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Viernes, 19 de febrero de 2010

Entre el cielo y la tierra

Dueña del último premio Cannes a mejor actriz y de un disco nuevo donde explora cómo es vivir cuando podrías haber muerto, Charlotte Gainsbourg es una artista total que rinde homenaje a su linaje con experimentación y creatividad.

 Por Guadalupe Treibel

2007 fue un año extraño para la estrellita europea Charlotte Gainsbourg: Se enteró que –de milagro– estaba viva. Haciendo sky náutico, había sufrido un accidente “inofensivo” que le causó un coágulo en la cabeza. Claro que ella ni se lo imaginaba. Se avivó después, mientras se hacía un chequeo por jaquecas fuertes. Resonancia magnética mediante (IRM, en francés “acotado”), llegó la noticia de la sangre acumulada en la cabeza (fatal o, al menos, paralizante), la intervención en un hospital parisino y la recuperación.

Claro que el fantasmita de “pude haber muerto” seguía revoloteando por la cabeza de la actriz (y cantante). Entonces, la verdadera purgación cobró la forma menos esperada... Catorce canciones, un disco y un videoclip que exploran lo obvio: la vida después de la –potencial, posible– muerte. O, en sus propias palabras, la intentona de “encontrar una intención poética que hiciera referencia a la memoria, a los recuerdos y a la propia muerte”. Amén.

Desde el vamos, el corte difusión es claro al respecto: “El cielo puede esperar”, canturrea en el track cinco de “IRM”, el disco ¿tributo? al estudio que le salvó las papas del fuego. ¿Otra? “Me voy a tomar un tiempo antes de ir bajo suelo” (Dandelion). Más claro, echale agua.

“Empezamos con ‘Master Hands’, que tiene algo de sonoridad africana, y luego hicimos ‘In the End’, que es más melódico y tranquilo. De ahí pasamos a ‘Heaven Can Wait’, que es una canción pop más clásica. Es decir, ya en la primera sesión nos movimos en tres distintas direcciones musicales”, cuenta sobre el proceso la artista de raza. Pero ¿por qué el plural?

Pues porque para llevar adelante el disco, Gainsbourg se “asoció” al músico yanqui Beck, quien ofició de pata de dúo (en algunas canciones), de cocompositor y productor. ¿El resultado? Ecléctico y sombrío, sensual, sensible. No sólo hay una Charlotte que se derrite a susurros anglo/franceses; también hay aporte de ¡ruido de resonancias magnéticas! (“el sonido del delirio”, según ella), violines mutantes (del romance a la oscuridad) y búsquedas musicales varias. Con geniales resultados, dicho sea de paso.

El trabajo la sacó de sus “pequeños sufrimientos” en un período frágil. El sistema era ¿sencillo?: Beck la obligaba a escribir, a seguir algún ritmo, a aportar palabras y él “simplemente adivinaba qué tema quería cantar”. Claro que, para hacerlo, el músico quiso buscar sonidos propios, que diferenciaran a Charlotte de su padre –Serge Gainsbourg, el prócer infame de la chanson française y adorado antihéroe nacional–. Cosa difícil, si la habrá, en tanto no hay género que papá G. no haya recorrido: reggae, jazz, rock orquestal o percusión africana, según enumeración del mismísimo Beck.

Con todo, algo es seguro: Charlotte sabe elegir sus partenaires. En su disco anterior, 5:55 (2006), se valió de las colaboraciones del pulposo Jarvis Cocker, los muchachos de Air y Divine Comedy y el productor de Radiohead Nigel Godrich. El resultado entonces fue un cancionero de imágenes sólidas y pop sofisticado, que le valió el disco platino en Francia. Aunque, en honor a la verdad, su lanzamiento en Estados Unidos no se sumió en la misma gloria. Cosas que pasan... Pero ¿por qué ese título para el LP? En palabras de la artista: “Es una hora específica que se relaciona con el rimo de las palabras y vinieron con la canción. La noche era importante como tema principal del álbum; también los sueños, el aislamiento y viajar”.

Claro que ese amanecer no fue su primera incursión en la música. Como toques coloridos, la europea había hecho la introducción “hablada” del tema “What it Feels Like for a Girl”, de Madonna, en 2001. También había colaborado con los vocals del álbum Have You Fed the Fish, de Badly Drawn Boy, en 2002.

Pero ni siquiera esa fue la génesis de la cantante. No. La historieta, conocida por muchos, tuvo su parto en la adolescencia de Charlotte. Y mucho tiene que ver con su árbol familiar. Quizá el ADN haya ayudado a promover uno o varios intereses; la genealogía, sin más, marca la topetitud genética.

Es que en 1969, papá Serge cantó junto a mamá Jane Birkin la orgásmica “Je t’aime... moi non plus”. Dos años más tarde, ¡pum! El “Yo te amo / Yo tampoco” se volvió una beba llamada Charlotte, la misma que –a los 13 años– entonaría con Gainsbourg el incendiario y sugerente “Lemon Incest” al son de “Te amo / Te amo / Te amo más que a nadie”. La controversia, a la orden del día.

