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Viernes, 11 de junio de 2010

PERFILES

Ella, la gata

Elizabeth Taylor

 Por Marisa Avigliano

Elizabeth Taylor es la tapa de Vanity Fair. El 27 de febrero cumplió 78 años pero en la foto de la revista es joven, muy joven, tiene un traje de baño blanco, los breteles apenas caídos, los labios rojos y la sonrisa esperada. No es un obituario, Liz está viva, sin embargo la que posa en el agua no es la señora que colecciona estragos en la caravana encendida de la memoria, es otra, es aquella que nos recuerda a la apasionada Maggie de El gato sobre el tejado de zinc caliente, la belleza al servicio de lo evidente.

El motivo de la nota amparada por esa imagen eterna lo dan las cartas de amor que Richard Burton le escribió y que ahora ella decidió publicar. Háganse a un lado parejas glamorosas de Hollywood porque Liz y Richard vienen a demostrar que ya lo hicieron todo y mucho antes que ustedes dicen los de Harper-Collins, encargados de lanzar el próximo 15 de junio el libro Furious Love: Elizabeth Taylor, Richard Burton, and the Marriage of the Century. Unos días antes, a modo de anticipo, Vanity Fair abrió y estiró esos papeles tantas veces doblados y publicó algunos fragmentos amorosos.

Según la revista, la señora Taylor ha elegido algunas cartas –para la edición que hicieron Nancy Schoenberger y Sam Kashner– y ha guardado otras, en especial una, en la que Richard Burton le pedía que volvieran a estar juntos. Liz Taylor recibió esa carta y la leyó por primera vez cuando volvía de los funerales del actor. Los editores aseguran que la protege en su mesa de luz y que no deja que nadie la lea completa.

Elizabeth, “la pequeña boba”, “mi tontita” como la llama Burton en muchas de las cartas, sí ha permitido que se publiquen otras en las que le declara su amor y su admiración: “Si me dejas voy a tener que matarme. No hay vida sin ti”; “sos la mejor actriz en el mundo, que, combinada con tu extraordinaria belleza, te hace única (...) la más graciosa entre las actrices cómicas, más graciosa que W.C. Fields y la más trágica entre las trágicas”, y también esa otra en la que el actor galés que alguna vez quiso ser escritor reflexiona sobre la idea del amor: “Encuentro muy difícil permitir que toda mi vida descanse sobre la existencia de otra criatura. Encuentro igual de difícil, por mi innata arrogancia, creer en la idea de amor. No existe tal cosa, eso me digo a mí mismo. Hay lujuria, claro, el uso y los celos, el deseo, y descarga de energía, pero nada que tenga que ver con esa estúpida idea del amor. ¿Quién inventó ese concepto? He destrozado mi cerebro miserable y sigo sin encontrar respuesta”.

Un derroche de expectativas guardan las cartas de amor cerradas y quizá sólo se leen para confirmar lo que ya se sabía. Tal vez por eso, y cuando los rumores de un posible matrimonio nuevo –el número nueve para la señora Taylor– ganaban líneas en el gossip de las páginas de espectáculos, Elizabeth volvió a su refugio, como los animales que reconocen en la madriguera la única vida posible del bosque. Allí, en las sílabas epistolares que recuperan –nunca pierden– la voz asombrosa, la voz estentórea, la voz bautizada con todos los nombres, estalla la glotonería volcánica del amor vivido.

Si alguien pensó que ya era tiempo de decirle basta a Taylor y Burton, que ya era hora de dejar de repetir que se conocieron filmando Cleopatra, que ambos estaban casados cuando se enamoraron, que el Vaticano los castigó por adulterio, que la furia amorosa de la pareja en la vida cotidiana invalidaba cualquier escena que tuvieran que interpretar en ¿Quién le teme a Virginia Woolf? insisto, si alguien pregunta: ¿Cuándo es tiempo de decir basta? se encontrará con la señora Taylor haciendo uso de sus siete vidas felinas y respondiendo: nunca.

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