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Viernes, 22 de abril de 2011

ENTREVISTA

ENTRE DOS PUERTOS

Por amor al tango llegó al fado, esa música portuguesa tan arrabalera y melancólica como la nuestra que describe en sus letras los cruces de sueños y desilusiones que habitan los puertos; y con el fado se quedó para convertirse en soberana de esa cadencia particular que no es del todo extranjera. Y es que para Karina Beorlegui, tanto el tango como el fado, los géneros que ama, son existencialistas, y “mientras el amor, los celos, la envidia y la traición existan, siempre habrá motivos para cantarlos”.

 Por Cecilia Alemano

“Amor, celos,
ceniza y fuego,
dolor y pecado.
Todo esto existe;
todo esto es triste;
todo esto es fado.”

Así cantaba –y definía el género del que se convertiría en emblema– la portuguesa Amália Rodrigues en “Todo esto es fado”. Más próxima en el tiempo y el espacio, la argentina Karina Beorlegui, una cantante y actriz tan coqueta que no revela su edad, encontró los paralelismos entre esa música y el tango. Su mirada, sus facciones y su modo de moverse no muestran resabios de nostalgia por lo que fue. En ella, más bien, lo viejo y lo nuevo conviven gustosos. En su monoambiente de la calle Honduras, por ejemplo, los discos de Gardel suenan a través de iTunes en su PC; sobre su mesita de luz se apila Tokyo Blues de Haruki Murakami sobre el Adán Buenosayres de Leopoldo Marechal; y un ventilador bien retro le tira aire en la cara cuando pedalea una bici fija con visor electrónico. Después de todo es la misma que con veintialgo, en el casting de la opereta Lo que me costó el amor de Laura, deslumbró a Alejandro Dolina con su interpretación rea de “Maula” (“Maula, que sólo te creés valiente cuando una noche de farra te ves enfrente de una mujer”) y pronto se quedó con el protagónico.

A fuerza de comprender el lenguaje y la textura de los que están hechos los clásicos, a Beorlegui un día se le ocurrió que el tango y el fado podían ir muy bien juntos. Por pura intuición, dice ella, casi un capricho. Después encontró verdaderas coincidencias entre ambos géneros: “La formación gardeliana, más allá del emblemático bandoneón, es el trío de guitarras, igual que en el fado. Nacieron para la misma época en los distintos puertos, de Lisboa y Buenos Aires. El fado es de Lisboa y Coimbra, como el tango es de Buenos Aires y Montevideo. Son puertos por donde pasaban tanto marinos mercantes como gente que buscaba otros rumbos. Las letras de los fados podrían ser tranquilamente las de un tango, porque hablan del arrabal y del barrio. En otras palabras, quizá más locales. Ellos tienen altamar a poca distancia del río Tajo, que es ancho, aunque no tanto como el Río de la Plata. Entonces hay un montón de historias que se tejen en los suburbios del puerto. Pero sobre todo están la saudade y la nostalgia... esa cadencia melancólica y ese aire de puerto”, concluye.

¿Cómo llegaste al fado?

–De casualidad. Hace once años, un compañero me regaló un disco de Mísia (otra cantante portuguesa, referente del fado). Era la época en que yo trabajaba con Los Macocos en el Teatro San Martín. Pablo Algañaraz, actor, me dice: “Si a vos te gusta cantar y te gusta el tango, esto te va justo”. Yo hasta ese momento metía blues, tangos, flamenco, alguna zamba... me atraía la música que tuviera que ver con las raíces de un pueblo. Al oírlo quedé totalmente obnubilada. Después conocí a los primos Gabino, y armamos nuestra formación.

¿Cómo te resultó el idioma?

–Complicado. El portugués que tenemos totalmente asimilado es el de Brasil. Y el de Portugal tiene otra pronunciación: es como juntar a un cordobés con un andaluz. Hay palabras que allá no existen, como el vocé, por ejemplo. En Portugal se da del “tú”. Es un idioma muy poético, y la poesía del fado es maravillosa. Ayer, en un programa de radio, la locutora nos decía que, aunque no entendía del todo la letra, se emocionó mucho. Así como acá están Discépolo o Expósito, hay letristas de fado difíciles de superar en su poesía.

¿Se pueden cantar estas letras y melodías sin que suenen como imitación de una cosa ya pasada?

–Yo busco letras que me identifiquen con lo que me pasa hoy. Y creo que tanto el tango como el fado son muy existencialistas. Tratan temas eternos. Mientras existan el amor, los celos, la envidia, la soledad, la tristeza... habrá motivos para cantarlos. Es loco esto que me preguntás, porque desde siempre tuve la inquietud de buscar la música que no pasaban en la radio. Lo comercial suele intentar superponerse a cosas más existenciales, como qué es la soledad, para qué vine o por qué me dejó alguien. Quizá se busca que la gente, más que conectarse con estas preguntas, salga a bailar una cumbia o música electrónica. No lo critico para nada, de hecho a mí me gusta ir a bailar. Pero creo que el tema es ése: mucha gente pasa por esta vida sin leer un libro de Shakespeare, sin escuchar un disco de Gardel... Sin prestar atención a una obra que va a quedar por todos los tiempos. Sé que me estoy metiendo con una música que viene del pueblo, pero que en este momento no es tan popular. Pero creo que en la medida en que uno se compromete con lo que quiere decir en este momento, cada vez va a ser más popular.