Entre humo y camisa azulada de videoclip, los rasgos prepúberes de la hija del cantor y la actriz dejaban entrever el delicado porte francés, esa no evidente y sutil belleza distintiva. A creer en el glamour innato... o reventar. Sobre sus progenitores, la muchacha bajó estela definiéndolos como “modestos y normales”, asumiendo una vida burguesa entre clases de piano, música clásica, literatura y escuela pupila.

Con todo, los pasos estirados llevaron a esta mujer lunga de pelo lacio y mentón pronunciado a alimentar una carrera a puro nombre propio. Especialmente en cine y más allá del linaje. Aunque, en verdad, la propia muchachita haya admitido que su madre le contagió el placer de ser filmada. ¿Y a mamá Birkin? Posiblemente la abuela Judy (Campbell), también actriz.

Jovencísima, la pantalla grande recibió a Charlotte en 1984 con el film Paroles et musique, de Elie Chouraqui, donde compartió cartel con Catherine Denueve (su “madre” en ficción) y... Christopher Lambert. Al tiempito llegaría Charlotte for ever, el film de papá Serge que protagonizaron juntos, con soundtrack escrito por él para que cantara ella. Un debut musical por demás... cinematográfico. Mientras, sus demás trabajos primerizos iban desatando una sexualidad precoz en filmina. ¿Ejemplos? L’effrontée (1985), por el que recibió el laurel Cesar como Joven Actriz más prometedora; La petite voleuse (1988); Merci la vie (1991).

Finalizado el ataque ochentoso, la década infame la paseó por títulos de los más variados: desde la adaptación del clásico de clásicos Jane Eyre, por Franco Zeffirelli, hasta La Buche, film que le valdría otro premio Cesar (esta vez, como Actriz de Reparto). De los cuarenta títulos que suma, entre mini series y películas, fueron los menos... europeos, los que la llevaron al reconocimiento más público y global. O sea, norteamericano...

Como esposa de Sean Penn en 21 gramos llegó a Hollywood; como pretendida de Gael García Bernal en la extraña y surrealista Soñando despierto, de Michel Gondry, sumó un poroto. Y el rol de compañera de uno-de-los-Bob-Dylan en I’m not there, la interpretación libre de Todd Haynes de la vida del músico norteamericano, le valió varios platos de lenteja. Al respecto, la Gainsbourg concedió: “La filmación no duró mucho, fueron tres semanas, pero fue un personaje tan triste y solitario que lo disfruté de una manera casi masoquista. Están muy presentes en mi memoria el film, la canción, mezclados con recuerdos felices y recuerdos horribles”. Gracias por el limón, sensación agridulce.

En 2006, en plan más feliz, se le animó a la comedia romántica en la francesa Mi novia Emma, haciendo de bohemia desprejuiciada, de madre potencial que quiere adoptar, que se enamora, se confunde, que juega a ser... Pero la consagración avistadetodos (con paparazzis revoloteando y fotos en topless) le llegó en los últimos premios Cannes, donde el film de Lars Von Trier Antichrist –que revisita el género de terror para hablar de una burbuja burguesa que explota por la muerte del hijo en un accidente doméstico– le valió el galardón de Mejor Actriz. Enhorabuena.

“Nunca había vivido algo tan fuerte”, contó sobre la filmación en manos del danés creador del Dogma 95: “Nunca me habían pedido ir tan lejos”. Pero, claro, a Charlotte nunca le han gustado las “cosas obvias y aburridas”, como ella misma definió en una oportunidad. De ahí que... “Todo el sufrimiento, el llanto, los gritos, todo me excitaba”. Gainsbourg se dio de lleno a la experiencia, dolor físico mediante: “Quise hacerlo de esa manera”.

Sobre los rumores y críticas acerca de la supuesta misoginia del film, ella misma se encargó de descartar las dudas, diciendo que –en su humilde opinión– el propio Lars tiene parte de su personaje, del rol femenino. “Creo que yo lo estaba interpretando a él”, definió con claridad. Y agregó: “Claro que están sus temores sobre las mujeres, pero es por lo que lo considero tan fascinante”. Habrá que esperar al estreno y desechar lecturas prejuiciosas. O validarlas, quién sabe.

Con todo, esta artista de cepa, provocadora, provocativa y madre (de dos), sensible y altiva, francesita y londinense, se vuelve a entregar de lleno. Desde la canción, le pone el pecho a las balas (o, mejor dicho, a los accidentes en el marote). Desde la actuación, a una de las siempre jugadas y viscerales historias de Lars Von Trier. Y no sale bien parada de las intentonas: sale a los brincos, tomando un poquito más de distancia del resto de los mortales. Para ella, el cielo no puede esperar porque cada canción o escena se vuelve nube. Así, ¿quién quiere ir al infierno? Un hurra a las delicias celestiales.

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