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Viernes, 22 de abril de 2011

MUESTRAS

SALA TOMADA

El espacio donde se muestra convertido en la muestra misma merced a un juego de rectas y ángulos entre los que palpita una energía secreta pero perceptible.

 Por Eduardo Stupia

–¡Frank, tenemos que cerrarles las puertas!
–¿A quiénes? –pregunté.
–¡A los perros de Tíndalos! –exclamó–. Sólo pueden llegar hasta nosotros a través de ángulos. ¡Eliminemos todos los ángulos de la habitación! Voy a cubrir con yeso todos los ángulos, todos los rincones, todas las hendiduras. ¡La habitación quedará como el interior de una esfera!

Frank Belknap Long, Los perros de Tíndalos

Marcolina Dipierro está lejos de adjudicar a los ángulos esa conexión mágica con la malignidad absoluta que sí les atribuye el desdichado personaje del cuento de Belknap Long; por el contrario, se ha valido de la sensitiva racionalidad que siempre se revela en la economía de su obra para extraer de ellos el mayor provecho. Ya sea que se trate de los ángulos como virtuales bisagras cóncavas, en la conjunción de los muros, o convexas, en las entradas a la sala, Dipierro sabe, por un lado, que se trata de ineludibles puntos de tensión que inadvertidamente influyen en nuestra captación del espacio y, por otro, que siempre están ahí, incomodándonos, aunque altamente productivos, dotados de una enorme utilidad potencial.

La artista los aprovecha, por ejemplo, como soporte y sostén para la disposición en abanico de un conjunto de delicadas varillas articuladas, que parecen interrumpirse en el espacio mientras su sombra milagrosamente continúa, o bien como anclaje de rigurosas estructuras que, en su rítmica de rectas que se fijan a la pared, o se separan de ella en inesperado desvío, convierten a la bisectriz en un eje de simetría invertida. Al hacerlo, Dipierro falsea con eficacia la engañosa neutralidad de los ángulos, y además nos induce a mirar de otro modo la extensión de la pared aledaña, y por consiguiente a advertir que esa extensión que el ojo mide automáticamente siempre en relación con las alturas y las distancias de la planta se hace aquí más inquietante e incierta.

Para Dipierro, la sala de exhibición es, antes que un problema a resolver con algún criterio de montaje, un enigma de dilucidación ardua. La estrategia poética con que ella enfrenta esa incógnita es la transformación del ámbito en una enorme caja, donde los signos objetuales se recortan con la hipervisualidad propia de las marcas topográficas o de señalización, sólo que aquí el territorio al que aluden es ciertamente paradójica, en tanto se trata apenas del terreno donde se ha instalado la pura invención compositiva, justificada en sí misma.

Los ángulos rectos del cuadrado, las divisiones romboidales o helicoidales, las diagonales visibles o truncas, y hasta la casi pictórica utilización de los encastres del metal con los segmentos de madera, cuyas vetas también aportan a la refinada plasticidad que Dipierro practica, son recursos para insistir en la búsqueda de una energía secreta, una dinámica que palpita agazapada detrás de la aparente simplicidad de los diseños, y a la que de repente se siente vibrar cuando la percibimos en el extremo contraste de las piezas con los muros en blanco. Es como si el espacio entre ellas estuviera cargado de un magnetismo superficial, proporcional a la relación que las formas primarias de cada pieza establecen entre sí, como notaciones de un sistema que genera vibrantes efectos de resonancias y contrapuntos con mínimas variaciones del cuadrado, el círculo y la curva.

Apoyada en la arquitectura de su sensibilidad y en la poderosa vocación de alterar el espíritu de sus fraseos geométricos en pos de ese orden oculto a partir del cual parece hacerlos respirar, Dipierro es suficientemente hábil como para modelar la corpórea ondulación de uno de sus objetos más protagónicos de modo de que parezca, de lejos, un ejercicio de degradé planimétrico, así como en otro hace resonar en miniatura, en el recato de dos huecos cúbicos, todo el concepto espacial de la muestra. En ambas piezas, como en casi todas, la mera presencia proyectada de la sombra, cuyo recorte en el muro ha sido también rigurosamente previsto por la artista, multiplica la callada sugestión del conjunto.

La sala misma es un objeto artificial, que tanto nos alberga como se evade de nosotros, forasteros de paso por la meticulosa escenografía de un elíptico drama abstracto, poblado de sintéticos ejemplares para un tangram arbitrario; todo parece estar regido por las normas de un dispositivo proyectual para una provisoria perspectiva en interiores, lo que nos obliga a adoptar diversos puntos de vista en la percepción integral, si lo que queremos es entregarnos efectivamente a las misteriosas formulaciones del ensayo, intelectual y experiencial a la vez, que Dipierro despliega sin principio ni fin.

Marcolina Dipierro... en ángulo. Sala 8 - Centro Cultural Recoleta - Abril 2011 - C.A.B.A. - Argentina.

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