¿Y qué querés decir en este momento?

–Y, por ejemplo, que vivo en un ambiente en Palermo hace 13 años y tal vez cuando salgo me cruzo con vecinos que ni saben cómo me llamo, ni quién soy... Es la soledad de estos tiempos.

¿Pudiste contestarte algunas de esas preguntas existenciales?

–Sí. Y hablamos mucho con los músicos. A veces dejamos un poco la intuición y el gusto por esta música, que es lo que más nos guía, para hacer una búsqueda más a conciencia, incluso histórica. Me gusta abrir el cofre de los recuerdos y sacar las cartas antiguas. De hecho, en mi primer disco aparecen fotografiadas las cartas de amor absoluto que se mandaban mis abuelos, escritas en tinta china.

Si no vendés naranjas en el puerto como Amália Rodrigues... ¿cómo hacer para que sus letras no pierdan sustancia?

–Hay un poco de intuición. Desde chica me pregunto por qué somos tantos y tan diferentes, por qué tenemos distintos colores de piel, de ojos y de pelo. No sé si hay que mudarse al campo para sentir el folklore. Ojo, también hay letras para tomar más en tono de parodia, o que sirven para ilustrar una época. A mí me gusta mucho marcar esa diferencia en el rol social de la mujer con temas de Azucena Maizani –“La Ñata Gaucha”–, que no tenía problemas en hablar como si fuera varón. Hay uno que se llama “Portero, suba y diga”. Y ese tango hoy queda muy gracioso –supongo que en ese momento también, porque fue estrenado para un teatro de revistas–, porque habla sobre un tipo que fue engañado por una prostituta que él había rescatado de la calle. “Es pa’ matarla –decía–, si yo la cuidé y la salvé.” Entonces él va a la puerta del edificio y le dice al portero: “Dígale a esa ingrata que yo vengo a cobrarle su traición”.

Azucena Maizani no tenía problemas en interpretar letras en una primera persona masculina, de un género esencialmente masculino. ¿Cómo resultó para vos esta experiencia?

–¿El machismo del tango? Para mí fue un tema, pero comprendí que todo depende de una. Si no les das bola a los machistas, no pasa nada. Hay rasgos súper instalados, pero a la vez creo que hay que preguntarse si no está bueno que las cosas se vuelvan a equilibrar. Una cosa es el machismo y el feminismo, y otra cosa es ser hombre y ser mujer. Y no tiene que ver con gustos sexuales sino con una energía masculina y otra femenina. Creo que muchas mujeres estamos tomándonos el laburo de volver a ubicarnos en un lugar femenino, lo cual no quiere decir que no tengamos los mismos derechos que los hombres a la educación, a la justicia, a los lugares de poder. La cosa a ultranza siempre me despierta sospechas.

En tu incursión en el tango y el fado, ¿sentiste la necesidad de demostrar más, o de someterte a comparaciones por el hecho de ser mujer?

–Creo que no es un mal momento. En el tango somos muchas las mujeres. Y la verdad es que si me sentí mal en algún momento, es porque recién empezaba. Después una aprende a defenderse, no sólo de los hombres sino de ciertas mujeres que son muy peligrosas. Lo más difícil es tener una edad en la que la mayoría de las mujeres ya están casadas e incluso tienen hijos, y haber volcado toda la energía y la libido a la música. Siempre, en algún momento, llega algún tipo de factura. “¿Y cómo no te casaste?” Y sí, bueno, pero me separé. “Y qué pena, ¿no?” Son comentarios típicos. O el apuro por tener hijos.

¿Siguen esos comentarios?

–Sí, hasta una ginecóloga me dijo eso.

¿Y qué les decís?

–Que, claro, yo entiendo que muchas chicas se quejen de cómo vienen los tipos. Pero si el rol del tipo antes era levantarte, seducirte, ver de qué manera lograr el objetivo, y ahora lo único que tiene que hacer es mandar un mensaje de texto, los roles se fueron al carajo. Por eso busco reencontrar lo masculino y lo femenino. De recuperar la seducción.

Tu padrino fue Alejandro Dolina, ¿Cómo es tu relación con él?

–Desde que hice el papel de Laura en la opereta, cuando tengo alguna duda existencial, sobre cómo pararme frente a un tema, a lo mejor lo llamo al Negro y le pido un consejo. Desde esta amistad profesional que tenemos siempre ha sabido qué decirme. Y no es machista, es un tipo muy amplio. En todo lo que hizo el Negro, me dio un lugar muy importante. No se trata de tener un hombre sino alguien en quien confíes. Hay que saber de quién vienen las cosas para tratar de escucharlas o no. Pero esto lo puedo decir después de 13 años de estar plantada en el terreno profesional, cuando ya me he bancado bastantes cosas.

Karina Beorlegui y Los Primos Gabino se presentan en el Teatro Pte. Alvear, el martes 26 de abril a las 20.30.

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