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Viernes, 23 de diciembre de 2011

Rompan las bolitas

resistencias A pesar de que resulta por lo menos inhumano que nos obliguen a fingir felicidad y buenos deseos por mero decreto consuetudinario, que el tamaño de la propia soledad se vuelva concreto y espeso en fechas en que el animo gregario tambien se impone por ley, que la imposicion de dar y recibir regalos nos ponga a merced del marketing mas abyecto –¿que otra cosa se puede decir de las publicidades de juguetes?–, que los brindis previos agoten las posibilidades de papelones publicos anuales; a pesar de estas y otras delicias de la temporada de fiestas, las fiestas siguen sucediendo y su inercia nos arrastra como a camalotes en el rio. Pero no todo esta perdido: aqui, algunas estrategias para hacerle la gambeta a la navidad. si no funciona, siempre se les puede dar una buena patada a las bolitas o al arbol entero, siempre que niños y niñas no esten mirando, claro, que eso suele redundar en traumas que volveran, como las fiestas, cada fin de año.

 Por Mariana Enriquez

La Reclusion

Con los años se supone que debe llegar la tolerancia. O, al menos, cierta serenidad que permita dejar pasar y dejar hacer. Lo escucho constantemente. Amistades de mi edad –cerca de los cuarenta– que dicen cosas como “antes me pasaba noches enteras discutiendo sobre si Soda o los Redondos, ¡qué tarada!”. O, “antes me ponía mal la Navidad pero ¡ya estamos grandes! Me la tomo como una cena más, no hay que ser tan adolescente”. Bueno. A mí se ve que el tiempo no me mejoró en lo más mínimo. A mí me pasa todo lo contrario. Cuando era niña diría que la Navidad me gustaba bastante, me parecía rica la comida y me gustaba ver tirar cuetes –a mí no me dejaban pero mis vecinos eran niños más libres–. Con los años, la comida de Nochebuena me parece una catástrofe: la ensalada rusa es una idea satánica, del vitel toné prefiero no hablar y no hay alimento más maligno que la fruta abrillantada. Ustedes me dirán que se puede cambiar el menú. Yo les diré que la penetración gourmet es lentísima y la condena al clasicismo parece definitiva. Y les tengo fobia a los cuetes también. Son hermosos de ver en el cielo de la noche, pero el tiroteo anterior y el olor a pólvora en el aire me hacen pensar en Irak y en un amigo que perdió medio ojo gracias a la esquirla de un rompeportón.

Podría seguir sumando ejemplos, pero la base es que los años me han traído cada vez más irritación e intolerancia con esta fiesta. La obligación del festejo es, ciertamente, lo peor de todo. La obligación y todo lo que trae consigo. Si festejo me siento falsa y vacua, brindando por algo en lo que no creo, con gente a quien puedo estimar o no, pero en cualquier caso no tengo ganas de ver justo esa noche, con semejante calor. Si no festejo, escucho desde el sillón la algarabía, huelo los asados, me sobresalto con el pitido de las cañitas voladoras, oigo el correteo de las adolescentes en flor que después de las doce se van a salvajear, y me siento amargada y resentida y sobre todo muy tonta, ¿por qué no aprovechar, por qué no relajarse, por qué no sumarse a las filas de Los Jodones, esa especie humana que no comprende neurosis como las mías y dice cosas como ‘¡pero vamos a chupar y a bailar, qué importa Navidad!’. Los envidio profundamente, son un ejemplo de sanidad. Yo no puedo imitarlos. O puedo, durante cinco minutos, y después me desmorono y empiezo a decir y pensar barbaridades, empiezo a arruinarles la fiesta a los demás. Encima, salvo la gente rica, ya no se hacen regalos. O se les hacen regalos a los niños, que para mí es lo mismo porque no soy una criatura ni soy madre (por suerte).

Y la depresión, claro. El inevitable balance. Ver a los padres más viejos. Las ausencias. El recuerdo de otro año menos de vida. Los perros aterrorizados. La gata que se escapa para huir de los estallidos. Y Ratzinger en esa misa que no termina nunca. Y los pesebres con esos muñecos de papel maché hieráticos y baratos. Y los muérdagos mustios del año pasado en las puertas.

¿Entonces qué hacer? Sólo queda La Reclusión, si es posible con un espíritu afín. Cerrar puertas y ventanas, poner música o película fuerte para que los cuetes queden lejos, evitar la televisión para no ver a Raphael y su noche de gala (es hipnótico y arruinará todo el plan de aislamiento) y mentirle a la gente, a los padres, parientes y amigos, decirles que este año, con una platita ahorrada, la pasamos en Lago Puelo, que está fresco. Aprovisionarse de comida rica, nada de turrones ni lengua a la vinagreta. Y emerger el 26 sintiendo, en lo posible, que la evitación contribuyó a disminuir el malhumor.

No hay que estar donde uno no quiere. Es lo único que me han enseñado los años.

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