alta costura se produjo en 1950 junto a Hubert de Givenchy; continuó con una década en las cabinas de Christian Dior y finalizó con Thierry Mugler, donde ocupó el cargo de directora de alta costura hasta 2002. Además impuso un extraño modo de transitar la pasarela con coreografía de pies y cintura avispa, y su célebre corte a la garçonne –precedido por largas trenzas al estilo de las pampas– que fue esculpido por el peluquero Alexandre.

Esta semana, el rescate de la figura de Kouka volvió a las pasarelas europeas, desde Berlín y con el sello del diseñador Pablo Ramírez, quien –el miércoles y durante la semana de la moda de esa capital, sponsoreada por Mercedes-Benz– mostró una colección de vestidos para el verano 2010 en tributo a la elegancia clásica titulado “Homenaje a Kouka, la última mannequin vedette”. La campaña de moda de Ramírez protagonizada por la modelo argentina Mariana Schurink –estilizada para la ocasión con peluquita, emulando a la de la mítica modelo y en un set decorado con columnas y arpas– fue fotografiada por Gabriel Rocca.

En una entrevista concedida por Kouka –ahora radicada en Buenos Aires, donde viven sus hijas y sus nietas–, me dijo sobre sus comienzos en la moda: “Nunca había salido a ninguna parte del mundo, vivía frente a la plaza Flores, pero un día me vio el modisto Jacques Dorian, conocido de amigos de mamá, y me dijo que le gustaría enseñarme a posar, pues de ese modo podría pasar un vestido en alguna de sus colecciones. Transcurridos seis meses de ese aprendizaje, supimos que Le Quotidien, un periódico de la colonia francesa en Buenos Aires, buscaba a una chica elegante para mandar a París por quince días. Con la ayuda de Jacques, quien me prestó vestidos de noche y me dio instrucciones sobre cómo llevarlos, sentarme y caminar, pasé una serie de tres castings en el Club Francés de Buenos Aires y resulté ganadora. Dio la casualidad de que a los tres días de mi llegada a París se hacía la fiesta anual de la haute couture, a la que asisten los fotógrafos, los creadores, las mannequins y cover girls de todo el mundo, y ése fue el principio de todo. Durante los primeros seis meses viví en casa de los hijos del escritor Paul Claudel, trabajé para Hubert de Givenchy y luego me robó la casa Dior, justo cuando ingresó Yves Saint Laurent.

¿Cómo eran las escenas cotidianas en las cabinas de alta costura de Dior?

–Debía permanecer en la casa de modas entre las siete y media de la mañana y las cinco de la tarde, porque tenía treinta y tres trajes diseñados para mi cuerpo. Fue por eso y para no perder tiempo en viajar que llegué a vivir en un departamento de la avenue Montaigne, justo enfrente de Dior. Las cabinas de alta costura terminaron en simultáneo con mi contrato de exclusividad, pues el prêt-à-porter empezó a cobrar protagonismo y la gente empezó a pensar cómo podía vestirse para salir en la mañana y poder ir directamente a un cóctel.

¿Cuáles son sus anécdotas favoritas de esos años en el ojo de la tormenta de la moda?

–Durante la década en que tuve contrato de exclusividad con Dior, recorrí el mundo llevando sus diseños. Fui la primera mujer en entrar a Rusia cuando se levantó la Cortina de Hierro, y lo hice vestida con un traje de gasa y muselina, pestañas postizas cual Betty Boop y maquillaje de polvo de arroz. Fue toda una conmoción, y me dedicaron un libro de cuentos de un autor ruso. A ese souvenir como a otros tantos, las portadas para Vogue y Harpers Bazaar tomadas por Avedon, los guardo en una maleta a la que llamo mi caja negra. Llegué a conocer a Jackie Onassis, a Churchill y a De Gaulle. De todos, Diana Vreeland, la célebre editora de modas de Vogue, fue el personaje más cautivante; nos presentó Eileen Ford, quien me representaba en los Estados Unidos. Recuerdo especialmente una sesión de fotos que ella pautó con el fotógrafo Ernst Hass, quien fue revolucionario por sus tomas en movimiento y el uso del color. Diana me advirtió que él era muy exigente, de modo que fui a la sesión sin maquillaje, como hay que ir a los castings. Tan pronto como entré, él empezó a mostrarme una colección de figuras rusas que cubrían las paredes de su estudio y yo le pregunté por el significado de ellas. Durante la charla me fotografiaba y de repente anunció que habíamos terminado, y al irme me regaló una pieza de su colección. Me marché pensando que Hass no me había encontrado atractiva, y cuando se lo dije a Diana me contó que había sido un plan de ella para tener fotos mías más caseras. Otra sesión memorable fue con Richard Avedon: debido a una foto que él me tomó en 1970, me llamaron durante un tiempo “la cara” y la foto ganó un Premio Internacional de Fotografía.

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