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Viernes, 3 de febrero de 2012

RESISTENCIAS

Pintar el mundo, pintar la casa

El grupo de Mujeres y Jóvenes Muralistas de Moreno, de la Asociación Sosteniendo Juntos, nació por iniciativa de Juana y Cristina Torrallardona, que buscaron que el arte fuera una manera de potenciar la identidad y el trabajo colectivo. Hoy dejan su registro en Fuerte Apache, Salta o Tecnopólis. Pero también en el living o la heladera de su propia casa. Porque creen que el cambio pasa por resignificar las paredes públicas, pero también su propia vida cotidiana.

 Por Luciana Peker

Hace quince años –en 1995– nació el grupo Mujeres y Jóvenes Muralistas de Moreno, con integrantes del barrio de Trujui, con la coordinación de las artistas plásticas y psicólogas sociales Juana y Cristina Torrallardona. Hoy alzan el pincel en murales comunitarios realizados en todo el país e impulsan el proyecto “Encuentros Creativos, Identidad y Mural”. En su crecimiento, las mismas exploradoras del color colectivo que agarraban un pincel para esbozar una pintura cooperativa replican hoy, también colectivamente, los colores mixturados por las paredes de todo el país y siguen ampliando la posibilidad que tienen las paredes.

Si las paredes limpias no dicen nada, las mujeres sí.

Roxana Frutos es una de las muralistas y ella rememora sus comienzos y recuenta su vida como un antes y un después de empezar a ver las paredes como un final a pintarlas como un comienzo: “Yo me sumé en los noventa y era una época muy particular en mi vida. Cuando se presentó Juana con este grupo fue algo totalmente espectacular porque en ese momento yo era un ama de casa más. No había terminado el secundario y estaba dedicada a mi marido y a mis hijos. A partir de ahí me dediqué a algo que realmente me gusta, que me gustó siempre, desde chica, pero que jamás había tenido la posibilidad de hacerlo porque no estaba a mi alcance ir a estudiar a un colegio de arte o a un profesorado de dibujo. Hoy sí puedo hacerlo a la misma altura que cualquier plástico con título. Eso a mí me enriqueció y me hizo crecer”.

Roxana es una de las integrantes permanentes y capacitadoras del proyecto junto a Alejandra Martínez, Alejandra Marchessi, Celia Martínez, Clementina Gómez y Nidia Martínez. La organización que lleva adelante el proyecto es Sosteniendo Juntos, una asociación civil sin fines de lucro, que trabaja de forma horizontal –impulsan y organizan las tareas de manera grupal y toman decisiones a través de la discusión y el consenso– y que fue creada por Juana y Cristina y Norbeto Huberman.

“Pintar un mural es mucho más que pintar un mural. El arte tiene una gran fuerza transformadora y es un derecho de todos, generador de belleza, de encuentro y de nuevos sentidos. La transformación de espacios cotidiano (la plaza, la casa, la escuela) es un símbolo de cambio interno porque pintar el muro es pintarse uno acompañado de otros y otras”, resalta Paula Bruno, presidenta de Sosteniendo Juntos. Ahora ella, junto a Lucila Campion, llevan adelante la gestión y el desarrollo institucional de la asociación en la que son muchas más personas las que colaboran. La misión que se proponen es hacer efectivos espacios autónomos y de transformación social a través de proyectos comunitarios ligados al arte en poblaciones con vulnerabilidad sociocultural y focalizados en problemáticas de género, juventud y medio ambiente.

Los murales se fueron reproduciendo como ladrillos de formas, texturas y movimientos que quedan sin irse. El grupo de Mujeres y Jóvenes Muralistas de Moreno restauraron el frente del mercado de Belgrano –en Juramento y Ciudad de la Paz– y en una pincelada sin fronteras llegaron a Salta o al siempre contado como infranqueable Barrio Ejército de los Andes (Fuerte Apache), en el partido Tres de Febrero y también al barrio Villa Independencia, en San Martín. Los nombres cuadrados –como el del barrio Cuartel V– se poblaron de otras geometrías. No estuvieron solas cuando llegaron a Tecnópolis y ellas también conformaron el futuro plasmado en sus tinturas callejeras.

Las mujeres salieron de sus casas para ir a pintar otro mundo. Pero, tal vez, uno de los procesos más interesantes es cuando se dieron cuenta de que el mundo también eran sus casas. Y que no era justo que ellas regalaran arco iris a paredes ajenas y sus vidas se descascaran ante sus ojos. Ahí se les ocurrió formar grupos para arreglar las casas de cada una y llenar de hojas de parra imaginarias una heladera o alegrar una pieza. Trabajar, pero no fuera sólo para afuera. “Lo de las casas se generó cuando el grupo se fue conformando y empezaron a ir a pintar y decorar las casas de cada una de las chicas en un trabajo colectivo. Un día iban todas a una casa, otro día a otra y así. De esa manera también pudieron ir transformando sus propios espacios”, resalta Paula.

Mientras que Juana recuerda cómo nació la idea de volver sobre sus pisadas: “Nos dimos cuenta de que estábamos pintando institutos de menores, las escuelas de nuestros hijos, las paredes del barrio... pero que las casas de las mujeres que pintaban eran tristes. Entonces decidimos pintar una casa por mes de las integrantes del grupo y la elección se hacía por sorteo. Cada una elegía un espacio de su vivienda y así reformamos casitas precarias o transformamos cartón en un tapiz y una heladera vieja en una obra de arte”.

Pero además de la vuelta a su casa, de rever el propio espacio, esa pintada significó, también, una postura distinta sobre los mandatos culturales del género. “Nos dimos cuenta de que no hay que estar haciendo todo siempre para los demás que es algo tan común en las mujeres sino que hay que empezar a cambiar el propio mundo”, valora la impulsora de los murales populares de Moreno.

La idea parte de la convicción de que todas las personas tienen la posibilidad de reconocerse como seres creativos y que el arte es un derecho de todos y todas. Por eso, uno de los objetivos de la asociación civil es fomentar y ejercitar la creatividad respetando la diversidad cultural sin perder de vista las identidades locales. No se trata sólo de enseñar a cambiar el horizonte, sino también de revalorizar lo que está a la vista. Las mujeres salen de Moreno para poder trasmitir su experiencia en un mural que ya empezó pero que no tiene fin. “Se trabaja a partir del conocimiento y las experiencias cotidianas con el objetivo de reconocerlas y valorizarlas para que se identifiquen con su realidad. Es una experiencia que genera una sinergia colectiva y fomenta el trabajo en grupo, cooperativo y solidario”, explican en los principios de Sosteniendo Juntos. Los murales comunitarios tienen una propuesta participativa y dinámica, son realizados con y para las mismas personas de los barrios y localidades en donde se trabaja y pinta la pared. Antes de realizar el mural se ofrecen Talleres Creativos llamados “En busca de una imagen”, donde surgen los bocetos que luego se plasman en con criterio participativo y sin perder de vista el valor estético de la obra que se realiza.

La madre de todos los colores

Juana Torrallardona es la creadora, junto a su hermana gemela Cristina, del grupo de mujeres muralistas de Moreno. Tiene 65 años, seis hijos, dirige una escuela y sigue viviendo en Moreno. Su casa de verdes fulgurantes fue la cita para que las muralistas expongan sus obras, junto con artesanías de otros grupos de mujeres, una exhibición de fotografías y la orquesta Raíces, a fines de diciembre del 2011. Ella también es una mixtura de sus propias raíces. Su papá –Carlos Torrallardona– era pintor de tangos y billares y su mamá –Matilde Grant– retrataba collas en Jujuy. El amor nació cuando Carlos le enseñó arte a Matilde y no necesitaron más de quince días para decidir casarse. La vida no los separó hasta que la dictadura militar desapareció a Emilio (hermano de Juana) y Carlos no lo soportó.

La vida de Juana también estuvo muy ligada a Emilio con quien fundó el grupo “El molino de viento” y ya hacían murales como parte de la militancia política que signaba en el piso, en las paredes y en el aire la década del ‘70. Ella estaba en Europa, después de estudiar Bellas Artes, cuando alguien en 1973 le preguntó: “¿Qué haces acá que en Argentina está Campora?” Esa pregunta la hizo volver y envolver en la política. “La militancia nos sacude mucho hasta que desaparece Emilio. Ahí nos replegamos. Empiezo a tener hijos como una forma de soñar que la vida pasaba por otro lado”, relata Juana en una silla de Moreno, de un inmenso parque, visitado por mujeres que con ella empezaron a conocer otras huellas y pobladas por cintas que sostienen una muestra fotográfica y un patio al aire libre que recibe a una orquesta de jóvenes que de vulnerables sólo tienen la etiqueta.

La historia de la impulsora de las muralistas siguió sumando a las bellas artes, la militancia y la maternidad los estudios de psicología social. Su obra se convierte en la impronta de su propia vida. “Empiezo a trabajar en collage”, rubrica. Pero en su collage nunca estaban sólo sus propias piezas, sino ella como una pieza para unir a otros/as.

“El arte es un instrumento para trabajar la identidad”, remarca. Por eso, cuando en la ciudad de Buenos Aires contratan a su hermana para un proyecto comunitario de blanqueamiento de paredes después de las pintadas de una campaña política ella se niega. No iba a usar a 250 mujeres –dispuestas a trabajar– sólo para blanquear.

El “no” se convirtió en algo mucho más potente y ambicioso: generar un espacio arquitectónico digno y artístico. “A partir de ahí nos damos cuenta del valor de los murales y empezamos a trabajar en escuelas, cárceles, un tren cultural y en barrios populares. La idea es que sola no se puede, en cambio, en un grupo la fuerza se potencia y se logra un resultado maravilloso. Porque no se trata de pintar cualquier cosa, sino de que se logre algo brillante”, se alegra con sus ojos negros bien enfocados para que se los mire y para dónde mirar.

Aunque a ella todo le parezca poco. “Habría que tener diez vidas”, calcula en el horizonte de sus sueños. Pero lo que hace es mucho. “Este trabajo es un acto de justicia porque el arte es para todos y más para las mujeres que pueden dedicarse al arte de manera oscilante porque cuidan a sus hijos o a sus madres”, despunta. Y valora: “Los murales les dan la oportunidad a las mujeres de que se sientan más valiosas. Ellas ya son valiosas. Pero el arte les da la oportunidad de que lo vean”.

Más información: www.sosteniendojuntos.org.ar / [email protected]

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